miércoles. 24.04.2024

El tres de mayo por la noche el infante don Antonio comunicó por escrito a los miembros de la Junta su intención de salir en la madrugada para Bayona a requerimiento de Fernando VII.

Su marcha supuso la desaparición de la única persona con la capacidad suficiente para tomar iniciativas. Lo primero que hicieron los miembros de la Junta fue consultar la nueva situación con el gran duque de Berg. Este hecho fue usado por Murat para exigir estar presente en las deliberaciones de la Junta de Gobierno por creerlo conveniente al buen orden y a la quietud pública.

  1. EL LEVANTAMIENTO
  2. EL INICIO DE LA GUERRA
  3. LA BATALLA DE BAILÉN
  4. LA RECLUSIÓN EN VALENCAY (1808-1813)

El siete de mayo, Murat presentó un decreto de Carlos IV por el que se le nombraba lugarteniente general del Reino. Este decreto era en consecuencia ilegal e inválido, puesto que Fernando VII no había renunciado a la Corona, a pesar de lo cual, la Junta de Gobierno accedió al cumplimiento, aunque no a su publicación. La máxima institución de Gobierno se plegó a los deseos franceses.

El diez de mayo Azanza y O’Farril recibieron dos decretos de Fernando VII donde decía lo siguiente: “Hallándose sin libertad y, consiguientemente, imposibilitado para salvar su persona y la Monarquía, autorizaba la constitución de cualquier cuerpo que ejerciese odas las funciones de la soberanía, ordenaba empezar las hostilidades contra los franceses desde el momento que el rey fuese internado”.

Hubo un segundo decreto donde Fernando VII ordenaba convocar las Cortes para proporcionar los arbitrios y subsidios necesarios para atender a la defensa del Reino.

La condición de prisionero de Napoleón creó en España el mito de Fernando el Deseado, víctima de la tiranía de Napoleón

El Consejo de Castilla, Tribunal Supremo de Justicia del reino, que era el encargado de dictaminar en todos los asuntos graves, llama la atención que no viese ningún asomo de ilegalidad.

Tras las abdicaciones de Bayona, Napoleón creyó llegado el momento de poner en práctica la introducción de la dinastía Bonaparte en el trono de España. Napoleón ya había intentado que su hermano Luis abandonase el trono de Holanda y obligó a su hermano mayor José, rey de Nápoles, a que aceptara la Corona española, considerándola una promoción por ser una nación más rica y con mayor población.

Napoleón quiso presentarse ante el pueblo español como el reformador que cambiaría una monarquía vieja y viciada por otra nueva y prestigiosa, que haría posible la prosperidad del país, la felicidad de todos, las sanas reformas tanto tiempos anheladas y el fin de una era de miserias y de injusticias u decía:

“Yo quiero que mi memoria llegue hasta vuestros últimos nietos y que exclaméis, es el regenerador de nuestra patria”.

Napoleón hizo suya la idea del ministro Azanza de reunir una Junta de notables, a modo de Cortes, que en nombre del pueblo español aprobase el traspaso de la Corona. El veinticuatro de mayo, Murat y la Junta de Gobierno, siguiendo las instrucciones del emperador, ordenaron que el día quince de junio se reuniese en la ciudad francesa de Bayona una diputación general de 150 miembros en representación de los tres brazos: Clero, nobleza y estado llano, a fin de indicar todos los males que el antiguo sistema había ocasionado y de proponer las medidas necesarias para su remedio.

Diez días antes de la apertura de la Asamblea, solo habían llegado a Bayona el 17% de los asistentes, pues muchos se negaron a asistir. Con la asistencia de solamente 65 notables de los que sólo 42 presentaban papeles en regla, pudo inaugurarse la Junta Española de Bayona.

Tras doce sesiones, se vio enseguida que la finalidad de la misma era exclusivamente la de aprobar obedientemente una Constitución redactada fuera de ella

La Constitución de Bayona que pudo haber sido un camino hacia una España más liberal y moderna, no se aplicó apenas, sólo a intervalos y con la intervención de las tropas francesas, y la mayor parte de los españoles ni siquiera se enteraron de su existencia.

Napoleón publicó el cuatro de junio, el nombramiento de su hermano mayor como rey de España, comenzando su reinado de forma oficial el ocho de julio después de jurar la nueva Constitución. Los españoles mostraron hacia él una hostilidad que se manifestó palpablemente en el sombrío recibimiento que el pueblo de Madrid le dispensó el veinte de julio.

