sábado 14.12.2019

Factoría de currantes, S.A.: el nuevo sistema educativo español.

Factoría de currantes, S.A.: el nuevo sistema educativo español.

La revolución educativa está en marcha, solo que esta vez no la informa un deseo de mejora ni humana ni social. Se esconde tras la conocida como Evaluación por competencias y busca formar la mano de obra del futuro: eficiente, adaptable, automotivante y, por supuesto, marcadamente acrítica.

Partiendo de la irrelevancia y caminando a cotas más bajas

Hablemos de legislación. De cómo se vincula la norma escrita con la vocación de progreso de un estado, y preguntemos en consecuencia a quién debe cuidar la legislación en materia educativa. Como soy persona directamente implicada y lo que se diga al respecto me afecta por partida doble -en tanto que ciudadano, y en tanto que ejecutor de las normas- hace tiempo que observo con atención la acción política en materia de educación y, no lo voy a negar, lo que he ido contabilizando han sido dudas en número creciente. Lo primero que pregunto es: si una ley es siempre una respuesta, ¿se ha molestado alguien, alguna vez, en definir el papel de nuestro sistema educativo? Y si lo ha hecho, ¿quién fue, sobre qué base ideológica? Pero respondan seriamente ¿se ha definido alguna vez? ¿A quién sirve, tal y como está desarrollado, el sistema educativo actual? ¿Qué pretende lograr un estado de sus alumnos-ciudadanos en los años que viven dentro de un aula? ¿Cuánto esfuerzo -y no solo económico- es el que merece ese recurso dentro del marco de la administración? Y también: ¿Qué perfil se debe requerir a sus actores? ¿Cuál deberá ser su prestigio en esa sociedad? De momento, y a lo que se ve, la única respuesta que periódicamente buscan los que gobiernan es la que sigue a la pregunta: ¿cómo hacer que nuestra educación parezca moderna y, además, tenga contentos a TODOS los actores que de un modo u otro aparezcan por allí?

Si es moderno y tiene botones, gustará a todo el mundo

En este contexto, cuando nadie al parecer tiene intención de arrostrar una ley de educación a la altura de los tiempos, ha ido emergiendo contra pronóstico la evaluación por competencias. Se trata de un modo de evaluar los aprendizajes que concita todas las simpatías y que se implanta alegremente en todas partes, no importa cuál sea la orientación política del gobierno de turno. Observen bien el fenómeno: no se logra consenso para ley educativa alguna que dé respuestas a las preguntas planteadas, pero sí existe un modo de evaluar -y de condicionar la educación, como veremos- que parece poner a todos a partir un piñón. Y la evaluación por competencias se ofrece como remedio, aunque no exactamente a lo que usted entiende por una educación democrática.

Seguro que ha oído hablar del nuevo/no tan nuevo modelo de evaluación, y hasta pudiera ser que en un primer pronto le haya parecido rompedor. El márketing le acompaña, se vende bien, es guay, mucho más que la escuela tal como se ha conocido hasta ahora. Pues bien, le voy a proponer alguna información adicional sobre el asunto que nos permita entender qué se está haciendo en un centro educativo como el que hay en su barrio.

Antes de usar, léase el prospecto:

En Catalunya existe una fundación llamada Escola Nova 21. Todo en ella está pensado para molar. La web mola, sus objetivos expresos molan, sus vídeos molan. Si un día se crea un virus capaz de una pandemia total tendrá que ser un virus con un ADN mutado para molar y conquistar células. En términos sociales, el virus irresistible es la apariencia de modernidad, y está suficientemente acreditado que no falla, en ninguna parte. Causa tanto furor que desde hace tiempo es aliado prioritario de la acción política.

