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sábado. 25.06.2022
EMPERADORES ROMANOS

Octavio Augusto, expansión del imperio, muerte y sucesión

Augustus von Prima Porta (20-17 v. Chr.), aus der Villa Livia in Prima Porta, 1863.
Imagen extraída de Wikipedia
 

El Segundo pacto

Se produjo una crisis política en el año 23 a. C. que involucraba al otro cónsul, Aulo Terencio Varrón Murena, que formó parte de una conspiración en contra de Augusto. Los detalles exactos de la confabulación se desconocen, pero de hecho Murena no cumplió el mandato completo como cónsul y Calpurnio Pisón fue elegido para reemplazarlo.

Pisón era un miembro bien conocido de la facción republicana, y el hecho de que sirviera como colega consular de Augusto era otro movimiento político, para que este último pudiera evidenciar su voluntad para realizar concesiones, así como para cooperar con todos los partidos políticos.

A finales del período primaveral de ese año, Augusto sufrió una severa enfermedad y, en su supuesto lecho de muerte, hizo acuerdos que pondrían en duda las sospechas de los senadores acerca de su antirrepublicanismo. Augusto se preparó para traspasar su anillo de sello al general Agripa.

Sin embargo, le entregó a su compañero consular Pisón todos los documentos oficiales, una cuenta de finanzas públicas y la autoridad sobre las tropas acantonadas en las provincias, por lo que el supuestamente favorecido sobrino de Augusto, Marco Claudio Marcelo, se quedó sin herencia alguna.

Muchos creían que Octavio Augusto nombraría un heredero debido a su posición como un emperador no oficial. Éste otorgó solamente propiedades y posesiones a sus herederos designados, ya que un sistema de herencia imperial institucionalizado habría provocado resistencia y hostilidad entre los romanos republicanos, temerosos del concepto monárquico.

Poco después de recuperarse de su enfermedad, gracias a la receta de un médico griego, Augusto renunció a su permanente nombramiento anual como cónsul. En el futuro, Augusto solo volvería a ocupar el consulado en dos ocasiones restantes, en los años 5 y 2 a. C.

Aunque renunció al consulado, Octavio Augusto retuvo su imperium consular, lo cual llevó a un segundo acuerdo con el Senado, en lo que se conoce como “el segundo pacto”.

Se trataba de una hábil estratagema política planeada por Augusto. Al no ocupar él mismo uno de los dos cargos de cónsul, los senadores tendrían el doble de posibilidades para aspirar a ocupar esa posición, mientras que al mismo tiempo Augusto podía hacer un ejercicio de patronazgo más amplio entre la clase senatorial.

Augusto ya no se hallaba en un cargo oficial desde el que gobernar el Estado, pero su posición dominante sobre las provincias romanas prevaleció al convertirse en procónsul. Como cónsul, Augusto tenía el poder para intervenir, cuando lo considerara necesario, en los asuntos de los procónsules provinciales designados por el Senado.

Al pasar a ocupar el cargo de procónsul, Augusto no quería que la autoridad sobre los gobernadores provinciales le fuera despojada, así que el Senado le concedió “el poder sobre todos los procónsules”.

El Ara Pacis
El Ara Pacis

Además, Augusto adquirió los poderes de los tribunos de la plebe con carácter vitalicio, si bien no recibió el propio cargo de tribuno. Legalmente, el cargo de tribuno de la plebe se hallaba vedado a los patricios, que era un estatus de carácter hereditario que él había adquirido, tiempo atrás, al ser adoptado por Julio César.

El poder conferido le permitía convocar al Senado y al pueblo para presentar las diversas proposiciones de ley, vetar las acciones tanto de la Asamblea como del Senado, presidir las elecciones y tener el derecho de ser el primero en tener el uso de la palabra en cualquier reunión.

Incluidos también en la autoridad tribunicia de Augusto estaban los poderes reservados usualmente para el censor romano. Éstos incluían los derechos de supervisar la moral pública, examinar las leyes para asegurarse que eran del interés público, llevar a cabo un censo y determinar la capacidad para formar parte del Senado.

