jueves 27/1/22
­EMPERADORES ROMANOS

Julio César, dictador, militar, político e intelectual (Parte II)



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EL PODER ABSOLUTO

César regresó a Roma a finales de julio del año 46 a. C. La victoria total de su facción dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su victoria nombrándolo dictador por tercera vez en la primavera del año 46 a. C., por un plazo sin precedentes de diez años.

En septiembre, celebró sus triunfos, ofreciendo cuatro desfiles triunfales que se desarrollaron entre el día veintiuno de septiembre y el día dos de octubre. Galos, egipcios, asiáticos y africanos desfilaron encadenados ante la multitud, mientras jirafas, carros de guerra britanos y batallas en lagos artificiales dejaban boquiabiertos a sus conciudadanos.

01La guerra entre romanos fue enmascarada por las victorias contra extranjeros y las celebraciones no tuvieron precedentes en sus dimensiones y duración.

Durante las celebraciones fue ejecutado ritualmente Vercingétorix, que había permanecido en una cárcel de plata desde su captura después de la batalla de Alesia. En ese mismo desfile, se rompió el eje de su carroza y estuvo a punto de caer al suelo. El desfile triunfal contra Farnaces II, contó con una carroza que portaba el lema “Veni, vidi, vici”.

César no olvidó recompensar a sus tropas, y así entregó a cada legionario cinco mil denarios, equivalentes a lo que ganarían en los dieciséis años de servicio obligatorio, a cada centurión, diez mil y a cada tribuno y prefecto, veinte mil denarios.

Les asignó también terrenos, aunque no cercanos a Roma, para no despojar a ciudadanos y establecer así colonias romanas en territorios recientemente conquistados. Distribuyó al pueblo diez modios de trigo por cabeza y otras tantas libras de aceite con 300 sestercios, en cumplimiento de una antigua promesa que le había hecho, a los cuales agregó 100 más por la demora.

Rebajó el alquiler de las casas en Roma hasta la suma de 2.000 sestercios, en el resto de Italia hasta quinientos. A todo ello añadió la distribución de carnes, y después del triunfo sobre Hispania dos festines públicos, y no considerando el primero bastante digno de sus magnificencias, el que ofreció cinco días después fue mucho más abundante.

Dio también espectáculos de varios tipos, incluyendo combates de gladiadores y comedias en todos los barrios de la ciudad, que desempeñaron actores de todas las naciones y en todos los idiomas. Juegos en el circo, atletas y una naumaquia completaron el programa.

En el Circo se ensanchó la arena por ambos lados; abrieron alrededor un foso, que llenaron de agua. Se disputó en aquel recinto cuadrigas y bigas, o saltaron en caballos adiestrados al efecto. Niños divididos en dos bandos, según la diferencia de edad, ejecutaron los juegos llamados troyanos.

02Se dieron cinco días de combates de fieras, y finalmente se dio una batalla entre dos ejércitos.  Cada uno comprendía 500 infantes, 30 jinetes y 20 elefantes. Con objeto de dejar a las tropas mayor espacio, habían quitado las barreras del circo, formando a cada extremo un campamento.

Durante tres días lucharon atletas en un estadio construido expresamente en las inmediaciones del Campo de Marte. Se hizo un lago en la Codeta menor que era un lugar del otro lado del río Tíber y allí trabaron combate naval: birremes, trirremes, cuatrirremes, figurando dos flotas, una tiria y otra egipcia, cargadas de soldados.

El anuncio de estos espectáculos había atraído a Roma a una gran cantidad de forasteros, cuya mayor parte durmió en tiendas de campaña, en las calles y las plazas, y muchas personas, entre ellas dos senadores, fueron aplastadas o asfixiadas por la multitud.

En el invierno del año 46 a. C., estalló una nueva rebelión en Hispania, liderada por los hijos de Pompeyo. Usando la antigua influencia de su padre y los recursos de la provincia, los hermanos Pompeyo y Tito Labieno consiguieron reunir un nuevo ejército de trece legiones compuestas por los restos del ejército constituido en África, las dos legiones de veteranos, una legión de ciudadanos romanos de Hispania, y el alistamiento de la población local.