Escola Nova 21, cuya matriz es la Fundació Jaume Bofill (con ustedes, desde 1969; dedicada en exclusiva a la educación desde 2009), con el apoyo de la Unesco y muy especialmente de una empresa dedicada al bien común conocida como La Caixa, manifiesta tener la clave para modernizar la educación y para que cada niño “pueda gozar de experiencias de aprendizaje empoderadoras”. Resulta tan irresistible su flow que, desde diciembre pasado, la Generalitat trata de incorporar sus prácticas a toda la red de centros educativos de Catalunya, a veces incluso con nombramientos a dedo de individuos aliados a la red. En la pública. Y todo -dicen- para poner a la altura de los tiempos el sistema educativo. Y todo -añado- sin tener que subir un céntimo de la decrépita aportación de Catalunya a su sistema, uno de los peor sostenidos de España y de buena parte de Europa.
 
Pero ocurre que la apariencia de modernidad causa furor en Catalunya y, al parecer, en todas partes donde el neoliberalismo carezca de contrapeso. En todas partes, o sea. Y ocurre que la evaluación por competencias es una de sus propuestas estrella. Para explicarla e imponerla como alternativa única -o esto, o eres un paleto de la escuela magistral-, previamente se pertrecha de toda una biblioteca de manuales y artículos infectados de jerga seductora: allí se habla de las TICS, de los aprendizajes entendidos como un “saber hacer”, de la adaptación a los retos de la nueva sociedad hipercomunicada y progresivamente invadida por la robotización de los procesos. El modelo siempre echa mano de una nube de contenidos epatantes, pero -oh, sorpresa- sonoramente vacíos. Se vende modernidad sin plantear siquiera la imperiosa necesidad de mayor inversión. De eso no se trata. La modernidad es un efecto barato de la brillante inventiva de agentes como Escola Nova 21, que por no ser ni siquiera son instituciones públicas. Ni transparentes. Sobra decir que si usted no es creyente, si sigue mostrando dudas frente a la ola innovadora, usted es un triste retrógrado, porque ya es sabido que todo lo que se quiere, se puede. Tal vez el último escollo que deba sortear esta ola sean los funcionarios -días atrás el conseller catalán Bargalló los ponía a los pies de los perros- pero vamos camino de acabar con esa especie. Unos años de recortes más, y finiquitamos el concepto funcionariado. Porque se  puede ser hiperinnovador por el mismo precio de siempre. Incluso menos. Solo es cuestión de actitud.

Algunos datos del caso concreto: en la Catalunya de 2013 se dedicaba el 2,8% del PIB a la enseñanza, alcanzando los índices más bajos de toda Europa y de todo el ámbito OCDE, al nivel de Perú, Laos y Liberia. En 2016 -son datos del INE- la inversión en formación no universitaria bajó al 2,17% de su riqueza generada, en contraste con el conjunto de comunidades, que rondaron el 3,07% de media en relación con su PIB. Y eso que la Ley de Educación de Catalunya (de 2009) establecía un maravilloso objetivo del 6% del PIB para 2017. Ya saben que ese año pasó de largo y, a lo que se ve, también las ganas de alcanzar objetivos educativos, porque en Catalunya los objetivos siempre son otros. Da lo mismo si no hay para comer: mientras fluye la polémica por otros derroteros, en Catalunya nadie se atreve a fiscalizar al Govern. La innovación sospechosa, mientras tanto, continúa extendiéndose, y con índices de aparente buena salud.

Gracias por su participación, pero nunca más.

Aspecto básico en todo el movimiento innovador que auspicia la LOMCE y que se consagra con la llegada de la evaluación por competencias, es el que atañe a la figura del/ la docente. Si hay que innovar, empecemos por el look de los actores. Para empezar, se reformula la propia condición del docente, y de qué manera. En el futuro inmediato cada docente es un orientador, un estimulador, un monitor de tiempo libre, un consejero. Se acaba para siempre con la figura del/la experto/a depositario de un saber porque ahora va a ejercer de mero/a acompañante: los alumnos aprenderán solos, no necesitarán más que estímulos y una cierta supervisión, todo lo demás vendrá hecho. Quién no querrá crecer como un self made man, si después de todo los saberes importantes son siempre prácticos. De Platón en adelante todo es superfluo, basta con corroborar que carece de aplicación práctica cotidiana y, en fin, la especia humana no ha alcanzado la mayoría de edad hasta llegada la era de la informática. Qué más necesidad de remolonear en contenidos obsoletos. Los docentes son parte de un equipo, nunca más seres pensantes por libre, y así es como se constituyen en gestores de la nueva metodología didáctica. La LOMCE la define con concisión: es un “conjunto de estrategias, procedimientos y acciones organizadas y planificadas por el profesorado para posibilitar el aprendizaje del alumnado, de manera consciente y reflexiva, con la finalidad de lograr los objetivos planteados”. Si algo le queda al docente es organizar y planificar, según la exacta definición de la ley, puesto que todo se aventura en adelante como un saber práctico (“lograr los objetivos planteados”).

