lunes 10/8/20

Transición en pandemia. (De lo biopolítico a lo psicopolítico)

Transición en pandemia. (De lo biopolítico a lo psicopolítico)

En esta crisis sanitaria, en que la respuesta europea está siendo mejor que en la crisis económica de 2008, los países de la Europa del Norte, o mejor dicho, “los cuatro frugales” reticentes, amenazan de nuevo con vetar las ayudas a la Europa del Sur, mientras la derecha española se alinea (también de nuevo) con esas posiciones tan contradictorias con sus banderas patrióticas. El Norte y la derecha enfrentan el riesgo de dejarnos solos en la recuperación. Hace tiempo que esa zona de Europa, que fue modelo a seguir en nuestra transición a las libertades democráticas, dejó de estar de tal manera en nuestro subconsciente colectivo; ese comportamiento insolidario es una constante, casi desde el principio mismo de la UE.

Esto, además de ser una cuestión política ꟷde gestión de lo públicoꟷ es una cuestión de solidaridad ꟷde apoyo en situaciones comprometidas. Pues ¿qué diría Olof Palme si fuese testigo de esa falta de respaldo de los suyos? Un país y una sociedad sustentados en la doble moral que retrató Stieg Larsson en Millenium, que no guarda parecido con aquellos tiempos solidarios en los que el líder socialdemócrata recorría las calles en busca de apoyos contra la dictadura de Franco.

Solidaridad es lo que hace falta ahora que la pandemia se extiende exponencialmente por los países pobres del hemisferio sur y por los barrios pobres de los países industrializados.

Los datos de las noticias más recientes confirman que la Covid-19 se ceba en países como Bolivia o Brasil. Mientras en los países ricos damos pasos hacia la actividad, incluso manteniendo las medidas de distanciamiento físico, en muchos otros pueblos del mundo, en campos de refugiados, en  zonas de guerra o de pobreza, los sistemas de salud son totalmente incapaces de detener los contagios. Algo similar a los efectos de la pandemia en los EEUU, en plenas revueltas contra el racismo, en donde un porcentaje muy elevado de los muertos pertenecen a la población negra. Sin embargo, no podemos olvidar que mientras en USA disponen de 160.000 respiradores, en Sierra Leona tienen 13 (The New York Times).

En la escena internacional debemos añadir que hay una gran tensión geopolítica entre USA y China, pero también en la frontera de China con India y de USA con México. Además, justo cuando afrontamos una gran crisis sanitaria mundial, y en el momento en que es más necesaria una verdadera comunidad internacional con una efectiva gobernanza global, y con el coronavirus atacando duramente al Sur más pobre, Trump rompe su relación con la OMS, una organización fundamental para ayudar a los países con menos recursos para resistir la pandemia.

Vivimos tiempos en los que sucede todo eso a nuestro alrededor. Aunque no peinemos las canas suficientes como para haber vivido la gripe del 19, sÍ que las tendríamos como para encontrar desde los comienzos de la transición una situación tan crítica como la que estamos viviendo, y es difícil de imaginar.

El virus, mientras, va dejando huella y está transformando las relaciones sociales, el mundo del trabajo, acelerando la desmesura telemática y modificando la geopolítica.

Cuando el virus llegó de Wuhan y se declaró la pandemia nos encontrábamos en un tiempo de transición, de grandes cambios. Ya estábamos metidos de lleno en una época de tribulación, que la pandemia ha acelerado. La crisis sanitaria mundial se ha intercalado con otras previas, entre las cuales la climática era la más importante.

Las relaciones sociales ya eran digitales y el pequeño comercio de los barrios ya tenía grandes dificultades para sobrevivir; Google y Amazon ya colonizaban el paisaje desde hacía tiempo. Lo mismo que el populismo ultra y el proteccionismo; Trump, Bolsonaro y Putin ya estaban entre nosotros desde hacía un tiempo. Estábamos en tránsito, entre lo biopolítico y lo psicopolítico, en el cambio en la percepción de la enfermedad y el culto al cuerpo, como exposición voluntaria. Y, por supuesto, ya hacía tiempo que la medicina de palabras había perdido protagonismo a favor de la medicina de máquinas; y de esta a lo digital, en marcha hacia la robotización. El gran avance de la inteligencia artificial estaba generando también una gran preocupación, y no solo en el ámbito laboral por la creciente incorporación de la digitalización y los robots de producción.

Pero cuando llegó la pandemia tuvimos que volver a lo biopolítico, y de vuelta a nuestro pasado analógico, porque resulta que no encontramos tratamiento más efectivo que el confinamiento tras la efímera contención, y el agua y el jabón para lavarnos las manos.

Y así fuimos de vuelta al pasado (pero sin retornar a las bestias); y volvimos a la sensación de fragilidad cuando creíamos que la tecnología nos daba superpoderes; y tuvimos que gestionar el miedo como pudimos. La tecnología nos ayudó, eso sí, para relacionarnos, y gracias a ella la distancia que tuvimos que mantener con los demás fue más física que social.

Nos armamos de un discurso de guerra, nos protegimos con una medicina de guerra, y declaramos al virus como enemigo. Por supuesto, debido a los recortes de los últimos años tuvimos que reorganizar los hospitales también como un frente de batalla. Así fue como experimentamos, con una sensación social y mediática, la total dependencia del paciente en la UCI, la vuelta a las máquinas, la falta de respiradores, las residencias como nuevos lazaretos, las imágenes de los servicios de urgencias con los enfermos en los pasillos. Y los profesionales caídos.

Esos días vimos que la educación y la investigación no se consideraban actividades esenciales: fueron lo primero en cerrarse y lo último en abrirse.

Pero, mientras, en la retaguardia y en el estado mayor continuaba la psicopolítica. En los medios y las redes se imponía la infodemia. Y el teletrabajo, la telemedicina, todas las actividades telemáticas, las clases a distancia y las consultas telefónicas que se quieren perpetuar, y ¿cómo no? La vieja y la nueva normalidad: El Control de los datos ꟷo el capitalismo de vigilancia, como lo ha denominado la profesora de Harvard Shoshana Zuboff.

Del panóptico biopolítico de Foucault a la vigilancia voluntaria y psicopolítica de Byung-Chul Han. Y… las relaciones a distancia, el test de contagios como fetiche, los jóvenes como nuevos bárbaros, el rastreo.

¿Hacia dónde vamos ahora? Una lección que aprendimos de la ciencia y de la historia es que el futuro es impredecible. Sin que nos guste especialmente conjeturar ni profetizar, entre las alternativas plausibles es previsible más globalización digital combinada con una cierta desglobalización industrial. Como ha dicho Moisés Naím, los gobiernos pueden obstaculizar algunas de las manifestaciones de la globalización y estimular otras. Lo que es difícil es detener por completo sus múltiples formas. Pero sería bueno que fuésemos capaces de reforzar la capacidad de alerta de nuevos virus y la gobernanza de los organismos internacionales. El ser analógico seguirá buscando acomodo en el universo digital, no hay duda, pero si algo hemos aprendido ha sido la diferencia de pasar el confinamiento en un medio urbano o en un medio rural. Por eso sería importante reconsiderar la hiper-movilidad y la concentración urbana, pensando en unas nuevas relaciones humanas.


Gaspar Llamazares Trigo (médico y analista político) y Miguel Souto Bayarri (médico y profesor de Radiología de la Universidad de Santiago de Compostela).

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