A finales del año 46 a.C. tomaron el control de casi toda Hispania Ulterior, incluyendo las colonias romanas de Itálica y de Corduba, la capital de la provincia. César, ante el peligro, regresó a Hispania y tras algunas escaramuzas, los derrotó finalmente en la batalla de Munda.

03Mención aparte merece la actividad constructiva de César, que durante su dictadura emprendió numerosos proyectos de reforma de los edificios públicos de Roma y creó otros muchos nuevos, en general en torno al campo de Marte y el nuevo complejo del Foro.

Cabe destacar entre ellos, el Foro Julio o Foro de César, construido en el año 46 a. C. en las pendientes del Capitolio y finalizado por Augusto; en el centro de la plaza se alzaba la estatua ecuestre de César, ante el templo de su divina antepasada, Venus Genetrix, obra destacada igualmente.

En dicho templo se encontraba la estatua de la diosa, instalada en el ábside del templo, y que era obra de Arcesilas, cuyos bocetos alcanzaban según Plinio precios astronómicos.

César, después de vencer tras el último intento de los pompeyanos, dirigido por Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo Magno, se mostró desconfiado, pensando en la posibilidad de un inminente intento de asesinato.

Muestra de ello es que en diciembre del año 45 a. C., en vísperas de las Saturnales, fue a pasar unos días con el suegro de Gayo Octavio que era su sobrino nieto en la residencia que este poseía cerca de Puteoli y se hizo que lo acompañara una escolta de 2.000 hombres.

El Senado había aprovechado la ausencia de César para votar en bloque los decretos relativos a los honores que le eran conferidos. Dión Casio dice “esta labor no debía parecer el resultado de una coacción, sino la expresión de su libre voluntad”.

Cuando César estaba ya de regreso en Roma, antes de colocar los decretos a los pies de Júpiter Capitolino como era tradicional, los senadores decidieron presentárselos personalmente. De este modo, se subrayaba aún más la importancia del homenaje que el Senado le rendía.

César estaba en el vestíbulo d04el templo de Venus Genetrix, ocupado en discutir los planos de los trabajos que los arquitectos y artistas habían venido a enseñarle. Cuando se le anunció que el Senado in corpore había venido a verlo, precedido de los magistrados en ejercicio y de una multitud de ciudadanos de diversos rangos, hizo como que no le daba importancia alguna y continuó, sin interrumpirla, la conversación con sus colaboradores.

Uno de los senadores se adelantó para pronunciar un discurso apropiado a las circunstancias. Entonces César se volvió hacia él y se preparó a escucharlo, sin dignarse siquiera a levantarse de su asiento. Probablemente, se trataba de poner en evidencia su disgusto con la afrenta que le infligió el tribuno Aquila tres meses antes.

Su respuesta dejó anonadados a los senadores pues en vez de alargar la lista de honores a él acordados, insistió más bien en reducirlos... pero los aceptó. César no se limitó a aceptar las distinciones honoríficas con las que lo había colmado el Senado, sino que, al mismo tiempo supo apoderarse de múltiples prerrogativas de un carácter más realista que le permitieron reunir en sus manos la totalidad del poder gubernamental.

Exigió y obtuvo que:

  • Todos sus actos fuesen ratificados por el Senado.
  • Los funcionarios públicos fueron obligados a prestar juramento, desde su entrada en funciones, de no oponerse jamás a medida alguna emanada de él.
  • Se hizo atribuir los privilegios de los tribunos de la plebe, con lo que obtuvo la tribunicia potestas y la inmunidad sacrosanta que los distinguía.

Como consecuencia, el Senado perdía su poder, permaneciendo como una asamblea consultiva que aprobaba resoluciones, las cuales el dictador podía pasar por alto, sin dar siquiera una explicación para hacerlo.

En lo sucesivo sería César quien tendría el derecho exclusivo de disponer de las finanzas del Estado y quien prepararía la lista de los candidatos al consulado y demás magistraturas.