Con los poderes de un censor, Augusto hizo un llamamiento a las virtudes del patriotismo romano mediante la prohibición de todas las demás vestimentas que no fueran la clásica toga al momento de acceder al Foro.

No existía precedente alguno en el sistema romano, en el que se hubieran combinado los poderes de tribuno y los del censor en una sola persona. Augusto tampoco llegó a ser elegido formalmente para el cargo de censor.

Julio César había tenido poderes similares, teniendo la responsabilidad de supervisar las normas morales del Estado. No obstante, no llegó a tener la capacidad de un censor para llevar a cabo un censo de población y determinar la lista de miembros del Senado.

El Ara Pacis
El Ara Pacis

El cargo de tribuno de la plebe comenzó a perder prestigio debido a la acumulación de los poderes tribunicios en la figura de Augusto, por lo que este decidió recobrar su importancia al establecerlo como un cargo obligatorio para cualquier plebeyo que deseara acceder al cargo de pretor.

Además de la tribunicia potestas, Octavio Augusto obtuvo el imperium exclusivo sobre la ciudad de Roma. Todas las fuerzas armadas en la ciudad, anteriormente bajo el control de los prefectos y cónsules, ahora estaban bajo el mando único de Augusto. Era el único individuo capaz de recibir un triunfo romano, pues era el general al mando de todas las legiones romanas.

Después de que Augusto no se presentase a las elecciones como cónsul en el año 22 a. C., surgieron los temores de que Augusto estuviera siendo expulsado del poder por el Senado aristocrático.

En los años 22, 21 y 19 a. C., se produjeron revueltas populares y el pueblo solamente permitió que un solo cónsul fuera elegido para cada uno de esos años, con el fin evidente de dejar abierto el cargo para que lo ocupara Augusto.

Hubo una escasez de alimentos en Roma en el año 22 a. C., que provocó el pánico, por lo que varias plebes urbanas le pidieron a Augusto que asumiera poderes dictatoriales, para que este se hiciera cargo de la crisis.

Tras una exhibición teatral de rechazo ante el Senado, Augusto finalmente aceptó el control sobre el suministro de grano a Roma y terminó de manera casi inmediata con la crisis alimenticia.

No fue sino hasta el año 8 d. C., que una crisis alimenticia de esta magnitud hizo que Augusto estableciera un prefecto permanente que estaba a cargo de adquirir los suministros de alimentos para Roma.

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El Senado votó para permitir que Augusto vistiera la insignia de cónsul ante el público y el Senado en el año 19 a. C., además de brindarle una autorización para sentarse en la silla simbólica situada entre los dos cónsules y sostener las fasces, un emblema de autoridad consular.

Al igual que su autoridad como tribuno, la concesión de poderes consulares fue otro ejemplo de otorgamiento de los poderes de un cargo que realmente no ocupaba. Esto parece haber tranquilizado a la población, lo importante era que lo pareciese frente a la gente.

Tras la muerte de Lépido, Augusto asumió adicionalmente la posición de Pontífex Maximus, el seis de marzo del año 12 a. C., el más alto sacerdote del colegio de los Pontífices, así como el cargo más importante en la religión romana.

Esto no solamente reforzó su prestigio político, sino que al mismo tiempo fortaleció el simbolismo del culto imperial, al otorgar mayor prominencia a la religión romana sobre los cultos orientales.

Los emperadores romanos posteriores se verían generalmente limitados a los poderes y títulos concedidos originalmente a Augusto, aunque a menudo, para mostrar humildad, los emperadores recién nombrados normalmente declinaban uno o más de los títulos honoríficos dados a Augusto.

Mientras su reinado avanzaba, los emperadores se apropiarían de todos los títulos, independientemente de si estos les eran otorgados o no por el Senado.