El afrancesamiento era algo permanente en España durante todo el siglo XIX. Afrancesados son todas aquellas personas que durante la guerra de la Independencia colaboraron con el poder francés, ocuparon puestos en el gobierno intruso o juraron fidelidad al nuevo monarca. A partir del año 1811, y durante siglo y medio han sido denostados por la historiografía española.

EL LEVANTAMIENTO

El dos de mayo no fue la señal para una insurrección general contra los francesas, pero produjo una total desconfianza sobre las intenciones napoleónicas con respecto al futuro de la monarquía española.

Las órdenes dadas por el Consejo de Castilla a todas las autoridades provinciales encaminadas al mantenimiento de la tranquilidad pública impidieron que esos tumultos llegasen a más.

Desde el veintidós de mayo, en Cartagena, hasta el treinta y uno del mismo mes, en Zamora, un rosario de sublevaciones contra los franceses surge por todo el país. Este alzamiento marca el comienzo de la guerra de la Independencia, sólo se llevó a cabo en los territorios no ocupados por los franceses, puesto que era imposible cualquier insurrección.

Es difícil asegurar que hubiera un plan general para toda España, pero si se puede constatar la existencia de grupos de personas que se encontraban hipersensibilizados ante el curso de los acontecimientos.

Dada la estructura existente en esta época, la autoridad suprema de cada región era, prácticamente, el capitán general, que también ejercía de presiente de la Audiencia. De su actitud dependía en gran parte el rumbo que cada una siguiera.

Las autoridades centrales que habían repetido una y otra vez que los franceses debían ser tratados como amigos y aliados. Lo que hace más comprensivo el bando del capitán general Solano y once generales más y decían:

“Nosotros soberanos que tenían su legítimo derecho y autoridad para convocarnos y conducirnos a sus enemigos, lejos de hacerlo, han declarado padre e hijo, repetidas veces, que los que se tomaban por tales son sus amigos íntimos ¿Quién reclama, pues, nuestros sacrificios?”

Al no responder las autoridades provinciales a los deseos de la masa popular, ésta delegó su responsabilidad en instituciones ancestrales, como la centenaria Junta General del Principado de Asturias, la Diputación del Reino en Cortes formada por los regidores de ciudades gallegas o las Cortes del Reino de Aragón que nos e había reunido desde la derogación de los fueros a comienzos del siglo XVIII.

En la composición de las mismas se detecta preferentemente cómo el pueblo confía en sus miembros de la jerarquía tradicional, al mismo tiempo que la forma de estructurarse las nuevas Juntas corresponde perfectamente con la mentalidad del Antiguo Régimen.

Algunas de estas Juntas fueron auténticos polos de expansión del alzamiento contra los franceses. El de Zaragoza no sólo trajo consigo la extensión del movimiento a todo el reino de Aragón, sino también a las provincias colindantes con Cataluña, Navarra y Castilla la Vieja, Las ciudades de Lérida, Tortosa, Sangüesa, Logroño y Burgo de Osma se alzaron sucesivamente de finales de mayo a principios de junio.

Lo primero que hicieron as Juntas Supremas fue declarar la guerra a Napoleón, por lo que su actividad principal y primordial se dirigió al mantenimiento de la lucha contra los franceses. La guerra no se hace con declaraciones sino con ejércitos. Las Juntas ordenaron crar un ejército al mando de un general de prestigio, teniendo como base los cuerpos regulares, la presencia de voluntarios y los alistamientos hechos en todos los lugares.

Se ha considerado revolucionarias a las Juntas por su enfrentamiento con las máximas instituciones del Antiguo Régimen. Es cierto que hubo un enfrentamiento entre las nuevas instituciones y el Consejo de Castilla porque para las Juntas, el Consejo de Castilla carecía de autoridad desde el momento en que transmitió todas las órdenes y decretos del Gobierno intruso, tanto es así, que la Junta de Teruel decidió no obedecerle porque le había enviado por un correo extraordinario el texto de la Constitución de Bayona,

A comienzos de junio, la Junta de Sevilla se consideró la única representación de la Monarquía española, de tal forma que el primer alistamiento de mozos para luchar contra los franceses comenzaba así: “Fernando VII Rey de España y de las Indias, y la Junta Suprema de Gobierno de ambas en su nombre”.

