#TEMP
miércoles 25/5/22
pablo casado declaraciones
 

Tenía yo ganas de utilizar este neologismo. Y, sin saber todavía cuánto tardará la COVID en pasar a la categoría de jaqueca, he decidido usarlo para proponer la normalización de la bronca política.

El poder es esa cualidad que tienen los humanos y, desde hace relativamente poco, también las humanas, de imponer sus criterios a otros congéneres para hacer que les obedezcan. Dicho así, debe haber pocas cosas más interesantes de poseer, una vez satisfechas las necesidades vitales. Y, a veces, por encima de estas. Hay algún sustitutivo, como la influencia, pero no es lo mismo. Para influir hace falta más inteligencia o, al menos, más sutileza y no se obtienen los mismos efectos que mandando. Así pues, el poder se valora mucho.

El problema es que no todo el mundo puede disfrutar de esa cualidad, ni muchísimo menos. De hecho, el poder es cosa de minorías y, eso, provoca un conflicto entre los que lo tienen y, algunos de los que no lo tienen, precisamente los que lo quieren tener. El conflicto, pues, es tan antiguo como el poder, aunque antes se llamaba de otras maneras y podía acabar en el cadalso o en el paredón, pero ahora, con la democracia, el conflicto parece tener su límite en la bronca política.

Consiste, eso de la bronca política, en negar todo, pero todo, lo que dice el contrario, acusarle de falta de patriotismo y culpabilizarle de todo lo malo que exista, incluidas pandemias y caídas de meteoritos. En definitiva, no dejar títere con cabeza si lleva en la solapa un emblema del contrincante. Eso, en cuanto al fondo, pero la bronca no llega a ser tal si no va acompañada de la forma adecuada, es decir con palabras del suficiente grosor que resalten en un titular de prensa y resuenen en una emisora de radio. Para la televisión hace falta también gesticular convenientemente y mostrar algún adminículo que enriquezca la imagen, desde una pancarta a una fotocopiadora.

Como ven, los medios de comunicación son importantes a la hora de que haya bronca política. No voy, obviamente, a responsabilizarles de eso, bueno, ni de nada, faltaría más, pero son necesarios para que sepamos que hay bronca. ¿Habría bronca sin medios? Alguien se podría preguntar también si habría medios sin bronca aunque no me parece necesario dudar de cosas tan evidentes, a pesar de lo que podría pensar Dürrenmatt sobre lo obvio.    

Pero ese estado de cosas parece que tiende a normalizarse. Lo que no fue normal, y de hecho llegó a estudiarse en las facultades de ciencia política de todo el mundo, fue lo de nuestra transición. Una época en la que convivían en el parlamento desde comunistas hasta franquistas no solo sin insultarse si no poniéndose de acuerdo en redactar una constitución, es algo que las nuevas generaciones no se pueden creer.

Ahora, la práctica parlamentaria está en la descalificación, el insulto y el abucheo

Porque ahora, lo que conocen es la descalificación, el insulto y el abucheo como prácticas parlamentarias y, desde luego, no utilizar el consenso más que para celebrar un campeonato mundial de futbol y, eso es, históricamente, más raro que hacer una constitución.

Aunque la suerte que tenemos es que esa bronca no traspasa las bambalinas del escenario político. Primero, y quizás, por el prestigio de nuestra clase política, manifiestamente mejorable y segundo porque creo que somos inmensa mayoría en el país los que aceptamos leer todos los días eso de la bronca pero no estamos dispuestos a reproducirla en las calles. Repito lo de la inmensa mayoría, lo que no excluye la existencia de exaltados que, haberlos, haylos.

También ayuda mucho el saber, según dicen voces autorizadas, que cuando algunos opositores se encuentran en el ascensor de las oficinas del Congreso, no se insultan, si no que hablan del tiempo, como todo el mundo. Incluso, si se conocen más por haber coincidido alguna vez en el mismo partido, se preguntan por la familia o la salud. Es una forma de saber que la guerra que aparentan puede que sea más ritual y formal, como las guerras primitivas descritas por Sun Tzu, que la de eliminación del adversario, teorizada por Von Clausewitz.

En definitiva, y desde mi optimismo, creo que la bronca no llegará a la calle porque ya está vacunada, como digo, la mayor parte de la población española y, si nuestros políticos la necesitan para satisfacer a sus seguidores más apasionados, pues que sigan con ello. Los demás lo podemos superar con reposo, algo calentito y, en caso necesario, con un poco de paracetamol.

Como una gripe.

Gripalizar la bronca política