La expansión del imperio

Augusto eligió Imperator como su primer nombre debido a que, con suma claridad, quería asociar con él la propia noción de la victoria. Para el año 13, Augusto se jactaba de haber sido proclamado imperator por sus tropas hasta en 21 ocasiones, todas ellas tras una batalla victoriosa.

Hubo una gran decepción y pesar públicos cuando Augusto decidió que el dominio de Medio Oriente, referente a la región de Partia, no debía invadirse. Los esperaban que se vengaran las batallas de Marco Licinio Craso en dicha zona con su invasión. A pesar de ello, existieron muchas otras regiones viables para ser conquistadas.

Al final de su reinado, los ejércitos de Augusto habían conquistado el norte de Hispania, las regiones alpinas de Recia y Nórico, así como Iliria y Panonia y extendió los límites de la provincia de África al este y al sur.

Judea fue anexionada a la provincia de Siria después de que Augusto depusiera a su sucesor Herodes Arquelao. Al igual que había ocurrido con Egipto cuando fue conquistado tras la derrota de Marco Antonio en el año 30 a. C., Judea pasó a estar gobernada por un alto prefecto del orden ecuestre.

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No se requirió esfuerzo militar en el año 25 a. C. cuando Galacia se convirtió en una provincia romana, poco después de que Amintas de Galacia fuera asesinado por venganza de la viuda de un príncipe que fue inmolado desde Homonada.

Una vez que las tribus rebeldes de Asturias y Cantabria, fueron finalmente sometidas en el año 19 a. C., el territorio pasó a formar parte de las provincias Tarraconense y Lusitania.

Estas regiones fueron muy importantes para la financiación de las futuras campañas militares de Augusto, al ser rica en depósitos minerales que podían explotarse a través de los proyectos de minería romana, especialmente los depósitos ricos en oro, como por ejemplo los que estaban situados en Las Médulas.

Conquistar a los pueblos alpinos en el año 16 a. C. significó otra importante victoria para Roma, dado que proporcionaba un vasto territorio fronterizo.

Para proteger las zonas orientales del Imperio de la amenaza del imperio Parto, Augusto confió en los estados clientes de Oriente, para que actuasen como amortiguadores territoriales, así como áreas donde pudieran reclutarse sus propias tropas en caso de defensa.

Para garantizar la seguridad en el flanco oriental del Imperio, Augusto estacionó, por si acaso, a un ejército romano en Siria, mientras su cualificado hijastro Tiberio negociaba con los partos en calidad de diplomático de Roma asignado a esa región.

Aunque los partos siempre representaron una amenaza para Roma en Oriente, el verdadero campo de batalla fueron los ríos Rin y Danubio. Antes de su último enfrentamiento con Marco Antonio, las campañas de Octavio contra las tribus en Dalmacia se convirtieron en el primer paso expansionista de los dominios romanos hacia el Danubio.

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La victoria en una batalla no siempre resultaba ser un éxito permanente, pues los territorios conquistados más recientemente eran constantemente recuperados por los enemigos de Roma en Germania.

MUERTE Y SUCESIÓN

La enfermedad de Augusto en el año 23 a. C. puso en evidencia los problemas en torno a su sucesión. Para garantizar la estabilidad, Augusto necesitaba designar un heredero.

Esto debía conseguirse mediante el uso de vías suaves, poco dramáticas y acumulativas que no revolviesen los temores senatoriales contra la figura de la monarquía. Si alguien iba a heredar su posición extraoficial de dominio, esa persona debía ganárselo por méritos que fueran reconocidos por el pueblo romano.

Algunos historiadores consideran que los indicios apuntaban al hijo de la hermana de Augusto, Marco Claudio Marcelo, que además se había casado con la hija de Augusto, Julia la Mayor.

Otros historiadores, en cambio, cuestionan este punto de vista y se mostraba por Marco Agripa, que en ese momento era su segundo al mando y, puede que también el único de sus más allegados que podría haberse hecho cargo de las legiones y mantener el Imperio unido.

