jueves. 30.05.2024
Ruiz-Zorrilla y Ruiz-Zorrilla, Manuel. El Burgo de Osma (Soria), 22.III.1833 – Burgos, 13.VI.1895. Político, ministro, presidente de Gobierno.

Sin lugar a dudas, el Sexenio Democrático (1868-1874), con la Revolución Gloriosa, el reinado de Amadeo de Saboya y la Primera República, constituye un momento cumbre en la Historia de la Masonería española porque se inicia un período de libertades, al calor del cual se pudo desarrollar como nunca antes, iniciando un largo período de auge, a pesar de la fuerza el pensamiento integrista antimasónico, y que se truncará en la Guerra Civil y con el franquismo, desatándose una intensísima persecución a los masones, con pocos paralelos por el odio generado en otros países europeos.

La proclamación de la República el 11 de febrero de 1873 tuvo una consecuencia directa en la Masonería como nos recuerda Ferrer Benimeli, en relación con el Grande Oriente de España. En primer lugar, salió para el exilio su Gran Maestre, el político Manuel Ruiz Zorrilla, pero, además este cambio político no podía dejar indiferente a los masones españoles fueran cuales fuesen sus ideas, un asunto mucho más relevante que el anterior, ya que los cargos siempre pueden ser reemplazados o sus funciones pueden ser adoptadas por otros responsables.

En este sentido, el Gran Maestre Adjunto remitió una circular el día 16 de febrero de 1873, es decir, a los pocos días de la proclamación de la República a los miembros de la Obediencia para plantear cuál iba a ser la postura masónica ante la política, un asunto que, como está viendo el lector, nos interesa en nuestras investigaciones.

Pues bien, precisamente, ese mismo día 16 de febrero de 1873, el Gran Maestre Adjunto y la sazón, Soberano Teniente Gran Comendador, remitió otra circular sobre los problemas que asolaban a la Masonería en España, y las soluciones para afrontarlos y solucionarlos. Es verdad que es difícil señalar una línea divisoria en relación con la otra circular porque la cuestión política podía ser un serio problema interno, ya que generaba pasiones y enfrentamientos ente los masones, pudiendo alterar principios fundamentales de la Orden, pero la circular que aquí nos interesa en esta pieza iba más encaminada hacia cuestiones que no atañen o se derivan de aspectos políticos sino de la propia condición de las personas que entraban y trabajaban en Masonería, por lo que podían ser consideradas como cuestiones atemporales, aunque otras son más propias, precisamente de este momento histórico concreto

Para el Gran Maestre Adjunto el daño de la Masonería española tenía varias causas. La más importante o grave, a su juicio, era haber pretendido hacerlo todo en poco tiempo, es decir, los masones españoles habían sido impacientes, y los desarrollos prematuros llevaban a la muerte cierta.

Se habría producido una especie de fiebre de acción en muchos masones que no estaban preparados, y como es sabido, la Masonería plantea tiempos y procedimientos muy claros y pautados, sin atajos ni premuras, pero, claro está que, ante la posibilidad que trajo la Revolución Gloriosa para poder ejercer con libertad el trabajo masónico, se había acelerado todo de forma evidente, quizás, aventuramos nosotros, para ponerse al día, a lo mejor en relación con la Masonería de otros países.

No se exponían cuestiones concretas, pero imaginamos que estas premuras podían tener que ver con rápidas e imprecisas iniciaciones, como luego tendremos ocasión de comprobar, o con otros procesos. Como reacción a esta febril actividad se había producido cierta atonía, en medio de la cual se manifestaban, de vez en cuando, momentos de actividad, que se consumían en luchas interiores. No sabemos si el Gran Maestre se refería a la pugna política o a cuestiones más puramente masónicas, volviendo a comprobar la dificultad de trazar fronteras bien definidas sobre estas materias, como hemos expresado anteriormente.

La solución pasaba por el recogimiento y la concentración. No había que empeñarse en “galvanizar una vida ficticia”. Así pues, prudencia. ¿Y cómo se podía prudente?

En primer lugar, las logias debían adoptar medidas rigurosas para poner freno a las iniciaciones precipitadas. En ese momento era necesario que fueran “pocos los escogidos”. Esta ha sido siempre una cuestión que ha preocupado mucho en Masonería, la de los que llamaban a sus puertas por distintos motivos que terminaban entrando en contradicción con los principios masónicos, generando conflictos y/o salidas de las logias, así como escisiones, males que, como decimos, son bastante constantes en todas las épocas de la Masonería española.

Las autoridades de las logias, especialmente los “venerables”, debían estudiar bien a quienes estaban en las mismas porque se observaba que algunos desatendían sus deberes, olvidando sus juramentos. Los “venerables” tenían que ser rigurosos en relación con el cumplimiento del deber de la asistencia, como preceptuaban los estatutos, y tenían que aplicar la penalidad vigente para quienes desatendiesen esa obligación.

El Gran Maestre observaba que se le debía dar cuenta de los hermanos masones que fueran borrados de los cuadros de logia a consecuencia de este incumplimiento de la asistencia, un deber masónico muy importante siempre. También quería tener noticia del resultado del trabajo que se realizaba en las logias en relación con lo que denominó la “moralización de los demás”, y que se obtuviese por la acción simultánea de la asistencia, de las lecciones de los maestros y del conocimiento que unos y otros adquiriesen de los errores que cometían. El Gran Maestre adjunto llegaba a calificar este trabajo como de depuración, un término que sacado de contexto podría alarmar, pero que, seguramente se refería no a la represión sino a que había que purificar las logias para que solamente se quedasen trabajando los masones que seguían los principios de la Masonería.

No había llegado el momento de hacer trabajo profano hasta que no se solucionasen los problemas internos para evitar dar motivos para la crítica a los que desde la sociedad tanto habían calumniado a los masones durante tanto tiempo.

En conclusión, en ese momento, precisamente de intensidad en la vida española, tocaba recogimiento y concentración. No se trataba de inmovilidad, sino de tranquilidad. Reconocía que no era una tarea muy gloriosa, pero sí más eficaz.

Hemos trabajado con el número 45 del primero de marzo de 1873 del Boletín Oficial del Gran Oriente de España, y hemos consultado la obra de José A. Ferrer Benimeli, Masonería española contemporánea. Vol. 2. Desde 1868 hasta nuestros días, Madrid, Siglo XXI, 1980, págs. 7 y ss.

Las dificultades de la Masonería en los albores de la Primera República