sábado. 20.07.2024
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Más allá de la tristeza es una novela y, como tal, nos cuenta una historia de ficción en la que la trama y personajes responden a los de una sociedad occidental, desarrollada y contemporánea. La acción sucede en Valencia (España) y en Lima (Perú), entre 1950 y 2021. Una ficción que podría haber sido una realidad.

En España, el fenómeno de las adopciones internacionales irrumpe con fuerza en la década de 1990 hasta el punto de que en 2004, se convirtió en el segundo país del mundo que las llevaba a cabo. En el año 1992 China inició el programa de Apertura a la Adopción Internacional, el cual sirvió para descongestionar el alto número de menores que estaban a cargo de las instituciones. Es a partir del año 1995 cuando la demanda de adopciones de niños chinos en España se dispara. El gran aumento de solicitudes se debe a muchas causas, entre las que se encuentran, el cambio en la legislación que hacía más fáciles las adopciones, los cortos plazos de espera, requisitos fáciles de cumplir para las familias y la influencia de un documental emitido por la 2 de TVE, tremendo e impactante, sobre la situación de las niñas abandonadas por sus familias, consecuencia de la política del hijo único, en los orfanatos chinos. También se incrementaron las adopciones de niños originarios de Sudamérica y otros países. Parece que adoptar niños de razas distintas a la nuestra se puso de moda, una moda que, como todas, hace una década que ha empezado a declinar.

El perfil de las familias que optan por la adopción internacional se caracteriza por un matrimonio con buen nivel formativo y económico, no practicante de religión alguna, que defienden políticas de izquierdas y progresistas respecto a la institución familiar y, en su mayoría, que no han podido tener hijos propios. Así son la pareja formada por Bernardo y Alicia, personajes que asumen el papel de padre y madre adoptivos respectivamente en la novela. El anhelo de Alicia de ser madre por encima de todo y su fracaso para conseguirlo tras someterse a todo tipo de tratamiento médico hasta conocer el diagnóstico cierto de la infertilidad de Bernardo, provocará la decisión de adoptar un niño, en este caso Diego, un indígena de cinco años de la etnia asháninca, asentada en la Amazonía peruana, aprovechando ciertas facilidades que esquivan el largo procedimiento de adopción de un niño español.

La novela toma como objeto argumental la integración de Diego en la sociedad española, una sociedad que culturalmente le es ajena por completo y en la que, por sus rasgos físicos indígenas, siempre será el diferente. No es cómodo ni hace la vida más fácil ser el diferente, no podrá pasar desapercibido, y Diego encontrará sus primeros problemas en el colegio de alto nivel al que sus padres adoptivos lo matriculan. Son cuestiones que no se suelen pensar cuando se decide adoptar un niño de otra raza. Es normal envolver el tema en la solidaridad internacional, en el enorme favor que hacen al pequeño sacándolo de un orfelinato deprimente y otras razones que edulcoran el proceso cuando, como en el caso de Más allá de la tristeza, el motivo principal es completar la formación de una familia y superar así la frustración de unos padres ante la incapacidad de tener hijos propios. El favor se lo está haciendo el niño a ellos. Es otra forma de verlo que sugiere la novela.

Ser el diferente le hace a Diego objeto de acoso escolar, y este es el segundo tema sobre el que se asienta la novela. El acoso escolar es un mal que ha enraizado en nuestra sociedad y que provoca en las víctimas del mismo traumas difíciles de superar. El acosador necesita una víctima para exhibir su poder ante el resto de los compañeros y ¡qué fácil es escoger para ello al que “no es como nosotros”! Los niños son crueles y son cobardes. Ningún otro compañero acudirá en su ayuda porque, en el fondo, les viene muy bien que el acosado sea Diego, así se sienten seguros. Le condenan al aislamiento social, a la soledad en clase y en los recreos para no disgustar al acosador, a sufrir un estigma que lo señala como una rareza. Son conductas humanas que reflejan lo que ven en la sociedad. Pero, para quien lo sufre, es un calvario que puede incluso inducirle al suicidio. No a Diego, mi protagonista, que sufrirá otro tipo de consecuencias, un distanciamiento, retorcido y perverso inducido por el acosador respecto a Alicia, su madre, que le dejará una herida profunda en el alma.

Más allá de la tristeza es una novela realista y, por tanto, se inspira en la realidad. No pretende cambiar esta, la literatura carece de fuerza para ello, sino contar algo que, además de entretener al lector –no aburrir es lo único que un novelista no puede permitirse-, lo coloque ante un espejo, le induzca a que se haga preguntas, a que vea aspectos de nuestra sociedad que están ahí pero que ocultamos con sagacidad para no molestar las conciencias, a desmitificar ciertos relatos oficiales, sobre las adopciones internacionales por ejemplo, que nos hacen mejor de lo que merecemos. Con tacto, con cuidado, pero con claridad: importar un niño de otra raza no es una fiesta, supone asumir un compromiso y hacerse en parte responsable de su felicidad en este mundo, algo serio, y el proceso puede ser doloroso y difícil. También es verdad que el balance final suele ser positivo: Diego, adulto y con 30 años, con una carrera universitaria, un buen trabajo y una buena esposa, se pregunta, con cariño y agradecimiento, qué habría sido de su vida si Bernardo y Alicia no lo hubieran adoptado. Y las alternativas no son mejores.

Si he conseguido estimular su curiosidad, les invito a que lean la novela y la juzguen ustedes mismos.

La adopción internacional en la novela 'Más allá de la tristeza'