domingo. 21.04.2024

Fue una guerra civil que tuvo lugar entre los años de 1872 a 1876, entre los partidarios de Carlos, que era duque de Madrid y pretendiente carlista al trono, y los gobiernos de Amadeo de Saboya, de la Primera República y del rey Alfonso XII.

  1. El Estado Carlista
  2. Consecuencias de la guerra carlista

En marzo del año 1870, el general Ramón Cabrera presentó la dimisión como jefe político y militar del carlismo por creer que no se daban las condiciones razonables de alcanzar el triunfo por las armas y no querer exponer a España a una nueva guerra civil. El pretendiente, que llevaba meses preparando la insurrección desde el exilio, estableció el veintiuno de abril del año 1872 como la fecha para el comienzo de la sublevación.

Esta guerra civil se desarrolló sobre todo en las provincias vascas, Navarra y Cataluña. Defendían el orden y la unidad católica, la restauración por parte del pretendiente de los fueros abolidos por los decretos de nueva planta impuesto por Felipe V, influyó en la fuerza del levantamiento en Cataluña y en menor medida en Valencia y Aragón. 

También se alzaron algunas partidas poco activas por Andalucía, así como el resto del territorio peninsular, especialmente en áreas montañosas donde practicaban el bandolerismo. A pesar del aumento tanto cualitativo como cuantitativo del ejército carlista, estos volvieron a ver sus esfuerzos frustrados.

En Navarra y las Provincias Vascongadas, que gozaban aún de un régimen foral, triunfaría el alzamiento carlista por segunda vez en el año 1872 

Las elecciones de abril del año 1872 dieron a los carlistas una oportunidad para rebelarse. El partido de don Carlos había perdido trece escaños en las elecciones en medio de acusaciones de fraude. La indignación de los tradicionalistas fue máxima. 

El golpe estaba preparado, primero se levantarían a favor de Carlos las guarniciones de ciudades catalanas y de Pamplona, para después rebelarse Bilbao. Por último, una insurrección general en Cataluña, en Navarra y en las Provincias Vascongadas daría comienzo a las operaciones militares. 

El día elegido para comenzar el proceso fue el veintiuno de abril, una vez que don Carlos hubo logrado convencer a los gobiernos europeos conservadores de la necesidad de la guerra contra una España liberal. Por orden de Don Carlos, el levantamiento se haría al grito de «¡Abajo el extranjero! ¡Viva España!».

En Navarra y las Provincias Vascongadas, que gozaban aún de un régimen foral, triunfaría el alzamiento carlista por segunda vez en el año 1872 debido principalmente a los desórdenes y el anticlericalismo del Sexenio Democrático. 

Aunque los carlistas defendían vehementemente el mantenimiento de los fueros, esta reivindicación no sería la causa de que triunfase el alzamiento. El deseo de conservar los fueros habría sido incluso un impedimento para ir a la guerra, hasta el punto que, al producirse el levantamiento, en una reunión de Zumárraga los representantes forales vascongados llegaron a exclamar: «¡Salvemos la Religión aunque perezcan los Fueros!».

Se rebelaron en el norte de España numerosos grupos de jóvenes mandados por veteranos de la primera guerra. Todo fue según lo previsto, el pretendiente cruzó la frontera francesa por Navarra el dos de mayo del año 1872 y se puso al frente del alzamiento, pero el cuatro de mayo el general gubernamental, Domingo Moriones entró por sorpresa en el campamento carlista de Oroquieta, atacando a los insurrectos. 

La victoria fue aplastante y el pretendiente tuvo que cruzar precipitadamente la frontera francesa, poniendo fin, momentáneamente, a la insurrección en las Provincias Vascongadas y Navarra tras la firma del Convenio de Amorebieta del veinticuatro de mayo entre el presidente del gobierno de Amadeo I, el general Francisco Serrano, y los líderes carlistas de Vizcaya.  

El convenio fue mal recibido por las Cortes, y el general Serrano tuvo que dimitir. Tampoco se aceptó el convenio desde el bando carlista, y el pretendiente consideró a los firmantes como traidores.

