domingo. 21.04.2024
ramon_tamames

Vivimos cada vez más. Demasiado. “De más”. Nos excedemos. Sobrepasamos lo razonable. Todo se mide, se pesa y se cuenta. Y ello alimenta nuestra propia estupidez centrada, a nuestro pesar, en la cantidad y no en la calidad.

Y así con el paso del tiempo vemos cómo nuestros cuerpos se ajamonan o amojaman. Las mismas letras con distinta disposición. Para referirse a la carne o al pescado. En cualquier caso, nuestro cuerpo se reseca dentro de su estuche de pellejo, dejando surcos y arrugas, que nunca son bellos. Nuestro esqueleto se retuerce como si estuviera hecho de raíces de olivo y el dolor y la falta de movilidad nos someten. Nuestro cerebro se licúa y se reduce bailando a sus anchas en su caja cadavérica.

Pero eso no es nada comparado con los efectos sobre nuestro intelecto. Ese exceso de vida, esa supuesta benéfica longevidad acaba con nuestra identidad tan costosamente construida a lo largo de toda la vida. De probar y errar y, hasta en ocasiones, caer para finalmente sentirnos livianamente seguros y seguir avanzando. Desde el gateo del bebé al apoyo en la garrota o el andador del anciano. Pero siempre con la dignidad de quién se siente observado por sus hijos y nietos. De quien se siente depositario de unos valores y una cultura que no se pueden perder y que  deben transmitirse para poder perpetuarse. El santo y seña de la humanidad. La puerta que abre el futuro a los nuestros.

Triste es por eso ver a nuestros mayores, y a nosotros mismos, verles/vernos convertidos en lo que nunca fueron/fuimos. Destruirse/destruirnos en su/nuestra identidad y dignidad. Reducidos, ellos y nosotros, que hubimos de luchar a brazo partido con y contra la realidad y por la libertad, a seres silentes o “tontos de baba” en el peor de los casos. Dejando una última imagen de lo que nunca fueron/fuimos. Borrando su/nuestra capacidad y voluntad. Sustituidas por baberos y pañales. La vejez no deja de ser otra cosa que la lucha por preservar, frente a las fuerzas de la naturaleza y de la civilización, el máximo posible de dignidad.

Pero todo esto no tiene nada que ver con Ud, Don Ramón. Nunca supo ser crítico consigo mismo y en consecuencia nunca supo cuándo acertaba y cuándo se equivocaba. Y por eso no pudo perseverar en el acierto e insistió tozudamente en precipitarse al vacío. Tiene su nombre en el argot: “ego de catedrático”. Dudo que en algún momento haya creído en algo o en alguien. Que haya valorado su propia dignidad. Sabido distinguir entre ideas e intereses.

Hace tiempo que le perdimos el respeto porque Ud. se lo perdió a sí mismo. Su camino ha sido el inverso. Sin embargo y paradójicamente, y no me refiero a su viaje ideológico, ha sido netamente marxista. De Don Groucho. Partiendo de la nada como tránsfuga en 1989 por una sucia Tenencia de Alcaldía, ha conseguido alcanzar las más altas cotas de la miseria en 2023 como marioneta del fascismo. ¡Toma Moreno!. Aparentar haber resucitado para volver a morir. Si ello fuera posible. Para esparcir todavía más indignidad. Un derroche.

Don Ramón