Cuando fue conocida esta actitud por las otras Juntas se consideró no sin cierto fundamento como un deseo de supremacía sobre las demás. A mediados del del mismo mes, La Junta de Galicia a sus más cercanas, la del Principado de Asturias y la de León, la unificación de las tres instituciones en una sola, en la reunión de las Cortes de Galicia, León, Asturias y la parte de Castilla que fuese posible por no estar ocupada por los franceses.

El Supremo Consejo Real de Castilla quiso adherirse a los intentos de formar un Gobierno central único, proponiendo a todas las Juntas provinciales y por miembros del Consejo encabezados por el propio gobernador. Además de las funciones militares, esta institución debía convocar a Cortes, formadas exclusivamente por los procuradores de las ciudades y villas con derecho a voto, con la exclusiva finalidad de nombrar un Consejo de Regencia compuesto por veinte o más personas.

A principios de septiembre, aprovechando la reunión en Madrid de los principales generales que mandaban los ejércitos españoles, se intentó crear un Consejo de Regencia formado por el duque del Infantado y los generales Castaño y Cuesta, que se encargarían de las cuestiones militares, mientras que las civiles serían resueltas por el Consejo de Castilla.

A mediados de septiembre los diputados de las Juntas Supremas, siguiendo la propuesta valenciana se fueron reuniendo en dos centros: Aranjuez Madrid. En torno a la patriarcal figura del conde de Floridablanca se agruparon en el Real Sito los representantes de Murcia, Extremadura y Andalucía. Según Jovellanos, “los de Sevilla y algunos diputados, ya fuese por preocupación contra el Consejo, ya por otra razón, venían embargados y dispuestos a resistir el establecimiento del Gobierno Central en Madrid”.

Los de Aragón, Asturias, Cataluña y Valencia eran partidarios de que las sesiones se celebrasen en la Villa y Corte por ser la sede de los órganos de gobierno de la Monarquía.

La Constitución de la Junta Central tenía un talante democrático, pues los diputados residentes en Madrid se trasladan a Aranjuez cuando ven que la mayor parte de los representantes se encuentran allí, los poderes y credenciales son aprobados por unanimidad, el presidente y el secretario son elegidos de forma interina y la instauración se decidió por todos, aunque algunos, como Jovellanos, no estuvieron totalmente de acuerdo con ella.

EL INICIO DE LA GUERRA

El alzamiento de las zonas no dominadas por los franceses fue considerado por el general Murat como mera repetición de los acontecidos el dos de mayo en Madrid. Según este general eran brotes aislados de rebelión fáciles de sofocar si se daba a la represión militar el carácter de una simple acción policial.

Desde la primera el mariscal Bessiéres, con 25.000 hombres a su disposición, debía ocuparse de mantener las líneas de comunicación entre Madrid y la frontera, someter a las provincias septentrionales y dominar a los rebeldes de Zaragoza para permitir la comunicación con Cataluña.

El primer enfrentamiento entre franceses y españoles tuvo lugar cuando el general Cuesta decidió tomar la ofensiva y cortar el camino de Burgos a Madrid con 5.000 hombres, la mayor parte de ellos voluntarios sin apenas instrucción militar, cometiendo la imprudencia de atravesar el puente de Cabezón, donde la carretera de Valladolid a Burgos cruza el río Pisuerga.

El doce de junio, 9.000 soldados franceses al mando del general Lasalle se lanzaron al ataque y, en cuestión de minutos, derrotaron una tras otra a todas las inexpertas unidades españolas que sólo podían retirarse por un estrecho y solitario puente. Valladolid fue ocupada inmediatamente y lo mismo ocurrió pocos días después en Santander.

El general Cuesta, con los restos del ejército de Castilla, logró que la Junta de Galicia pusiera a su disposición todo un ejército de 25.000 hombres y decidió volver a poner en peligro las comunicaciones entre Madrid e Irún, planteando la lucha convencional a campo abierto, aunque el general Blake, que mandaba el ejército de Galicia, era partidario de esperar a los franceses en las montañas.

Enterado del movimiento de las tropas españolas, el mariscal Bessiéres organizó un ejército de campaña de unos 14.000 hombres que marchó rápidamente a detener a los españoles. El choque se produjo en Medina de Ríoseco, con las tropas españolas divididas en dos partes muy distantes, situadas sin protección en los flancos y con una línea de retirada muy reducida.

Bessiéres decidió atacar por el medio, envolver y aplastar a los gallegos primero y después a los castellanos de Cuesta que, al comienzo de la batalla, habían sido contenidos.

