miércoles. 24.07.2024
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Tal y como lo entiende el neerlandés Chris Lorenz, la filosofía de la Historia necesita incluir los dos puntos de vista confrontados desde la década de los 70 del siglo pasado: el objetivismo, que considera el conocimiento histórico sólo desde la óptica epistémica del observador (distante); y el relativismo, que tiende a ver el conocimiento histórico únicamente desde la perspectiva del actor (involucrado). La filosofía de la Historia “necesita analizar el pasado histórico y el pasado práctico”.

El oficio del historiador, que siempre se enfoca hacia el conocimiento de un pasado real, cierto, tiene pretensiones de verdad. Y no sólo lo dice Lorenz, pero es a él al que voy a seguir en su profundización en lo que de verdad hay en la Historia a través de su propio concepto de realismo interno.

El objetivismo enmascara un “realismo ingenuo”, pero rechazar la objetividad de la Historia no es rechazar el realismo ni adscribirse al idealismo o al esteticismo. El realismo que por su parte Lorenz defiende es un tipo de realismo cuyo nombre ya fue usado por el pensador estadounidense Hilary Putnam, el realismo interno. Para él, para Lorenz, hoy en día existe el enfrentamiento claro entre los dos tipos de historiadores que ya expuse más arriba: de un lado, los objetivistas, centrados en la óptica distante como sabemos, que creen que la Historia se basa en pretensiones de verdad; de otro, los relativistas, atentos sólo a los actores de la Historia, involucrados en ella, para quienes “sólo hay ciencia cuando existe consenso sobre los hechos y sus relaciones explicativas”, y, dado que en la Historia no se da ese consenso, para ellos ésta es una mera “expresión de cultura” sin pretensión de verdad. Pero hay un tercer camino que supera a ambos, tanto al objetivismo como al relativismo, y ese camino es el realismo interno de Putnam. Voy con él.

El conocimiento histórico es una reconstrucción, no es una construcción, “descansa sobre ciertos presupuestos básicos: primero, que la realidad existe independientemente de nuestro conocimiento de ella; y segundo, que nuestros enunciados científicos —incluyendo nuestras teorías— refieren a esta realidad de existencia independiente”. El punto de partida del realismo interno “es la visión de que todo nuestro conocimiento de la realidad está mediado por el lenguaje”, es decir, “la realidad siempre es realidad dentro del marco de una cierta descripción”. Y “las descripciones expresan puntos de vista o perspectivas desde las cuales se observa la realidad”. Esas perspectivas “pertenecen al marco de descripción y no a la realidad misma”. Los historiadores construimos “una perspectiva basada en perspectivas”, de manera que “esto es lo que explica por qué la elección de una perspectiva en las ciencias sociohistóricas genera el problema de las ficciones militantes”. Lorenz concluye para explicarnos lo que es en definitiva ese tercer camino distinto del objetivismo y del relativismo:

“Damos así cuenta siempre de la realidad dentro de un marco específico de descripción: eso es el realismo interno”.

Y, así, no habrá jamás garantía de consenso en Historia, mientras distintos estados de cosas sean tenidos por hechos por distintos historiadores y que éstos continúen refiriéndose a distintos enunciados como verdaderos. Dicho esto, “los méritos de cada pretensión de verdad particular en Historia no son juzgados por la filosofía del Historia sino por los propios historiadores”. Tanto los hechos como los valores se suponen separados por un abismo infranqueable; las discusiones fácticas resultan decidibles por medios racionales mientras los debates relativos a juicios son presentados como esencialmente irracionales”. Pero, para el realismo interno, este abismo no existe, porque elimina “la tentación de disfrazar los juicios normativos como enunciados fácticos”.

Creo que es buena idea ir rematando mis artículos dedicados a la objetividad de los historiadores con las acertadas apreciaciones de que la historiadora española Cristina Gómez Cuesta hace al respecto:

"La función del historiador no es ofrecer doctrina, sino construir posibilidades interpretativas. No se trata de ser apolítico o neutro, sino que la orientación política no se anteponga a la disciplina profesional. Tenemos la tendencia a desvelar la ideología del adversario, pero no la que nos condiciona a nosotros mismos. Por eso, la primera tarea del historiador debe ser descubrir y descubrirnos las posiciones desde las que enunciamos nuestras construcciones del pasado, así como las consecuencias que se derivan de ello.El historiador debe ser imparcial pero no necesariamente neutral, puesto que como todo científico tiene derecho a interpretar".

Para finalizar con cuanto me interesa resaltar sobre este asunto de la objetividad, regreso un momento a la palabra compromiso, y lo hago de la mano de Antoine Prost, para quien el compromiso personal “permite ir al historiador más rápido y más lejos en la comprensión de su objeto, pero asimismo puede apagar su lucidez por la efervescencia de los afectos". De hecho, "la distancia que crea la Historia [no sólo respecto del paso del tiempo] es así también una distancia en relación a uno mismo y a sus propios problemas". "El historiador debe aclarar sus propias implicaciones", argumenta Prost, y yo añado que debe aclarar 'a los demás' y aclarárselas 'a sí mismo' de forma que recapacite sobre sus propios prejuicios para ejercer la crítica absoluta sobre su objeto de estudio.

La objetividad "no puede proceder de la perspectiva adoptada por el historiador, pues se halla necesariamente situado, es decir, es necesariamente subjetivo".

Estoy con Prost: no existe en la Historia la objetividad. "Más que de objetividad, mejor sería hablar de imparcialidad y de verdad", que son las metas que ha de conquistar el esfuerzo del historiador y "aparecen al término de su trabajo, no al inicio". Para Prost, para quien “la Historia dice la verdad pero sus verdades no son absolutas, son relativas y parciales”, la Historia jamás podrá alcanzar la objetividad, aunque la pretende y tiende hacia ella:

“Más que de objetividad, deberíamos hablar de distancia e imparcialidad”.

El historiador, al igual que un juez, no puede ser objetivo pero sí imparcial, evitando las perspectivas unilaterales. Esa imparcialidad es el resultado de una “actitud moral e intelectual”, nos advierte Prost, pues la necesaria apelación a la honestidad y al rigor del historiador, cuya pretensión es la de comprender, no la de “dar lecciones o moralizar”, es de orden tanto moral como intelectual.

Interrumpo brevemente las reflexiones de Prost porque acaba, acabamos él y yo, de tocar un asunto nuclear, me refiero a las opiniones sobre si la Historia es o no magistra vitae (‘maestra de la vida’, podríamos decir). Prost, acabamos de verlo, cree que no, pero otros, el historiador estadounidense de origen austriaco Ernst Breisach, por ejemplo, creen que sí. ¿Lo es? Dice Breisach: “A su manera, la Historia ha ofrecido esperanza defendiendo la posibilidad de extraer algunas lecciones del pasado, con gran preocupación y moderación”.

En la Historia, continúo ahora con lo que he aprendido al leer a Prost, “la verdad es aquello que está probado”. El historiador dispone para la administración de la prueba de muchos métodos, bien sean de investigación (para establecer los hechos, las secuencias, las causas y las responsabilidades, es decir, las pruebas factuales) o bien de sistematización (cuando el historiador “enuncia verdades que se refieren a una suma de realidades, tales que individuos, objetos, costumbres, representaciones…, o sea, las pruebas sistemáticas, normalmente validadas estadísticamente). Del rigor con que se usen esos métodos para la administración de la prueba depende el régimen de verdad de la Historia.

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