Así, de hecho, ya poseía todos los poderes de un monarca. No le faltaba más que el título. A este respecto, empezó una propaganda insinuante emprendida por ciertos agentes para preparar a la opinión pública, que era muy hostil a la idea de volver a la monarquía.

Sus enemigos esperaban poder arruinarlo más fácilmente explotando su ambición y se organizaron para actuar. Como resultado, seguiría una guerra solapada, pero implacable.

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Esta comenzó cuando la estatua de oro que acababa de ser erigida de César en los rostra, fue coronada con una diadema portando una cintilla blanca, distinción de la realeza.

Se trataba de una primera tentativa, todavía muy discreta, de sondear el terreno y simular un deseo popular en favor de la coronación de César como rey. Dos tribunos del pueblo ordenaron arrancar la diadema y lanzarla lejos, hecho este que simularon erigirse en defensores de la reputación cívica de César.

Tenían lugar en el Monte Albano, en las cercanías de Roma en los últimos días de enero, las tradicionales fiestas latinas. César estaba llamado a asistir bien como Pontífice Máximo o como Dictador

Optó por esta última calidad, lo cual le permitía, usando el privilegio que le había concedido el Senado, figurar en estas ceremonias vistiendo la toga púrpura y calzando las altas botas rojas.

Al concluir las fiestas, César hizo su entrada en Roma a caballo. En medio de la multitud que lo esperaba, y desde que se le vio aparecer, resonaron aclamaciones, escuchándose voces que lo saludaban con el título de rey.

Inmediatamente el partido opuesto intervino y se escucharon exclamaciones de protesta. César salvó la situación respondiendo: “Mi nombre es César y no Rex”, lo que podría interpretarse como que él solo veía en los saludos de que era objeto una alusión a su parentesco con la gens Marcci Reges, a la que pertenecía su madre.

Otro acto estaba previsto para el quince de febrero, día de las fiestas Lupercales. Para asistir a ellas, César usó el mismo ropaje que había usado en las fiestas latinas y ocupó un sitial de oro sito en medio de la tribuna de las arengas, delante del cual debía pasar la procesión conducida por Marco Antonio.

Junto al dictador se situó el cuerpo de magistrados en ejercicio, su jefe de caballería Marco Emilio Lépido, los pretores, los ediles... mientras desfilaba delante de la tribuna el colegio de sacerdotes Julianos, uno de ellos, Licinio, apareció a nivel del estrado y depositó a los pies de César una corona de laurel entrelazada con la cintilla de la diadema real, momento en que estallaron los aplausos.

Entonces Licinio subió a la tribuna y puso la corona sobre la cabeza de César que hizo un gesto de protesta y se dirigió a Lépido para que lo ayudara, pero este no hizo nada.

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Gayo Casio Longino se adelantó y, quitando la corona de la cabeza de César, la puso sobre sus rodillas, pero César la rechazó. En el último minuto, Marco Antonio trató de componer las cosas. Se apoderó de la corona y la colocó de nuevo sobre la cabeza del dictador, pero César esta vez se quitó él mismo la corona y la arrojó lejos de sí.

Esto le valió los aplausos de la multitud, pero algunos espectadores le pidieron que aceptara la ofrenda del pueblo. Marco Antonio aprovechó el momento para recoger el emblema, tratando de ceñírselo de nuevo y se escucharon gritos de ¡Salud, oh rey!, pero con ellos se mezclaban protestas indignadas.

César se quitó la corona y ordenó llevarla al templo de Júpiter “donde será mejor colocada”, y requirió al redactor de los actos públicos que hiciera constar allí “que habiéndole ofrecido el pueblo la realeza de manos del cónsul, él la había rechazado”.

LA CAMPAÑA CONTRA PARTIA Y DACIA

César, poco antes de su muerte, había proyectado dos campañas militares:

  • Una contra el reino dacio de Berebistas.
  •  Otra contra el imperio parto de Orodes II.