Cesaraugusto en Zaragoza
Cesaraugusto en Zaragoza

Tras la muerte de Marcelo en el año 23 a. C., Augusto hizo que su hija se casara con Agripa, con quien tuvo tres hijos y dos hijas. Poco después del segundo pacto, Agripa consiguió un cargo de cinco años de duración para la administración de la mitad oriental del Imperio con el imperium de un procónsul y la misma tribunicia potestasconcedida a Augusto, estando ubicada su sede de gobierno en la isla de Samos.

A pesar de que esta concesión de poder habría evidenciado el favoritismo de Augusto por Agripa, también significó una medida para complacer a los miembros de su partido cesariano, al permitir que uno de ellos compartiera una considerable cantidad de poder junto a él.

La intención de Augusto de convertir a Cayo y Lucio César en sus herederos resultó evidente cuando los adoptó legalmente como hijos propios. En los años 5 y 2 a. C. volvió a ocupar el consulado para situarlos personalmente en sus carreras políticas, resultando ambos nominados para los consulados de los años 1 y 4 d. C.

Augusto mostró también preferencia por sus hijastros, los hijos de Livia de su primer matrimonio, Druso el Mayor y Tiberio, concediéndoles mandos militares y puestos públicos, y pareciendo favorecer más a Druso.

Sin embargo, el matrimonio de Druso el Mayor con Antonia la Menor, sobrina de Augusto, fue una relación que se hallaba tan incrustada en el seno de la familia que llegaría a perturbar las cuestiones sucesorias.

Tras la muerte de Agripa en el año 12 a. C., Tiberio, fue obligado a divorciarse de su esposa Vipsania para casarse con la viuda de Agripa, e hija de Augusto, Julia, tan pronto como el período de duelo por Agripa concluyó.

Mientras el matrimonio de Druso el Mayor con Antonia la Menor fue considerado como una relación inquebrantable, Vipsania era solamente la hija del fallecido Agripa, producto de su primer matrimonio.

Tiberio compartió los poderes tribunicios de Augusto en el año 6 a.C., pero poco después anunció su retiro pues, según varias fuentes, no quería asumir su futuro papel en la política, decidiendo exiliarse en Rodas.

Tras las muertes tempranas de Lucio y Cayo en los años 2 y 4 d. C., respectivamente, así como el fallecimiento repentino de su hermano Druso el Mayor, Tiberio fue convocado a Roma en junio del año 4 d. C., donde Augusto lo adoptó con la condición de que él, por su parte, adoptara a su sobrino Germánico.

Tiberio obtuvo también los poderes de tribuno y de procónsul, los emisarios de reinos extranjeros tendrían que mostrarle sus respetos, y para el año 13 d. C., recibió junto con su segundo triunfo un nivel igual de imperium que el que tenía Augusto.

El único posible aspirante a heredero era Agripa Póstumo, que había sido exiliado por Augusto en el año 7 d. C., sanción que más tarde se volvería perpetua por medio de un decreto senatorial, así que Augusto oficialmente lo desheredó.

El historiador Erich S. Cruen hace mención a varias fuentes contemporáneas que califican a Póstumo como “un joven vulgar, cruel y bruto, y de carácter depravado”. No se sabe con certeza, pero Agripa Póstumo pudo haber sido asesinado en su lugar de exilio poco antes o después de que falleciera Augusto.

Octavio Augusto murió mientras visitaba el lugar de la muerte de su padre en Nola, el diecinueve de agosto del año 14 d. C. Tiberio que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto sería su heredero, según se confirmó a la apertura de su testamento.

Las últimas palabras de Augusto fueron “La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!”. No obstante, sus últimas palabras públicas fueron “Mirad, encontré una Roma hecha de ladrillo, y os la dejo de mármol”.

Confinado en su féretro, el cuerpo de Augusto fue incinerado en una pira cerca de su mausoleo. Más tarde, se proclamó que se había unido con los demás dioses como un miembro más del panteón romano. Durante el saqueo de Roma, los pueblos godos asaltaron el mausoleo y dispersaron las cenizas de Augusto, en el año 410.