Tras el fracaso del primer levantamiento en las Provincias Vascongadas y Navarra, el pretendiente destituyó a la mayoría de los jefes militares y estableció el dieciocho de diciembre como fecha para la nueva sublevación. Esta no logró un mayor apoyo entre la población, pero fue más sólida. Pronto se armaron nuevas partidas, entre las que destacó la del cura Santa Cruz. 

En Cataluña, el rescoldo carlista, mantenido por los antiguos combatientes y algunas familias de la payesía, volvió a encender la guerra civil desde el año 1872. El campo de Cataluña estaba aún lejos de haber sido pacificado, sobre todo en las zonas montañosas. Cualquier medida contraria a la tradición del país podía provocar una insurrección. 

El anticlericalismo de los Gobiernos de la Revolución encontró enorme oposición en los lugares de la montaña tradicional adeptos al clero. Jefes del antiguo carlismo y propietarios medios arrastraron a la lucha a elementos aventureros. En conjunto formaron un ejército no demasiado numeroso pero relativamente disciplinado, que logró imponerse varias veces en el campo de batalla. 

El levantamiento se realizó incluso antes de la fecha que había designado el pretendiente. Juan Castells, al frente de 70 hombres, se sublevó unos días antes. El pretendiente nombró a su hermano, Alfonso Carlos como capitán general de Cataluña, aunque hasta fin de año no cruzó la frontera y fue Rafael Tristany quien asumió transitoriamente el puesto. 

En esta zona la insurrección no se apagó tras la derrota en Oroquieta. Aunque se formaron partidas guerrilleras en casi todas las comarcas catalanas, no se llegó a organizar una estructura militar común. 

La revitalización de la insurrección en el frente norte y la llegada de Alfonso Carlos en diciembre del año 1872 reactivaron las partidas carlistas en Cataluña, al tiempo que la partida de Pascual Cucala conseguía el apoyo popular en el Maestrazgo y se formaban otras hasta totalizar unos 3.000 hombres. En la provincia de Valencia, los carlistas mantenían 2.000 hombres armados en diversas partidas y en la provincia de Alicante unos 850.

El año 1873 comenzó de forma favorable para los carlistas. Las disensiones en el gobierno permitieron que el carlismo pudiese afianzar su posición. La proclamación de la República en febrero del año 1873, unida a la guerra de Cuba, y la insurrección cantonalista, dejaron al nuevo gobierno republicano desbordado. 

Los carlistas realizaron una leva de hombres de entre 20 y 30 años. Además, los generales, Dorregaray Elio reclutaron multitud de soldados en su marcha por Navarra. El general republicano, Manuel Pavía, ofrece la paz y el mantenimiento de los fueros, pero el clero alentó a los carlistas, que lograron vencer en Eraul a Pavía. 

Esta victoria junto a otras como la de Belabieta o Mañeru dieron alas al carlismo en las Provincias Vascongadas. La Rqepública ordenó entonces la evacuación de multitud de localidades vascas y navarras, quedando este territorio, como en el año 1835, todo bajo poder carlista salvo las capitales Carlos IV atravesó de nuevo la frontera el dieciséis de julio, fijando la capital del estado carlista en Estella.  

Se estableció un gobierno estable, con carteras ministeriales: gobierno, justicia, educación, diputaciones y juntas generales, prensa y guerra. Existía también un Código Penal, Tribunal Supremo de Justicia, aduanas, servicio de correos, y en el año 1874 se estableció una universidad en Oñate. 

La segunda mitad del año sería para los tradicionalistas tan provechosa como la primera. Don Carlos realizó una gira en sus territorios, logrando el favor de sus súbditos. 

La toma de Eibar y su arsenal supuso un nuevo golpe para el gobierno, que a finales de verano de ese año llevó a cabo una serie de ofensivas a fin de recuperar algunos puntos clave. 

Esta campaña finalizó con la batalla de Montejurra, en la que los carlistas volvieron a vencer al ejército gubernamental.