No había dudas de que ambos pueblos representaban un peligro potencial para el poderío romano, sin embargo, no puede olvidarse que una guerra de conquista de tal magnitud nacía más por un deseo de dominar el mundo.

César se sentía invencible y deseaba emular a Alejandro Magno conquistando el Oriente. Podía estar motivado simplemente en la búsqueda de venganza por la derrota y muerte de Craso. Así es como dos historiadores de la Antigüedad describían su ambición:

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“Sus continuadas victorias no fueron parte para que su grandeza de ánimo y su ambición se contentaran con disfrutar de lo ya alcanzado, sino que, siendo un incentivo y aliciente para lo futuro, produjeron designios de mayores empresas y el amor de una gloria nueva, como que ya se había saciado de la presente; así, su pasión no era entonces otra cosa que una emulación consigo mismo, como pudiera ser con otro, y una contienda de sus hazañas futuras con las anteriormente ejecutadas.

Meditaba, pues, y preparaba hacer la guerra a los Partos, y vencidos éstos por la Hircania, rodeando el mar Caspio y el Cáucaso, pasar al Ponto, invadir la Escitia y, recorriendo luego las regiones vecinas a la Germania y la Germania misma, por las Galias volver a Italia y cerrar este círculo de la dominación romana con el Océano, que por todas partes la circunscribe”.

César concibió la idea de una larga campaña contra los dacios de Berebistas y los partos. Los dacios de Berebistas son una nación que ama la guerra y una nación vecina que iban a ser atacados primero, los partos tenían que ser castigados por la traición usada contra Craso…

César comenzó con intensos preparativos para la guerra en el otoño del año 45 a. C., y a establecer su control político sobre los tribunos, ya que se esperaba una larga ausencia del dictador.

En Apolonia de Iliria se estaba concentrando un enorme ejército de dieciséis legiones y diez mil jinetes, en total unos noventa mil hombres y se esperaba que la campaña comenzara en la primavera del año 44 a. C., tres días después del Idus de marzo.

LA ACCIÓN POLÍTICA DE CÉSAR

César desarrolló una política de reconciliación nacional basada en la clemencia para con sus enemigos y en la práctica no hubo proscripciones ni confiscaciones masivas, sino que, por el contrario, César perdonó abiertamente a destacados pompeyanos.

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La labor de gobierno de César, como cónsul y como dictador, fue muy amplia, pese a que el tiempo en que realmente estuvo en el poder fue relativamente corto.

Sin embargo, y como bien señala Adrian Goldsworthy, un análisis detallado de cada medida o posible medida que tomó sería excesivamente extenso, pues su obra legal fue ardua.  Podemos hacernos una idea de su trabajo en este campo por la lista de disposiciones legales que se encuentra en Suetonio y otros autores:

  • Corrigió, asesorado por el astrónomo egipcio Sosígenes de Alejandría, el calendario en uso, en el que había tal desorden por culpa de los pontífices y por abuso, antiguo ya, de las intercalaciones, que las fiestas de la recolección no caían ya en estío, ni las vendimias en otoño.
  • Ajustó el año al curso del sol, y lo compuso de 365 días, suprimiendo el mes intercalado y aumentando un día cada cuatro años. Para que este nuevo orden de cosas pudiera comenzar en las calendas de enero del año siguiente, añadió dos meses, entre noviembre y diciembre, teniendo por consiguiente este año quince meses, contando el antiguo intercalario que ocurría en él.

Esta trascendental reforma, que conocemos hoy en día como calendario juliano, consistió en que, partiendo del año 153 a.C., se tomó como inicio del año el uno de enero, en lugar del tradicional uno de marzo, para poder planear las campañas del año con tiempo.

Consta de 365 días divididos en 12 meses, excepto los años bisiestos que tienen 366 días, y añaden un día adicional al mes de febrero. El calendario juliano cuenta como bisiestos uno de cada cuatro años, incluso los seculares. Con este calendario se comete un error de 7,5 días cada 1.000 años.