El historiador D. C. A. Shotter considera que las políticas de Augusto a favor de la línea familiar Julia sobre la Claudia podrían haber dado a Tiberio razones suficientes como para que mostrara un claro desprecio por Augusto tras su muerte. Sin embargo, Tiberio siempre fue rápido en reprender a todos aquellos que criticaron a Augusto.

Shotter sugiere que la deificación de Augusto, junto con la actitud extremadamente conservadora de Tiberio hacia la religión, forzó a este último a contener cualquier resentimiento que pudiera haber concebido.

El historiador R. Shaw Smith hace mención a las cartas dirigidas por Augusto a Tiberio, en las que mostraba su afecto y alta consideración por los méritos militares de Tiberio.

Shotter comenta que Tiberio enfocó su animadversión y críticas en Gayo Asinio Galo, por haber desposado a Vipsania después de que Augusto obligara a Tiberio a divorciarse de ella, así como contra los dos jóvenes césares Cayo y Lucio, en vez de hacerlo con Augusto, el verdadero responsable de su divorcio y, finalmente, de su designación imperial.

LA OBRA DE OCTAVIO AUGUSTO

Testamento de su legado es el gran número de estatuas y bustos erigidos en su honor, así como también el mausoleo que originalmente contenía las columnas de bronce con las obras de la vida de Augusto llamada “Res gestae divi Augusti”.

Puente romano de Mérida
Puente romano de Mérida

Pocas de las obras escritas por Augusto han pervivido. Entre las que sí que han llegado a nuestros días se encuentran los poemas “SiciliaEpifanio Ajax”, una autobiografía de trece tomos, un tratado filosófico y un texto refutando al “Elogio de Catón” de Marco Junio Bruto.

Los historiadores también han utilizado algunas cartas escritas por Augusto y dirigidas a otras personas para obtener algunos datos adicionales sobre su vida personal.

Muchos consideran a Octavio Augusto el emperador más grande de Roma. Sus políticas ciertamente extendieron la vida del Imperio romano e iniciaron la conocida como “Pax Augusta”.

Era inteligente, decisivo, y un político sagaz, pero quizás no tan carismático como Julio César, y en ocasiones tomó decisiones influenciado por su tercera esposa, Livia. Como resultado, Augusto no posee tanto renombre como su antecesor. Su legado demostró perdurar más en el tiempo. Como ejemplo, cabe señalarse que la ciudad de Roma fue transformada completamente bajo el mando de Augusto.

Se crearon las primeras fuerzas policiales y de bomberos institucionalizados, estableciendo al prefecto municipal como un cargo permanente. La fuerza de policía se dividió en cohortes de quinientos hombres, mientras que las fuerzas de bomberos llegaron a estar dotadas por entre quinientos y mil hombres, con siete unidades asignadas a catorce sectores de la ciudad.

Se nombró a un prefecto de vigilancia como mando directo de los cuerpos de vigilancia policial y anti-incendios de Roma. Además, habiendo finalizado las guerras civiles en Roma, Augusto pudo también crear un ejército profesional para el Imperio romano, compuesto por unas veintiocho legiones que suponían unos ciento setenta mil soldados.

El ejército estaba apoyado por numerosas unidades de tropas auxiliares de quinientos soldados cada una, reclutadas a menudo en zonas conquistadas recientemente. Augusto estableció el “aerarium militare”, donando ciento setenta millones de sestercios al nuevo tesoro militar, con el que se pagaba tanto a los soldados activos como a los retirados.

Por último, uno de los legados de carácter político-militar que más durarían entre las instituciones romanas sería la Guardia Pretoriana que se creó en el año 27 a. C. Se trataba de una guardia personal en el campo de batalla, que fue evolucionando para convertirse en una guardia imperial y en un importante cuerpo político de Roma. Después de Augusto, la Guardia Pretoriana tuvo poder suficiente para intimidar al Senado y para deponer y elegir emperadores.