Queda reservada una segunda vida laboral para los docentes, más importante si cabe a juzgar por la cantidad de horas que se le adjudica en segundo plano: la burocrática. En tanto que “propietarios de un proceso” las y los docentes deben dedicar tiempo infinito a la satisfacción, mediante informes, llamadas telefónicas, formularios, etc. de los intereses de innúmeros fiscalizadores -denominados “clientes”-: la inspección, las familias con derecho a condicionar el aula, la consejería de turno requiriendo datos estadísticos en flujo continuo. Como Matrix. Echado a perder todo su prestigio social, a los docentes les queda cualquier papel menos el de depositarios de un saber de calidad digno de ser comunicado.

Hay una vieja en la puerta, y tiene una manzana

En cualquier debate en torno a leyes o reformas innovadoras la tensión la absorbe casi en exclusiva el cómo: la manera en que se aplicará la norma, el modo en que logrará o no desarrollar su espíritu. En este caso, sin embargo, me parece emocionante poner el foco en el instigador, el o los gurús que en el lapso en que el mundo paró a orinar vislumbraron una idea imbuida de futurismo. En el caso que nos ocupa, los visionarios han tratado de ser discretos, aunque no demasiado: son todos ellos organizaciones a prueba de discusión, respetables y transnacionales. De entre ellas solo una tiene algo que ver con la educación -la UNESCO-, y el resto son de cariz economicista y de ideología fuertemente marcada por el neoliberalismo. Como lo oyen: evangelizan sobre métodos educativos, pero son organizaciones dedicadas a la economía, ya pueden imaginar el interés que profesan por la poética de las cosas. Esas organizaciones son: la Unión Europea, la OCDE, el FMI, el Banco Mundial. Se organizan durante los 90 y columbran un futuro lleno de posibilidades si las cosas se hacen bien. Y hacerlas bien quiere decir preparar la mano de obra futura a la medida de la economía que está por llegar. Por esa época toma cuerpo un documento: el Informe ATC2S (“Evaluación y Enseñanza de las habilidades del S. XXI”), un interesante texto que será posteriormente base del informe “Habilidades y competencias para el S. XXI”, a cargo de la OCDE, esa Organización No Altruista que tutela el progreso mundial a través del informe PISA. Pero no vayamos tan ligeros, nos hemos quedado sin decir quién estuvo detrás del ATC2S, el informe que puso en pie la primera formulación del sistema actual. Y aquí tienen sus identidades: Cisco Systems, Microsoft e Intel, las grandes tecnológicas del momento. Que ofrecieran al mundo -quiero decir, a la clase trabajadora- su innovador formulación de la enseñanza tiene todo el sentido. Que buena parte del pensamiento y la política progresistas haya asumido su discurso, a veces incluso de una manera militante, es algo que debe preocuparnos. Estéticamente, la imagen de grandes empresas ofreciendo algo maravilloso a la Humanidad tiene mucho en común con la de esa vieja que aparece en la puerta y ofrece con su vocecita minada una tentadora y jugosa manzana.

Ultratecnológico, barato, entrega inmediata: pero, ¿lo necesito en mi vida?