La operación fue un éxito, Blake perdió cerca de 3.000 hombres y toda su artillería, mientras que los franceses sufrieron menos de 500 bajas y aseguraron el camino de Madrid para José I, que se había detenido en Burgos.

El despliegue por el valle del Ebro pareció al comienzo llevar las mismas trazas, Logroño fue ocupado y las tropas que pudieron reunir José Palafox y Melzi fueron derrotadas en Tudela, Mallen y Alagón, refugiándose en Zaragoza, ciudad de edificios sólidos y muy juntos unos a otros, lo que facilitaba la defensa, rodeada por antiguas murallas y protegida por el río Ebro.

El general Lefevbre pensaba que un ataque decidido acabaría con cualquier resistencia, sin contar con que toda la población de la ciudad se defendió con arrojo implacable. Lefevbre tuvo que contentarse con esperar refuerzos, que, cuando llegaron, se vieron incapaces de tomar casa a casa que era una guerra completamente distinta a todo lo visto hasta entonces. Las noticias de Bailén hicieron levantar el cerco y retirase hacia Vitoria a un ejército que salía maltrecho en su prestigio y reputación marcial.

Desde Madrid salieron dos columnas dirigidas por los generales Dupont y Moncey que deberían dominar Andalucía y Levante. El general Moncey, con menos de 10.000 hombres, llegó el veintiocho de junio a Valencia, donde la Junta Suprema de ese reino había llevado a cabo todo lo necesario para la defensa de la capital con el establecimiento de barricadas y fortificaciones improvisadas, colocación en lugares apropiados de innumerables piezas de artillería pesada e inundación de los campos de alrededor para hacerlos impracticables.

Desde Barcelona, el general Duhesme debía dominar toda Cataluña y al mismo tiempo enviar una columna de ayuda a Moncey, que junto con las fuerzas que se dirigían a Manresa y Lérida tuvieron que detener su avance al llegar al paso del Bruch. 

Finalmente tuvieron que levantar el cerco de Gerona y huir hacia Barcelona, donde llegó con su ejército hambriento y desmoralizado, después de haber destruido todo el material para el asedio, y haber sido hostigado continuamente por los somatenes.

LA BATALLA DE BAILÉN

El mariscal Dupont se dirigió desde Toledo hacia Andalucía y avanzando tan rápidamente que dejó sin controlar el terreno que quedaba a su retaguardia. En el puente de Alcolea, el general Echavarri con más de 10.000 voluntarios civiles pretendió defender Córdoba, pero al enfrentarse con los franceses la totalidad de las fuerzas españolas fueron puestas en fuga en cuestión de minutos y se dispersaron sin intentar reagruparse.

Los franceses entraron en Córdoba sin ninguna resistencia saqueando la ciudad, violando a sus mujeres y matando a decenas de cordobeses. La indignación al saberse estos acontecimientos originó el levantamiento de los pueblos de la comarca, la ruptura de las comunicaciones de Dupont con Madrid y la venganza de cualquier soldado francés que se rezagara.

Bailen tuvo muchas consecuencias, originándose una nueva esperanza junto a la resistencia de Zaragoza. Hasta entonces, cada reino, cada región, cada ciudad u pueblo había reaccionado al compás de las circunstancias con una tendencia eminentemente defensiva. Resistir al invasor, defender al país de la perfidia de Napoleón, mantener la independencia frente a un rey impuesto y no querido.

Militarmente, la derrota de Dupont significó la primera derrota sufrida por el ejército napoleónico y la rendición de 20.000 soldados franceses, muchos de los cuales hubieran podido huir sino hubiera sido por el miedo del general Dupont.

La derrota de Bailen significó la ira imperial de Napoleón, que descalificó a Dupont, de quien dijo que nunca nadie ha habido tan estúpido, tan inepto y tan cobarde a pesar de pocos días antes le había nombrado conde el Imperio y envió con fuerzas de refuerzo al mariscal Ney para intentar estabilizar la situación del país.

José Bonaparte estaba dispuesto a abandonar España, pero Napoleón intuyó la inminente desprestigio de su causa y de su ejército si desistía intervenir en España. Napoleón se puso al frente de su ejército con unos 250.000 hombres y distribuidos en siete cuerpos de ejército.

El plan español consistía en repetir la acción de Bailén, embolsando a los franceses al avanzar simultáneamente por la costa y por los Pirineos. Napoleón ordenó una total inactividad de sus tropas esperando que las tropas españolas se adentrasen por los flancos hasta posiciones en las que la retirada fuese difícil, dejando desguarnecido el centro que sería atacado y roto con una doble finalidad:

  •  Envolver a los dos ejércitos laterales.
  • Ocupar nuevamente Madrid.