Con las finanzas del Estado como base del mantenimiento de las carreteras que atravesaban Italia, Augusto creó también un sistema oficial de correos, con la creación de una serie de postas.

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Además de una mejora en las comunicaciones de los ciudadanos del Imperio romano, la mejora y ampliación de la red viaria permitió una movilidad sin precedentes del ejército romano a lo largo y ancho del Imperio.

Aunque llegó a ser el individuo más poderoso del recién creado Imperio romano, Augusto quiso representar el espíritu de la virtud y las leyes de la República. También quiso tener relación y conexión con la plebe y los ciudadanos desfavorecidos.

Para ello hizo gala de una gran generosidad a la vez que ofrecía una imagen de persona poco dada a los lujos y los excesos. Augusto pagó cuatrocientos sestercios por persona en el año 29 a. C., a un total de doscientos cincuenta mil ciudadanos, mil sestercios a cada uno de los ciento veinte mil veteranos de las colonias, y dedicó setecientos millones de sestercios a la compra de tierras para que sus veteranos pudieran establecerse.

También restauró ochenta y dos templos con el fin de mostrar su preocupación por las deidades romanas, y en el año 28 a. C. ordenó fundir ochenta estatuas de plata erigidas en su honor en un intento de aparentar un carácter modesto y frugal.

En una visión retrospectiva del reinado de Augusto y su legado al mundo romano, su longevidad no debe obviarse como un factor clave en su éxito. Tal y como apunta Tácito, las generaciones más jóvenes que estaban vivas en el año 14 d. C. no habían conocido otra forma de gobierno que el Principado.

Si Augusto hubiera muerto a edad más temprana, la historia podría haberse desarrollado de distinta forma. El desgaste que supusieron las guerras civiles en la vieja oligarquía republicana y la longevidad de Augusto, por lo tanto, deben verse como un factor de gran importancia en la transformación del Estado romano en una monarquía a lo largo de estos años.

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Su legado final fue la paz y prosperidad de la que el Imperio romano gozó durante los siguientes dos siglos bajo el sistema político que él inició. Su memoria se consagró durante la época Imperial como el paradigma de buen emperador. Todos los emperadores posteriores adoptaron su nombre, César Augusto, que fue perdiendo gradualmente su carácter de nombre propio para convertirse en un título.

Poetas contemporáneos como Virgilio y Horacio alabaron a Augusto como defensor de Roma y de la justicia y moral, un individuo que cargaba con el peso de la responsabilidad de mantener el Imperio romano.

Sin embargo, Augusto también ha sido objeto de críticas a lo largo de los años por su gobierno sobre Roma y por crear el Principado. El jurista romano contemporáneo Marco Antistio Labeón, orgulloso de los días previos a la era de Augusto en los que había nacido, criticó abiertamente el régimen del principado.

Tácito por su parte, escribió al comienzo de sus Anales que Augusto había subvertido con astucia la República Romana en un régimen de esclavitud. Continuaba diciendo que, con la muerte de Augusto y el juramento de lealtad a Tiberio, el pueblo romano simplemente intercambió un amo por otro.

Sin embargo, Tácito también recoge en su obra dos visiones contradictorias, a la vez que comunes, de Augusto:

“Personas inteligentes le alabaron o criticaron de diversos modos. Una opinión era la siguiente. El deber filial y la emergencia nacional, en la que no había lugar a una conducta respetuosa con la ley, le llevaron a una guerra civil y esto no puede ser promovido ni mantenido por métodos decentes.

Hizo concesiones a Antonio y a Lépido con la finalidad de obtener la venganza sobre los asesinos de su padre. Cuando Lépido se volvió viejo y perezoso y Antonio se entregó a la auto-indulgencia, la única posible cura para un país distraído era el gobierno por un solo hombre. 

Sin embargo, Augusto puso en orden el país no mediante su alzamiento como rey o dictador, sino creando el principado. Las fronteras del Imperio romano estaban en el océano o en ríos distantes. Los ejércitos, provincias, flotas, el sistema entero estaba interrelacionado. 