Fue el empleado en Occidente hasta finales del siglo xvi, cuando una nueva reforma para corregir el problema de los años bisiestos dio paso al moderno calendario gregoriano.  El calendario juliano seguirá siendo el empleado para sus fiestas y liturgia por las iglesias cristianas orientales y la Iglesia ortodoxa.

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  • Completó el Senado, diezmado por la guerra civil, aumentando el número de senadores a novecientos y llenándolo de partidarios suyos, en especial caballeros, élites provinciales, y algún que otro escriba, centurión e incluso hijo de liberto. Entre los más destacados y poderosos se encontraron los Balbos.
  • Creó nuevos patricios, aumentó el número de pretores, ediles.  Compartió con el pueblo el derecho de elección de magistrados. Los candidatos los designaban por mitades, el pueblo y él.
  • Estableció la contratación a extranjeros en las legiones y creó el cargo de Imperator, que sería el comandante del ejército.
  • Restringió el sistema judicial a dos clases de jueces, a los senadores y a los caballeros, y suprimió los tribunos del Tesoro, que formaban la tercera jurisdicción.
  • Hizo el censo del pueblo, no de la manera acostumbrada, sino por barrios y según padrones de los propietarios de las casas.
  • Redujo el número de aquellos a quienes suministraba trigo el Estado, de 320. 000 a 150. 000. Para que la formación de estas listas no pudiese ser en lo venidero causa de nuevos disturbios, decretó que el pretor pudiese reemplazar a los que fallecieran, por medio del sorteo, con los que no estaban inscritos.

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La batalla de Alesia

  • Distribuyó a 80.000 ciudadanos en las colonias de ultramar, y para que no quedase exhausta la población en Roma, decretó que ningún ciudadano mayor de veinte años y menor de sesenta años, que no estuviese obligado por un cargo público, permaneciese más de tres años fuera de Italia. Ningún hijo de senador emprendiese viajes lejanos, si no era en compañía o bajo el patronato de algún magistrado; y por último, que los que criaban ganado tuviesen entre sus pastores, por lo menos, la tercera parte de hombres libres en edad de pubertad.
  • Concedió el derecho de ciudadanía a cuantos practicaban medicina en Roma o cultivaban las artes literarias, debiendo este favor fijarlos en la ciudad y atraer a otros.
  • En cuanto a las deudas, en vez de conceder la abolición, decretó que los deudores pagarían según la estimación de sus propiedades y conforme al precio de estos bienes antes de la guerra civil, y que se deduciría del capital todo lo que se hubiese pagado en dinero o en promesas escritas a título de usura, con cuya disposición desaparecería cerca de la cuarta parte de las deudas.
  • Disolvió todas las asociaciones, exceptuando aquellas que tenían origen en los primeros tiempos de Roma.

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  • Aumentó la penalidad en cuanto a los crímenes, y como los ricos los cometían sin perder nada de su caudal, decretó contra los parricidas la confiscación completa y contra los criminales la de la mitad de sus bienes.
  • Declaró nulo el matrimonio de un antiguo pretor que se había casado con una mujer al segundo día de separada de su marido, aunque no se la sospechara de adulterio.
  • Estableció impuestos sobre las mercancías extranjeras. Mandaba a los mercados guardias que secuestraran los artículos prohibidos y los llevaran a su casa, yendo algunas veces lictores y soldados a recoger en los comedores lo que había escapado a la vigilancia de los guardias.
  • Prohibió el uso de literas, de la púrpura y las perlas, exceptuando a ciertas personas, ciertas edades y en determinados días. Estas medidas derivaron de una ley contra el lujo.
  • Incrementó a cuatro el número de triunviros responsables de la fundición y acuñación de oro, plata y bronce, confiando la dirección de la ceca del templo de Juno Moneta, así como las rentas públicas a algunos de sus propios esclavos.
  • Creó una ceca privada con la que acuñó regularmente, de los años 48 a 44 a. C., el oro que obtuvo en la Guerra de las Galias y saqueando el erario público unos 15.000 lingotes.  Fijó el peso del aureus en 1/40 de la libra romana que representa aproximadamente el equivalente a ocho gramos Tuvieron gran éxito al ser similares en peso y ley a las estáteras macedonias.