Nos quedaría, entonces, ahondar en el asunto de las intenciones, los objetivos últimos de tanto cabildeo empresarial en el terreno de la educación. Porque, ¿es la evaluación por competencias simplemente una forma sofisticada de poner notas a los alumnos, o se trata de otra secuela de este zeitgeist que nos ha tocado en suerte? ¿Se resisten a ella los y las docentes por mera pereza -como opinan tantos políticos y medios- frente al salto innovador que representan? Pero ¿es innovador ese salto? Y si lo es ¿se trata de un salto adelante? ¿Hacia delante con respecto a qué, para quién, según qué parámetros? ¿Va a mejorar la vida de la clase trabajadora y, en consecuencia, será un nuevo escalafón hacia una sociedad más justa? Y lo mejor: ¿cuánto de la mejor tradición intelectual de occidente se a quedar en el camino, y a qué coste?

Carlos Fernández Liria, en el muy recomendable Escuela o barbarie, se lanza a hacer un aserto que bien puede ser la base de todas las demás respuestas. Allí explica que esta nueva forma de entender el hecho educativo surge de una necesidad imperiosa, la del  “paso de las sociedades disciplinarias a las de control o de adecuación a las sociedades líquidas o del riesgo”. El tema se trata por extenso en el libro -en el que colaboran Olga García y Enrique Galindo- con un torrente de citas que sostienen la argumentación de manera brillante. Allí viene a decir que una educación que asegure la uniformidad y atempere los excesos del espíritu crítico es una educación deseable para cualquier gobierno. Es lo que se ajusta a la tesitura histórica en la que nos encontramos. Por supuesto, es mucho más rentable que aquella otra de aliento humanista en la que se buscaba la emancipación del individuo. Porque hay que superar la edad de la Razón, todas esas declaraciones que han sido hasta hoy la savia de las sociedades democráticas. Iván de la Nuez, en El comunista manifiesto, llega a planteamientos similares desde una perspectiva muy distinta, cuando trata de leer el mapa que deja el mundo tras la caída del comunismo. Y lo que apunta allí es que los tics totalitarios que asociábamos a los regímenes comunistas ahora se asumen sin rubor en todo occidente al no existir contrapeso al capitalismo. Lo que a finales de los 90 se leyó como el nacimiento de un nuevo mundo más ancho y más libre en realidad ha favorecido una versión extrema y suicida del capitalismo de siempre. Es lo que en términos de relaciones de producción se ha ido ganando el título bastante extendido de Medievalismo 2.0.

De ese mundo prerrenacentista parecen proceder tipos como Marcial Marín, secretario de estado en el último gobierno del PP, que al presentar un informe de la OCDE se explicaba en este tono: “La hoja de ruta pasa por orientar los estudios hacia las necesidades de las empresas. Desde Primaria a Secundaria y la FP”. El contrato de la nueva educación, entonces, va así: Usted envía a sus hijos a una escuela; esa escuela se halla inserta en un sistema que le ha cerciorado de que desde ahí sus hijos tendrán acceso al único, el infalible ascensor social; durante años a usted le tranquilizan, le dan informes trimestrales donde parece certificarse que el proceso sigue un ritmo adecuado, y su hija o hijo desarrolla su potencial y adquiere un saber; en la nota pequeña se hace un inciso: su hija o hijo desarrolla su potencial como currante, pero de calidad, y será dotada/o de conocimientos -no de saberes- que le resulten útiles en su vida laboral. Porque esa, la laboral, es la única vida que le corresponde, la que tendrá y con la que le tocará lidiar durante su existencia. Estará a la altura de los tiempos, y para ello aprenderá a triunfar full time para su empresa. Con eufemismos desvergonzados como “abandonar la zona de confort”, “desarrollar espíritu aventurero”, “facilitar la movilidad”, la alumna/o saldrá de un centro educativo lista/o como un/a trabajador/a acrítico/a altamente rentable. Otra pieza afinada para pasar al engranaje ultraliberal que ha colonizado el mundo.

El proceso se entiende mejor al examinar otras hojas parroquiales de la nueva fe, particularmente las de la enseñanza superior, donde deben aflorar los resultados. En esta, por ejemplo, la IESE Business School de la Univ. Navarra (propiedad del OPUS) hace inventario de lo que las empresas actuales demandan; a ello ha de dar una respuesta el sistema:

“a. Personas flexibles, con facilidad para integrarse en equipos y nuevos entornos.

b. Capacidad para compartir resultados, objetivos y planteamientos.

c. Personas activas emocionalmente con un fuerte componente de automotivación.

d. Personas que prefieren desenvolverse en entornos sin referencias. No anclarse ni en el pasado ni en lo aprendido”.