El general Marco de Bello había organizado la división aragonesa y la administración civil y militar de la región. Pese a esta organización tenían serios problemas para pagar a los soldados y armarlos, ya que se pertrechaban con lo quitado al enemigo o compradas en el extranjero.

Organizó varios batallones carlistas y las compañías del Pilar que eran soldados de preferencia dentro del ejército carlista del Centro. Perdió algunos combates como en Caspe, pero pudo rechazar un ataque de los republicanos a Cantavieja. 

Las partidas en el Maestrazgo fueron aumentando y mezclándose con las de Aragón, Cataluña, Cuenca y Albacete. El coronel carlista Cercós venció en la acción de Albiol. 

Los carlistas lograron conquistar Igualada y Berga, y se libraron las acciones de Caserras y Oristá, por Don Alfonso Carlos. En Valencia el brigadier Cucala venció en la acción de Játiva; mientras que Santés logró entrar en Albacete y conquistó Cuenca.

El año de 1874 fue el que decidió el curso de la guerra. El gobierno republicano estaba sumido en el caos, pero el golpe de Estado del general Pavía permitió al general Serrano asumir de forma dictatorial el mando de la república. 

Esto hizo que el gobierno organizara el ejército, pudiendo apaciguar a los cantonalistas, hecho que permitió centrar sus tropas en la lucha contra los carlistas. A pesar de ello, don Carlos se creía superior, por lo que ordenó en febrero la toma de Bilbao. El sitio de Bilbao, último que sufriría la ciudad de manos carlistas, se saldó con una importante victoria republicana.

Se produjeron diversas batallas con resultados diversos en los inicios del año 1874 El gobierno trató de acabar entonces con la guerra conquistando Estella, pero fue incapaz, siendo derrotados los liberales en Abárzuza, en la que murió el general Concha. 

Esta derrota supuso un duro golpe para los republicanos, además de una nueva oportunidad para don Carlos, que trató de tomar una gran plaza de nuevo. Sitiaron los carlistas Vitoria, Irún, San Sebastián y Pamplona.

Sin embargo, ninguna de estas ciudades cayó, pero no fue este el verdadero problema carlista a finales del año. El general Martínez Campos había proclamado a Alfonso XII como rey de España. Esto hizo que muchos carlistas moderados se pasasen al bando alfonsino, debilitando enormemente a los facciosos.

En el 1874 El infante Alfonso envió a los carlistas de Tarragona a reforzar los hombres del Maestrazgo. Los carlistas pudieron llegar a crear un miniestado con centro en Cantavieja que, después de ser asediada, tuvo que capitular. 

La movilización carlista se redujo en otras zonas a pequeñas partidas aisladas; destacaban unos 400 hombres en Extremadura y las partidas de Castilla la Mancha, sobre todo en la provincia de Ciudad Real.

En marzo de ese año, las fuerzas carlistas, dirigidas por Francisco Savalls, pusieron sitio a Olot y, tras conquistarla, la convirtieron en su capital. En julio se establece en San Juan de las Abadesas la Diputación de Cataluña, que presidía Tristany, y que intentaba dotar de una organización político-administrativa a los territorios controlados por los carlistas catalanes.

Los carlistas también obtuvieron victorias como la conquista de Vich y la acción de Cardona, ganadas por el general Tristany. En Valencia se destaca la defensa de Cantavieja por el coronel carlista Lacambra y la de Vinaroz por el Brigadier Vallés.​

También cabe destacar la conquista de la ciudad de Cuenca en el año 1874 por tropas carlistas al mando de Alfonso Carlos y su esposa María de las Nieves de Braganza. 

Restaurada la monarquía borbónica en el año 1875 el nuevo rey, Alfonso XII hizo un llamamiento a los carlistas para que depusieran las armas a cambio del mantenimiento de los fueros, pero no obtuvo respuesta. En la llamada “Proclama de Peralta” del veintidós de enero del año 1875 dijo:

“Todo, pues, me persuade a un tiempo en que no está lejano el día en que soltéis de las manos las armas que hoy esgrimiríais ya contra el derecho monárquico que jurasteis, contra la Iglesia misma representada por su Príncipe y Prelados y contra la Patria. Soltadlas y volveréis inmediatamente a disfrutar las ventajas todas que durante treinta años gozasteis bajo el cetro de mi madre…. Antes de desplegar en las batallas mi bandera, quiero presentarme a vosotros con un ramo de olivo en las manos. No desoigáis esta voz amiga que es la de vuestro legítimo Rey”.