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  • Fijó el áureo en veinticinco denarios, de modo que una libra de oro equivaliera a 1.000 denarios, tras el descenso del precio del oro a 750 denarios la libra, que había provocado el caudal de botín traído de las Galias.
  • Julio César fue el primer dirigente romano vivo cuyo rostro apareció en una moneda en circulación en el año 44 a. C., por autorización del Senado. Sin embargo, no hubo ninguna emisión substancial de bronce bajo su gobierno, por lo que continuó la escasez de numerario propia del siglo i a. C.
  • Aprobó una ley que prohibía que nadie acumulara más de 15.000 denarios, pretendiendo poner en circulación las monedas atesoradas. Esta ley, como puede suponerse, debió ser sin duda alguna tan ineficaz como inaplicable.
  • Respecto  a la natalidad ofreció compensaciones a todos aquellos que tuvieran un número elevado de hijos, aunque de todos modos el incremento de la natalidad se había producido desde la segunda mitad del siglo II a. C.
  • Para evitar problemas, fue el primer legislador romano que instaló a sus veteranos en colonias fuera de Italia.

CESÁR INTELECTUAL

La obra escrita que llega hasta nuestros días coloca a César entre los grandes maestros de la lengua latina. Sus trabajos conocidos incluyen:

  • De bello Gallico. Comentarios sobre las campañas de la Galia.
  • De bello civil. Comentarios sobre la guerra civil

No se puede asegurar que la autoría del llamado "Corpus Cesariano" o "Tria Bella", esto es la Guerra de Alejandría, la Guerra de África y la Guerra de Hispania, sea de César y entre sus traductores existe un consenso generalizado acerca de que no fueron escritas por él, aunque sí están posiblemente basadas en sus notas.

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Tanto la Guerra de las Galias como la Guerra Civil, son indiscutiblemente obra de César y están escritas en un latín de gran perfección sintáctica. Ambas son prueba de la erudición de su autor y fueron usadas, sobre todo, como propaganda ante el Senado y el pueblo de Roma.

En ellas hace importantísimas referencias a múltiples aspectos de la vida cotidiana en el ejército romano de la tardorrepública, de su organización, tácticas, técnicas y armamento.

Hizo descripciones etnográficas de los pueblos celtas y germanos incluyendo temas como la organización social y militar, la religión o la lengua que aún hoy en día son de obligado estudio para los expertos en las diferentes materias.

Describió lugares geográficos, como la Selva Hercinia, y describe en sus escritos importantes aspectos que permiten comprender mejor la política de la República romana de los últimos años del siglo I a. C. y a figuras como Pompeyo, Cicerón, Catón y otros.

Tenía curiosidad por muchos temas, desde la filosofía griega hasta la astronomía, pasando por temas sagrados o lingüísticos. Por referencias en otros autores clásicos, se sabe que César compuso un tratado de astronomía, otro de lingüística y otro más sobre augurios, pero se han perdido y no se conoce ni siquiera un párrafo de ellos.

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El lugar donde mataron a César

Se sabe por Suetonio que compuso un tratado en su defensa, llamado el Anticatón, dos libros sobre la Analogía y, al menos, un poema llamado El Camino. Escribió en su juventud las Alabanzas de Hércules, una tragedia con el título de Edipo y una Colección de frases selectas.

Parece ser que se conservaban sus oficios al Senado, sus cartas a Cicerón y su correspondencia privada. Sin embargo, Augusto prohibió a su bibliotecario que todos estos documentos fueran copiados o publicados, por lo que acabaron perdiéndose.

Se sabe que era un magnífico orador, pues tanto Plutarco como Suetonio lo mencionan, y parece ser que también Cicerón y Cornelio Nepote avalaban esta opinión. Se conoce que empleaba un latín de gran perfección.

