miércoles. 24.07.2024
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“No deberías haberte hecho viejo hasta haber sido sensato” (El Bufón al Rey Lear)
William Shakespeare


Hemos asistido esta semana a un episodio de vanidad que por la edad de su protagonista se ha calificado de patético. No pocos han tirado del tópico del necesario oficio de envejecer bien, como si los defectos humanos se fuesen modificando o apareciendo según pasan los años biológicos. Y en tanto que eso el orgullo desmedido, la vanidad, la maldad, la soberbia, la envidia, la deslealtad o la violencia fuesen a brotar en un momento dado por efectos de la humedad o la radiación solar. Como las setas cada año. O como si se tratase de periodos temporales el cambio en el comportamiento esencial y emocional de los individuos.

Así las cosas, un tipo estupendo y brillante en su juventud, dotado de las mejores cualidades, puede transmutarse en un tosco espejismo con el paso de los años. Y, con ello, las hermosas ideas que poseía pierden todo su valor. En el caso que nos ocupa, el errático comportamiento político de Ramón Tamames (que hace ya más de treinta años inició un giro ideológico de 180º sobre sus posiciones de izquierda) se convierte en el acta notarial de la obsolescencia de las ideas que mantuvo hace más de cincuenta años y no de las que hoy defiende con ardor.

Porque claro… “envejeció mal”. Pero no porque ya desde entonces los rasgos de su personalidad no condujesen a sus actuales trincheras. Está demostrado, sin embargo, que ciertos males intrínsecos del comportamiento humano no se originan por la evolución de la edad. Sino que solo se manifiestan más intensamente y se multiplican geométricamente con la ecuación del poder, la codicia o la ambición. No son adjetivos peyorativos. Son lo que son.

Los extremos suelen tocarse dicen. Pero mucho me temo que esa es una de las estrategias de la guerra ideológica en curso (dicen cultural) y en plena ofensiva de la derecha española. Y que la moción de censura ha consolidado como una etapa más. No se trataba pues de que pasase el jugador (por otro lado, imposible) de lo que se trataba es de que no pasase la pelota.

Y de nuevo, a través de una misión aparentemente inviable, la transición a la restauración democrática protagonizada por la izquierda queda lo suficientemente maltrecha y desdibujada por un discurso con aires de naftalina en relación con un pasado que nunca existió. Si la izquierda de 1975-1978 quedaba representaba por el relato y actitudes del candidato en la moción de censura, los adjetivos resultantes se precipitan en los medios como un torrente: ideas viejas, obsolescencia, decrepitud, inadecuación a la España del 2023 y así hasta el infinito. Hasta el Sr. Feijóo se permitió calificarla de esperpento desde Bruselas. Como puesta en escena, inmejorable.

El discurso de Tamames es una pieza actualizada del agit-prop de VOX en el parlamento

Sin embargo, pocos han reparado que el discurso reaccionario, ultraconservador, ademocrático a veces, populista y con episodios sorprendentes (lo de Isabel la Católica como símbolo feminista era difícil de verlo venir) elaborado y presentado por un catedrático solvente y persona de cultura, como es Ramón Tamames, no es una antigualla del pasado, sino una pieza actualizada del agit-prop de VOX en el parlamento, en las redes sociales que maneja, en parte de las instituciones fundamentales del estado, además de en la sociología de la España profunda, donde una parte relevante del electorado esta imbuida por la ideología reaccionaria y unos valores del neofranquismo que aún perduran. De manera que la moción tenía sus propios objetivos y tildarla apresuradamente de fracaso político, solo por su derrota parlamentaria, me parece de una simpleza extrema. Los fracasos en política solo se verifican en las urnas. Como las derrotas en las guerras. Y esta, aunque aparentemente incruenta, lo es.

¡Viva la Moción! Proclamó el candidato con voz firme rodeados de sus conmilitones de la derecha extrema. ¡Viva! Corearon con entusiasmo. Porque precisamente de eso se trataba. No de la Nación. Ni de la Democracia. Ni de la Constitución. Menos de España, que tanto suelen corear. Solo la Moción. Porque pretendían enterrar con ella la transición democrática protagonizada por la izquierda, haciendo de palista de lujo uno de sus protagonistas. Retorno al pasado. Teníamos razón.

Pero no está solo el candidato, la derecha tiene una nómina amplia de personas y personajes que se prestan cada día a estas exequias, sobre los cuales se sustenta la lluvia fina del revisionismo histórico. Se niega el entierro de huesos sin la caridad cristiana exigible (sin perjuicio de la ley), pero se exhuma cada día un sepulcro blanqueado de ideología trasnochada y polvorienta envuelta en una bandera de aparente sensatez. Además de la de España.

Y no es cuestión de edad. Porque los defectos y virtudes se poseen o no a origen. Los exégetas de una supuesta segunda transición que iba a acaecer en estos tiempos de desolación y anunciada desde el 2015 por los enterradores “Avant la lettre” de la de 1978, desde los desmontes de la izquierda, han debido de sepultar ya sus textos fundacionales, frutos de unas hogueras de mayo en la Puerta del Sol madrileña, extinguidas con soberbia, precipitación y nocturnidad. Enrique Tierno Galván nos lo dejó dicho: “Cuando la práctica de la revolución es una quimera, la teoría de la revolución es una estupidez”. ¿Era sensato antes que viejo el profesor?

Hay presupuestos políticos que se mantienen tan falsamente como la esperanza del Mesías

Hay por tanto presupuestos políticos que se mantienen tan falsamente como la esperanza del Mesías. Y son tan permanentes en el tiempo como las certeras palabras, hace miles de años, de Marco Aurelio: “Piensa constantemente que todo lo que ocurre ya ha sucedido en el pasado y volverá a suceder”. Desde la comprensión de esa perspectiva histórica y con una imprescindible fortaleza de ánimo está uno preparado para afrontar los cambios sociales y luchar por el progreso. Porque esta sí es la batalla que siempre permanecerá.

Es un axioma socialdemócrata que quien a los veinte años no es comunista es que no tiene corazón y quien lo sigue siendo a los cuarenta es que no tiene cabeza. Parece que lo expresó Willy Brandt y tenía un halo de justificación tal vez innecesario. Pero se utiliza mucho por los que llevan el carné de converso en la boca, no reparando, probablemente, que la definición de “cabeza” puede ser tan amplia que conduzca a otros hemisferios políticos mucho más escorados a la derecha. Y sucede en demasía como estamos comprobando.

En todo caso, no me queda vida biológica para contemplar los comportamientos de bastantes liderazgos actuales a treinta años vista (o tal vez menos a la velocidad que van ciertas cosas). Pero habrá nuevas gentes y generaciones que observarán la quema de no pocas vanidades en futuras hogueras. Y es bueno alcanzar primero la sensatez para irse haciendo viejo sin perder los orígenes, la dignidad y el respeto a uno mismo. Son formas de luchar y mantenerse jóvenes. Siempre.

Las vanidades en las hogueras