Las tropas españolas mucho más lentas y torpes en la organización, sin un mando unificado y con una gran indisciplina a todos los niveles no pudieron resistir y resultaron derrotados.

En menos de un mes, Napoleón había dispersado a lo mejor del ejército español, aunque no había logrado una victoria espectacular. A finales de octubre, después de haber reorganizado su ejército en Burgos, saqueo la ciudad y empaño la imagen del emperador.

Napoleón dirigió posteriormente sus tropas hacia el sur superando el puerto de Somosierra, gracias a la carga de la caballería polaca, apareciendo en Madrid el dos de diciembre, que era el tercer aniversario de la famosa batalla de Austerlirz.

LA RECLUSIÓN EN VALENCAY (1808-1813)

Tras el motín de Aranjuez y la renuncia de Carlos IV y la consecuente caída de su valido Manuel Godoy, hubo una gran explosión de alegría en el pueblo, a pesar de que las tropas de Napoleón se encontraban en pleno proceso de ocupación del país.

El emperador Napoleón hizo que Fernando VII acudiera a Bayona a una entrevista con él y donde su padre Carlos IV se encontraba exiliado. La intención de Napoleón era que Fernando VII renunciase a la corona española.

El mariscal Murat al mando de las tropas francesas en España tenía la orden de llevar al resto de la familia real a Francia para así proceder a la sustitución de los Borbones por los Bonaparte. Napoleón nombró rey de España a su hermano José, que reinaría en España como José I desde el año 1808 al año 1813. En este reinado fue cuando se dio la guerra de la Independencia.

Desde Bayona, Fernando VII fue trasladado al pueblo de Valencay, situado en el centro del país. Sus condiciones de cautiverio no fueron severas. El Rey y su hermano recibían clases de baile y música, podían montar a caballo y pescar. Sin embargo a partir de septiembre del año 1808, Napoleón se negó a sufragar los 400.000 francos anuales de rentas prometidas, lo que hizo que su nivel de vida fuera más austero.

Fernando VII pensaba que no se podía hacer nada ante el poderío de Francia, por lo cual pretendió unir sus intereses a los de Napoleón, teniendo una actitud servil. Así lo recuerda Napoleón desde su destierro en la isla de Santa Elena.

No cesaba Fernando de pedirme una esposa de mi elección: me escribía espontáneamente para cumplimentarme siempre que yo conseguía alguna victoria; expidió proclamas a los españoles para que se sometiesen, y reconoció a José, lo que quizás se habrá considerado hijo de la fuerza, sin serlo; pero además me pidió su gran banda, me ofreció a su hermano Carlos para mandar los regimientos españoles que iban a Rusia, cosas todas que de ningún modo tenía precisión de hacer. En fin, me instó vivamente para que le dejase ir a mi Corte de París, y si yo no me presté a un espectáculo que hubiera llamado a atención de Europa, probando de esta manera toda la estabilidad de mi poder, fue porque la gravedad de las circunstancias me llamaba fuera del Imperio y mis frecuentes ausencias de la capital no me proporcionaban ocasión”.

Napoleón hizo publicar en Le Moniteur toda la correspondencia de Fernando VII, para que todos, en especial los españoles, vieran su actuación. Sin embargo, Fernando VII se apresuró a agradecer al emperador que hubiese hecho público esta correspondencia donde le demostraba el gran amor que le profesaba.

Sin embargo, la condición de prisionero de Napoleón creó en España el mito de Fernando el Deseado, víctima de la tiranía de Napoleón. El Consejo de Castilla anulo el once de agosto del año 1808 la abdicación de Bayona y el veinticuatro de agosto proclamó rey en ausencia de Fernando VII. Las Cortes de Cádiz que redactaron la Constitución del año 1812 no cuestionaron en ningún momento la persona del monarca y lo declararon como único y legitimo rey de España.

Por el Tratado de Valencay de once de diciembre del año 1813, Napoleón reconoce a Fernando VII como Rey de España. De esta forma recupera el Trono y todos los territorios y propiedades de la Corona. Junto a esto se firmaba la paz con Francia, y se declaraba la neutralidad española y la salida británica del país. Dicho Tratado nunca fue ratificado por la Regencia española.


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La guerra de la independencia