La obra conocida de César no puede tomarse como la de un historiador moderno, pues su intención no era esa. Las obras que se conservan y cuya autoría no es discutida, eran un instrumento de propaganda y un informe de progresos para el Senado, no una obra como las de Tácito o Polibio, por lo que todas sus afirmaciones, en especial las políticas, deben ser analizadas desde un punto de vista crítico.

15El hecho de que la mayor parte de la obra literaria de César se haya perdido es un inconveniente que, no por habitual en la mayoría de los autores clásicos, deja de ser lamentable y que ha impedido una crítica razonada de César como autor, ya que los historiadores solamente pueden basarse en unos libros que, pese a ser de los más importantes en la Historia Occidental, no dejaban de ser más un instrumento de propaganda que un alarde de erudición.

Aun así, con todas sus limitaciones, en muchas ocasiones, sus escritos son el único testimonio antiguo que se posee sobre muchos aspectos de los pueblos, usos y costumbres de la época.

SU ASESINATO

No es posible saber con certeza qué condiciones fueron las que llevaron a un grupo de senadores a pensar en el asesinato de César. Los intentos de establecer un régimen autocrático tal vez tuvieron mucho que ver, pero no se puede descartar que hubiera otras motivaciones no tan nobles.

El solo hecho de que un número relativamente alto de senadores estuviera dispuesto a participar en el complot y a matar a César en el propio Senado da muestra del estado de cosas al que se había llegado.

Los últimos acontecimientos acaecidos y, en particular, el rumor de lo que se preparaba para el quince de marzo en el Senado, motivaron que lo que quedaba de la facción optimate y, entre ellos, Gayo Casio Longino, decidiesen pasar a la acción.

Gayo Casio Longino se dirigió a algunos hombres en los que creía poder confiar, y que a su juicio compartían su idea de dar muerte al dictador librando así a Roma del destino que él creía que le esperaba, un nuevo imperio cosmopolita, dirigido desde Alejandría.

Sin embargo, Gayo Casio Longino no era probablemente el hombre adecuado para ser la cabeza visible de este tipo de acción, y se acordó tantear a Marco Junio Bruto, considerado como el personaje indicado para este papel.

Se especula que, tras una serie de reuniones, ambos estaban de acuerdo en que la libertad de la República estaba en juego, pero no tenían los mismos puntos de vista de cómo actuar.

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El calendario juliano

Marco Junio Bruto no pensaba asistir al Senado el día quince, sino que abogaba por la protesta pasiva.  Gayo Casio Longino le replicó que como ambos eran pretores, podían obligarlos a asistir.

Entonces respondió Bruto: “En ese caso, mi deber será, no callarme, sino oponerme al proyecto de ley, y morir antes de ver expirar la libertad”.

Gayo Casio Longino rechazó de lleno esta solución, pues entendía que no era dándose muerte cómo se iba a salvar la República, y lo exhortó a la lucha, a pasar a la acción. Su elocuencia terminó por convencer a su interlocutor.

El nombre de Marco Junio Bruto atrajo varias adhesiones valiosas a la trama, como la de Décimo Junio Bruto Albino, que era familiar del dictador, en quien este tenía entera confianza.

El número de los conjurados parece haber sido de unos sesenta. Durante las reuniones preliminares se elaboró un plan de acción. Se decidió por unanimidad atentar contra César en pleno Senado.

De este modo, se esperaba que su muerte no pareciera una emboscada, sino un acto para la salvación de la patria, y que los senadores, testigos del asesinato, inmediatamente declararían su solidaridad.

Los planes de los conjurados no solamente preveían el asesinato de César, sino que además deseaban arrastrar su cadáver al río Tíber, adjudicar sus bienes al Estado y anular sus disposiciones.

Las motivaciones de los magnicidas eran muy heterogéneas, ya que los había movidos por un auténtico sentido de salvación de la República y a estos se les habían unido otras personas movidas por el rencor, la envidia, o por la idea de que si César acaparaba las magistraturas, a ellos no les tocaría nunca llegar al poder.