Los ciudadanos romanos estaban protegidos por la ley. Los provincianos eran tratados decentemente. La propia Roma había sido embellecida profusamente. La fuerza se había usado con moderación, simplemente para preservar la paz de la mayoría”.

El historiador Dión Casio, del siglo III, consideraba a Augusto un gobernante benigno y moderado aunque, al igual que muchos historiadores posteriores a la muerte de Augusto, le consideraba un autócrata.

Mausoleo de Octavio Augusto
Mausoleo de Octavio Augusto

En épocas más recientes, el escritor Jonathan Swift (1667-1745), en su obra “Discourse on the Contests and Dissentions in Athens and Rome”, criticó a Augusto por instaurar la tiranía en Roma, y hacía una comparación entre la monarquía Constitucional del Reino Unido y la república romana del siglo II a. C.

El almirante e historiador Thomas Gordon (1658-1741) comparó a Augusto con el tirano puritano Oliver Cromwell (1599-1658) e insistió, al igual que hizo Montesquieu, en que Augusto se comportó como un cobarde en batalla. Augusto también sería tildado de gobernante maquiavélico, usurpador sediento de sangre, malvado y despreciable y tirano por el historiador Thomas Blackwell.

Reformas económicas

Las reformas económicas que Augusto implementó en Roma tuvieron un gran impacto sobre el éxito posterior del Imperio romano. Augusto hizo que una gran porción del terreno sobre el que se había extendido el Imperio romano pasase a estar bajo control e imposición directa de Roma, en lugar de extraer una cifra variable, intermitente y en cierto modo arbitraria de impuestos de cada provincia local, como había ocurrido hasta entonces.

La reforma incrementó enormemente la cifra neta de ingresos que Roma percibía de sus nuevos territorios, estabilizando el flujo y regularizando la relación financiera entre Roma y las provincias, en lugar de provocar resentimientos continuos ante cada nueva exacción de tributos.

Las cifras impositivas durante el reinado de Augusto se determinaban por el censo de población, con cuotas fijas para cada provincia en función del número de habitantes. Los ciudadanos de Roma y de Italia pagaban impuestos indirectos, mientras que las provincias debían pagar impuestos directos a Roma.

Entre los impuestos indirectos se contemplaba un impuesto del 4% sobre el precio de los esclavos y un 1% sobre los bienes vendidos en subasta, así como un impuesto de sucesiones del 5% sobre aquellas herencias cuyo valor fuese mayor de cien mil sestercios y siempre que el parentesco entre el causante y el heredero no fuese de primer grado.

Otra reforma de gran importancia fue la abolición del sistema privado de recolección de impuestos que ejercían los publicanos, que sería reemplazado por un servicio público de carácter funcionarial de recolectores de impuestos.

El sistema habitual en la era republicana había sido el de los publicanos, contratistas privados que habían llegado a tener suficiente poder como para influir en la política de Roma.

Los publicanos habían ganado muy mala fama y una gran fortuna personal gracias a la adjudicación de los derechos de recaudación de impuestos en áreas locales. Roma, a través del sistema de subasta, otorgaba el derecho de recaudación de impuestos a la persona que más ingresos ofreciese a Roma, y el beneficio del publicano se basaba en todas aquellas cantidades que fuese capaz de recaudar por encima de la cifra ofertada, contando para ello con la bendición de la metrópolis.

La falta de una supervisión efectiva, combinada con el deseo de los publicanos de maximizar sus beneficios, supuso la creación de un sistema de exacciones arbitrarias que a menudo era muy cruel con los contribuyentes. Era un sistema ampliamente percibido como injusto, y muy dañino para la economía.

La conquista de Egipto por Augusto supuso una nueva fuente de ingresos para financiar las operaciones del Imperio romano. Dado que políticamente la región fue considerada como una propiedad privada de Augusto en lugar de una provincia del Imperio romano, se convirtió en parte del patrimonio de los futuros emperadores.

