viernes. 19.07.2024

Pedro Sánchez se ha tomado unos días de reflexión para preguntarse si le merece la pena seguir en el cargo. Una vez más ha descolocado por completo al auditorio. Siempre logra sorprendernos, aunque luego se le critique implacablemente al margen de lo que haga. Incluso quienes pedían su cabeza están desconcertados. Ha pulverizado los mantras de sus detractores. ¿Alguien se los imagina en un trance semejante? El inquilino de La Moncloa podría tener otras prioridades, como la de vivir más tranquilo y disfrutar del reconocimiento internacional que se ha labrado pese a las invectivas de una ferozmente desleal oposición.

Cumplir con los compromisos adquiridos y atender a las responsabilidades contraídas tiene sus límites. Puedes intentar tomarte a broma los improperios que te dedican, por muy subidos de tono que sean. Llegas a obviar que apaleen públicamente tu efigie o que te insulten constantemente con chanzas dignas de unos párvulos consentidos. Pero que acorralen a tu familia por el hecho de serlo desborda las reglas más elementales e invita desde luego a replantearse muchas cosas. El dilema no puede ser más hamletiano

El actual presidente del gobierno da un serio toque de atención a ciertos desmanes que dan al traste con la democracia

La cuestión aquí es dimitir o continuar de un modo u otro. ¿Qué opción sería la más digna? ¿Sufrir los embates de una cruel e injusta fortuna, soportando sus lapidaciones públicas? ¿O poner punto final a ese torrente de calamidades dando un paso atrás? En cualquiera de los casos, el actual presidente del gobierno da un serio toque de atención a ciertos desmanes que dan al traste con la democraciaNo todo vale para desacreditar y abatir al adversario político. Las calumnias y los infundios envenenan el propio sistema democrático, dañando gravemente la convivencia. 

Quienes representan a la ciudadanía en las instituciones no pueden comportarse de cualquier manera, como si fueran gente sin escrúpulos incapaces de atender al interés general. Su misión es la de solucionar los problemas económico-sociales, buscando la complicidad puntual efntre quienes tengan otros puntos de vista para unir esfuerzos y buscar alternativas. Ganar elecciones y acceder al poder no son fines en sí mismos. Únicamente son medios para poner en práctica unas ideas tras contrastarlas con argumentos que puedan mejorarlas o matizarlas.

Las fuerzas parlamentarias tienen que investir a otra persona para presidir el gobierno. Da igual quien sea. Debe contar con los apoyos necesarios

Es muy probable que Sánchez deje de ocupar La Moncloa. No sería un acto de cobardía. Más bien una lección de moral política, por parte de alguien que ha demostrado mucho coraje para enfrentarse a situaciones endiabladamente complicadas y ha resistido a pie firme todas las ofensas imaginables. Pactar con quienes no tienen medida es una tarea imposible. Las urnas ya hablaron y la geometría parlamentaria precisa de renuncias corresponsables. Una moción de confianza también dejaría las cosas como están. 

Han personalizado tanto las diatribas que ahora se disuelven como por ensalmo al desaparecer del escenario el chivo expiatorio por antonomasia. Las fuerzas parlamentarias tienen que investir a otra persona para presidir el gobierno. Da igual quien sea. Debe contar con los apoyos necesarios y convendría que también se le permitiera gobernar sin estorbos gratuitos. La situación internacional es muy compleja como para no tomar en serio los desafíos que nos atenazan y seguir jugando al corro de la patata como si fuéramos críos en una guardería.

El monólogo hamletiano de Pedro Sánchez y sus consecuencias políticas