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lunes. 26.09.2022

Podría pensarse que uno lo recuerda de otro tamaño al tratarse de recuerdo infantiles. A mi me pasa con Barcelona. Pasé unos meses con sólo seis años y al volver de adolescente lograba reconocer los lugares, pero estaban a otra escala. Nada extraño, teniendo en cuenta que necesitaba una silla especial para poder utilizar la butaca del cine. Para mi Chamberí era mi entorno natural. Salías a la calle y, lejos de sentirte amenazado, te sentías protegido por vecinos y comerciantes. 

La gente alucina cuando cuento que al cruzar mi calle ordeñaban a las vacas en una lechería. Era como esa vaqueria que podemos ver en la película El cochecito de Marco Ferreri. Las tiendas de ultramarinos tenían muchas tentaciones. Los olores del chocolate y dulces varios. Meter la mano en las legumbres era un placer sin par, como nos recuerda la protagonista de Amelie. Hacer los recados era una fiesta y no parabas de saludar a gente conocida. 

Por supuesto los vecinos pasaban el tiempo conversando. Sacaban sillas a la calle y ahí transcurrían los atardeceres veraniegos, con las puertas de sus casas abiertas para que pudiera entrar el fresquito. No había frigoríficos, pero dando al patio los pisos contaban con fresqueras que conservaban los víveres en invierno. Por las calles desfilaban muchos artesanos, como el afilador de cuchillos, con su sonido característico, el repartidor de hielo y tantos otros. 

Las radios y los escasos electrodomésticos nunca se desechaban. De no arreglarlos quienes eran más mañosos, acababan en tiendas donde se reparaban todo tipo de cachivaches. La obsolescencia programada era una estupidez por descubrir. Te apañabas con lo que tenías. Los críos jugaban en la calle, a las chapas o a las canicas. No necesitabas grandes inversiones para pasártelo bien. Justo quedar con la chavalería del barrio. 

La obsolescencia programada era una estupidez por descubrir. Te apañabas con lo que tenías

Caminar era una gozada. Había muy poco tráfico y no se aparcaban coches en las calles adoquinadas. Un paraíso para los peatones. Quienes no se podían permitir una limonada en los muchos puestos que había por todas partes, podían echar un trago en una de las fuentes que hacían esquina y conservaban deis el agua por su revestimiento de piedra. Eran reliquias de una época en que las casas no contaban con agua corriente. 

Tampoco había calefacción, pero la cocina de leña o carbón bastaba para caldear viviendas no muy grandes, en las que todo el día estaba la radio encendida, porque la televisión tardaría en aparecer. Que los Reyes Magos te trajeran un tren eléctrico era un milagro y tenías que conformarte con echarle imaginación a ciertos artilugios más baratos, como las socorrida caja de zapatos o el obsequio que había dentro de los detergentes. 

Se pasaban estrecheces, pero la gente canturreaba y estaba de buen humor. Ir al cine suponía todo un lujo, aunque los cines de barrios y sus pases dobles permitían el acceso a casi todos. Obviamente faltaban muchas cosas y los asuntos debían tener una perspectiva distinta. Pero en la década de los 60 Madrid era paradisíaco para un crío. Podías deambular en solitario sin que nadie se preocupara por tu suerte. 

Los billares y futbolines congregaban a los más jóvenes. Allí pasaban buenos ratos, alejados de la bebida y otras tentaciones algo más funestas. Esos madriles con sus barrios muy diversos tenia sus rincones y albergaba muchos encantos. Ahora hay quien tiene a Madrid por una ciudad bastante hostil, por las distancias que deben salvarse para ir al trabajo, el hacinamiento del transporte público y los ruidos del tráfico intenso. ¿Qué dirían de haber conocido la Villa y corte hace más de medio siglo?

Tardaba un día en ir hasta Paris con el tren, pero el ambiente de las literas era muy simpático. Ibas al aeropuerto para ver aviones desde la terraza sin pasar por ningún control de seguridad. Viajar en tranco era francamente divertido. Para hacerse una idea de cómo era el metro, cabe visitar la estación de Chamberi. No deja de ser un viaje a través del tiempo. Es una lástima que los comercios de antaño hayan cerrado sus puertas. Aquellas papelerías, como Salazar la de Luchana o alpargaterías como Calzados Cantero en Olavide parecían inmortales. 

De cuando Madrid parecía chiquitín