En lugar de un legado o un procónsul, Augusto colocó como administrador de Egipto a un prefecto de la clase ecuestre con la misión de administrar Egipto y mantener sus lucrativos puertos.

Este puesto se convirtió en el mayor logro político que podía alcanzar alguien de la clase ecuestre, aparte del de Prefecto del pretorio. Esta tierra de gran productividad aportó enormes recursos a Augusto y a sus sucesores, con los que pudieron financiar obras públicas y expediciones militares, además de pan y circo para el pueblo de Roma.

Proyectos arquitectónicos

En su lecho de muerte, se dice que Augusto se jactó de haber encontrado una Roma hecha de ladrillo y de haberla dejado hecha de mármol. Aunque existe cierta verdad literal en su afirmación, Dión Casio indica que se trataba de una metáfora sobre la fuerza del Imperio romano.

El mármol podía encontrarse en edificios romanos anteriores, pero no fue utilizado de forma tan extensa como material de construcción hasta el reinado de Augusto. Éste dejó su impronta en la topografía monumental del Centro de la ciudad y del Campo de Marte, con el Ara Pacis y un reloj de sol monumental, cuya pieza central era un obelisco traído desde Egipto.

Los relieves que decoran el Ara Pacis ofrecían el relato visual de los triunfos de Augusto recogidos en el Res Gestae. Aparecen representados los desfiles imperiales de los pretorianos, las vestales y los ciudadanos de Roma.

Construyó el Templo de César, los baños de Agripa y el Foro de Augusto, en el que se encontraba también el Templo de Marte el Vengador. Alentó la construcción de otros proyectos, como el Teatro de Balbo o la construcción del Panteón de Agripa, y en otros casos financió las obras erigidas en nombre de otras personas, a menudo familiares, como el Pórtico de Octavia o el teatro de Marcelo.

El Mausoleo de Augusto fue construido tras su muerte para albergar a los miembros de su familia.

Para celebrar su victoria en la batalla de Accio ordenó construir el arco de Augusto, que se terminara en el año 29 a. C. cerca de la entrada al Templo de Cástor y que fuera ampliado en el año 19 a. C. en un nuevo diseño de triple arco.

Existen también muchos edificios construidos fuera de Roma que llevan el nombre y legado de Augusto, como por ejemplo el Teatro de Mérida, o el de Cartagena. La Maison Carrée en Nimes o el trofeo de Augusto en La Turbie.

A la muerte de Agripa en el año 12 a. C., Augusto tuvo que buscar una solución para el mantenimiento del suministro de agua a la ciudad de Roma. El problema había sido afrontado por el propio Agripa cuando sirvió como edil, que llegó incluso a financiarlo con su propio dinero como ciudadano privado.

Ese mismo año, Augusto dispuso un sistema en el cual el Senado designaba a tres de sus miembros como comisionados principales al cargo del suministro de agua y para asegurarse de que los acueductos de Roma eran mantenidos adecuadamente.

A finales de la era de Augusto, se puso al cargo del mantenimiento de edificios públicos y del culto al estado a una comisión de cinco senadores llamada “curatores locorum publicorum iudicandorum” y que podría traducirse como los Supervisores de la Propiedad Pública.

Augusto también creó el grupo senatorial de los “curatores viarum” para la supervisión y mantenimiento de las carreteras, que trabajaba con oficiales locales y con contratistas para organizar las reparaciones ordinarias.

El estilo arquitectónico dominante en la era de Augusto y de la fase imperial de Roma fue el orden corintio, originario y procedente de la antigua Grecia. Suetonio comentó en una ocasión que Roma no era merecedora de su estatus de capital imperial, si bien Augusto y Agripa se encargaron de desmantelar este sentimiento transformando la apariencia de Roma bajo el modelo griego clásico.

Lee la primera parte del artículo

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Octavio Augusto, expansión del imperio, muerte y sucesión