El gobierno liberal-conservador de Cánovas del Castillo, formado tras el triunfo del pronunciamiento militar de Sagunto del veintinueve de diciembre del año 1874, que proclamó como rey de España a Alfonso XII, intentó eliminar el apoyo que recibían los carlistas de los sectores católicos y de la jerarquía eclesiástica revisando las medidas antirreligiosas adoptadas durante el Sexenio Democrático.

Manuel Duran y Bas le dijo a Cánovas del Castillo que “el carlismo más que con las armas, se le vencerá quitándoles la bandera”. El gobierno de Cánovas presentó en mayo del año 1875 una queja ante el Vaticano por su falta de cooperación para «la terminación de la guerra civil y por su apoyo a un clero que conspira y está en armas contra el Rey. 

Un logro político del gobierno fue conseguir que el viejo general carlista Ramón Cabrera, entonces residente en Londres, reconociera como rey a Alfonso XII y que además declarara estériles los combates entre católicos. La reacción del pretendiente carlista Carlos VII fue despojar a Cabrera de todos los honores y empleos que le había concedido. 

Cánovas del Castillo que fue el cerebro de la Restauración, intentó llegar a un acuerdo con don Carlos a principios de año. Le propuso el casamiento del rey Alfonso con su hija Elvira, además de permitir el mantenimiento de los fueros. Pero Carlos VII se negó a hacer negociaciones.

Ante la imposibilidad de alcanzar la paz por la diplomacia, el ejército alfonsino, que sumaba ya más de 70. 000 combatientes, lanzó una brutal ofensiva sobre Álava. Los carlistas, que apenas disponían de 33 000 soldados, no tenían nada que hacer. 

Las acciones de esta campaña se limitaron a los bombardeos de algunas plazas en poder carlista, para después romper el cerco de Vitoria. Los carlistas se replegaron entonces a Arlabán, habiendo perdido casi toda la provincia.

En Navarra, la situación no era mejor. En noviembre los carlistas ya habían perdido la mitad del territorio de dicha provincia, viendo además amenazada Estella, núcleo del carlismo.

Los carlistas obtuvieron una importante victoria en la batalla de Lácar, en la que Alfonso XII tuvo que escapar a caballo para no caer prisionero.

En la noche del seis al siete de julio del año 1875, las fuerzas del general Martínez Campos se preparan para la toma de la plaza fortificada de Cantavieja en la comarca del Maestrazgo. 

Este sería en Cataluña el último año de lucha, ya que en noviembre del año 1875 ninguna plaza catalana permanecerá fiel al movimiento carlista. En marzo de 1875, el general Martínez Campos ocupó Olot y sometió a sitio a Seo de Urgel. Su conquista por las tropas gubernamentales en agosto hizo que el diecinueve de noviembre finalizara la lucha en Cataluña.

Tras el fin de la lucha en Cataluña, más de 120. 000 soldados se prepararon para finalizar la guerra en el norte. Los carlistas que no habían rendido las armas sumaban una cantidad cuatro veces inferior. Los alfonsinos prepararon dos ejércitos, uno en el este, dirigido por Martínez-Campos, y otro en el oeste comandado por Quesada. 

Solo era cuestión de tiempo, el cinco de febrero del año 1876 se enfrentaron carlistas y liberales en Abadiano. Es la última acción de importancia registrada en Vizcaya cuando ya la guerra tocaba a su fin.

A finales de febrero, Estella cayó y don Carlos huyó hacia Francia, al grito de “volveré”, que no cumplió. El último reducto fiel al carlismo, el castillo de Lapoblación, sucumbió el dos de marzo. La guerra había terminado.