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También se debe señalar que muchos de los conspiradores eran ex pompeyanos reconocidos, a los que César había perdonado la vida y la hacienda, incluso confiando en ellos para la administración del Estado como son el caso de Casio y Bruto que fueron gobernadores provinciales, nombrados por César.

Los conspiradores continuaron con su agresión, mientras aquel yacía indefenso en las escaleras bajas del pórtico. César recibió veintitrés puñaladas, de las que, si creemos a Suetonio, solamente una, la segunda recibida en el tórax, fue la mortal.

Tras el asesinato, los conspiradores huyeron, dejando el cadáver de César a los pies de una estatua de Pompeyo, donde quedó expuesto por un tiempo. De allí, lo recogieron tres esclavos públicos que lo llevaron a su casa en una litera, de donde Marco Antonio lo recogió y lo mostró al pueblo, que quedó conmocionado por la visión del cadáver.

Poco después los soldados de la decimotercera legión, tan unida a César, trajeron antorchas para incinerar el cuerpo de su querido líder. Los habitantes de Roma, con gran tumulto, echaron a esa hoguera todo lo que tenían a mano para avivar más el fuego.

Marco Antonio, que había tenido noticias difusas de la posibilidad del complot a través de Servilio Casca, temiendo lo peor, corrió al Foro e intentó parar a César en las escaleras, antes de que entrara a la reunión del Senado.

El grupo de conspiradores interceptó a César justo al pasar al Teatro de Pompeyo, donde se reunía la curia romana, y lo condujo a una habitación anexa al pórtico este, donde le entregaron la petición.

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Cuando el dictador la comenzó a leer, Tulio Cimber, que se la había entregado, tiró de su túnica, provocando que César le espetara furiosamente.

“¿Qué clase de violencia es esta?” No debe olvidarse que César, al contar con la sacro santidad de la tribunicia potestas, y, por ser Pontifex Maximus, era jurídicamente intocable.

El mencionado Casca, sacando una daga, le asestó un corte en el cuello.  César se volvió rápidamente y, clavando su punzón de escritura en el brazo de su agresor, le dijo: “¿Qué haces, Casca, villano?”.

Era sacrilegio portar armas dentro de las reuniones del Senado.

Casca, asustado, gritó en griego

“¡Socorro, hermanos!”.

En respuesta a esa petición, todos se lanzaron sobre el dictador, incluido Marco Junio Bruto. César intentó salir del edificio para recabar ayuda, pero, cegado por la sangre, tropezó y cayó.

La leyenda cuenta que la esposa de César, Calpurnia después de haber soñado con un presagio terrible, advirtió a César de que tuviera cuidado, pero César ignoró su advertencia diciendo: “Sólo se debe temer al miedo”.

19Busto de Pompeyo, ilustre general y miembro, junto con César y Craso, del primer triunvirato.

Las consecuencias de la muerte de César son numerosas, y no se limitan a la guerra civil posterior. El nombre César se convirtió en común a todos los emperadores posteriores, debido a que Augusto, de nombre Cayo Octavio, al ser adoptado oficialmente por el dictador cambió su nombre por el de Cayo Julio César.

Dado que todos los emperadores posteriores a Augusto hasta Nerón fueron adoptados, César acabó siendo una especie de título más que un nombre, y así, desde Vespasiano en adelante los emperadores lo ostentaron como tal sin haber sido adoptados por la familia César.

En el lugar de la cremación de su cadáver se construyó un altar que serviría de epicentro para un templo a él dedicado, pues en el año 42 a. C. El Senado le deificó con el nombre de Divino Julio.

Después de la muerte de César, estalló una lucha por el poder entre su sobrino-nieto César Augusto, a quien en su testamento había nombrado heredero universal, y Marco Antonio, que culminaría con la caída de la República y el nacimiento de una especie de monarquía, que se ha dado en denominar Principado, con lo que el magnicidio fue inútil, ya que no impidieron el establecimiento de un sistema autocrático.


BIBLIOGRAFÍA

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Julio César, dictador, militar, político e intelectual (Parte II)