Alfonso XII realizó una proclama al Ejército con motivo del fin de la guerra, que había estado presente en el teatro de operaciones vasco-navarro y​ dijo lo siguiente:

“Soldados: con pena me separo de vosotros. Jamás olvidaré vuestros hechos; no olvidéis vosotros, en cambio, que siempre me hallaréis dispuesto a dejar el Palacio de mis mayores para ocupar una tienda en vuestros campamentos; a ponerme al frente de vosotros y a que en servicio de la patria corra, si es preciso, mezclada con la vuestra, la sangre de vuestro Rey”.

En la proclama de Somorrostro del tres de marzo se hizo un llamamiento a la reconciliación: “a ninguno debe humillarle su derrota; que al fin, hermano del vencedor es el vencido”.

Cuando Alfonso XII volvió a Madrid hizo su entrada en la capital bajo arcos de triunfo aclamado por la multitud y se le otorgó el sobrenombre de “El Pacificador”.

El Estado Carlista

Durante la campaña, Carlos VII organizó el Estado carlista y, en ciertos aspectos, llegó a superar al de su abuelo Carlos V durante la primera guerra. Pero no hubo trasiego de ministros. La primera Secretaría de Estado que se creó fue la de Guerra, de la que estuvo encargado el general Elío.  

Y durante ciertos espacios de tiempo en que el titular no pudo encargarse de su despacho, le sustituyó interinamente el general Plana, unas veces, y el general Llavanera, otras. Otro ministerio que no tardó en constituirse fue el de Estado, que ocupó el vicealmirante, Martínes de Viñalet.  

Posteriormente, se constituyeron los de Gobierno político y Hacienda, que desempeñó el conde de Pinar. Más tarde se constituyó el Ministerio de Gracia y Justicia, que desempeñó el jurisconsulto Díaz del Río. Habiéndose suprimido la Secretaría de despacho, de Estado, se creó una Dirección General de Relaciones Exteriores, que ocupó el escritor, Suárez Bravo, que pertenecía a la carrera consular y, además, hubo una Dirección General de Comunicaciones, que desempeñó el conde de Belascoáin. 

Como en la primera guerra, se constituyeron las Diputaciones o Juntas de las Vascongadas, Navarra y Castilla. Pero, además, se formaron Diputaciones en Cataluña, Valencia y Aragón.

Consecuencias de la guerra carlista

Los soldados carlistas que depusieron las armas pudieron incorporarse al ejército gubernamental con el mantenimiento de todos los grados y condecoraciones, pero pocos lo hicieron. Para las provincias vascongadas y Navarra, el final de esta guerra supuso la definitiva desaparición de parte de los fueros, con la ley abolicionista del veintiuno de julio del año 1876. 

Esta decisión fue unánimemente aceptada por todas las provincias, incluyendo las damnificadas, que no pudieron hacer nada en contra de la decisión debido al gran contingente militar que aún restaba en su territorio. 

El fin del gobierno foral en el País Vasco hizo que el gobierno de Antonio Cánovas pactase el llamado “Primer acuerdo económico vasco”, en el que se seguía dando cierta libertad económica a esta región, permitiendo a las autoridades locales recaudar ellos mismos los impuestos. 

Por otra parte, la derrota y posterior supresión de los Fueros, aumentó el sentimiento fuerista vasco, dando lugar años después a la creación del Partido Nacionalista Vasco en el año 1895 por Sabino Arana, que defendería las ideas católicas del carlismo y, de manera independiente de este movimiento, que propugnaba el regionalismo, pasaría a defender el nacionalismo.

Desde la óptica alfonsina, la victoria legitimó aún más el gobierno de la Restauración, que se vio reforzado con la promulgación de la Constitución del año 1876. El soberano otorgó a sus tropas las medallas de la guerra civil en operaciones y posteriormente, llegando incluso a conceder en casos muy destacados la destacada distinción de benemérito a la patria. 

Sin embargo respetó con honores a todos los condecorados por el otro bando y dejó establecidos como nobles del reino a todos los nobles que su rival había ennoblecido. La tercera guerra civil del siglo xix acabó con una asimilación del bando perdedor sin hacer agravios al vencido.


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La tercera guerra carlista