Traducido al castellano, nivel usuario, quiere decir que toda la impedimenta cultural de los nuevos ciudadanos debe ceñirse a su utilidad, de ahí la inquietante apostilla de “entorno sin referencias”, que alude de manera esquinada a la necesidad de dejar de lado toda la tradición intelectual que desde los griegos y hasta el día de hoy nos ha servido de mapa para movernos en el mundo. Lo demás es fácil, si se sabe vestir adecuadamente de furor moderno: el documento del IESE es, en realidad, un abstract del titulado “Prioridades y estrategias para la educación”, que fue publicado en 1995 bajo el auspicio del Banco Mundial. Y este tenía como cometido expreso mostrar a los gobiernos políticas “que estimulen la expansión del sector privado y la mejora del funcionamiento de las instituciones públicas”. En él también se encarecían las bondades de una nueva educación, ya que gracias a ella se podría “lograr un crecimiento económico sostenido con cambios de empleo más frecuentes durante la vida de las personas”; porque la educación debe “atender la creciente demanda de trabajadores adaptables por parte de las economías, trabajadores capaces de adquirir sin dificultad nuevos conocimientos”.

Y ahora sí: con todos ustedes, la nueva estrella de la educación.

Entonces, ¿qué son las competencias? ¿De qué se habla cuando se quiere dotar a un/a alumno/a de ellas? ¿Cómo se miden, se pesan y resultan en algún Modo de Representación No Ofensivo, como ha sido hasta ahora una nota de boletín de toda la vida? Alguna información al respecto: según la web del Ministerio Educación, Ciencia y FP competencia es “la capacidad de responder a demandas complejas y llevar a cabo tareas diversas de forma adecuada”. Hablamos, pues, de medir algo que se manifiesta en cuestiones prácticas, que cobra sentido en el hacer -y no en el saber, ni mucho menos en el ser-. Pero sigue la web: la competencia “supone una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones, y otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente para lograr una acción eficaz”. Parece que a mitad de esta definición algo más prolija aparecen sustantivos que invitan al optimismo, pero nótese que la conclusión acaba en un broche -“acción eficaz”- que impide la expansión, que restringe la carga semántica. Las competencias, en definitiva, se conceptualizan como un “saber hacer” que se aplica a una diversidad de contextos académicos, sociales y profesionales.

Si ya resulta altamente problemático aceptar sin ambages la teoría, esperen a ver cómo se diseñan los modos de medición. Porque valorar estas competencias, en ítems inacabables, consensuados con otros docentes tan cargados de alumnos como uno mismo, dotar luego al procedimiento de sentido y, a la vez, resultar complacientes con familias e inspectores que exigen resultados que ofrendar a sus superiores es, desde un punto de vista metodológico, un reto inalcanzable y, desde un punto de vista honesto, una estafa de dimensiones colosales. Además, preparar así a un individuo y formar en esta doctrina a toda una generación resulta lesivo para la condición humana por cuanto la reduce al utilitarismo. El desastre se materializará en la sociedad y será evidente en aspectos muy concretos, donde ya han comenzado a aparecer síntomas de alarma. La formación en ecología, la preparación para una sexualidad sana que evite más comportamientos animalescos como los vividos recientemente en violaciones múltiples, la prevención contra el consumismo, la formación, en fin, de ciudadanos a la altura de una sociedad avanzada, culta, defensora de la justicia, solidaria, crítica con sus gobernantes y volcada en el bien común no es objetivo de esta manera de educar. 

Dicho de otra forma, la revolución ha llegado, ha mutado en ley y se ha impuesto casi sin resistencia, solo que en este caso es una revolución hecha al dictado de empresarios, y no en beneficio de una sociedad, mucho menos de la clase trabajadora. Fíjense que ni siquiera tiene aspecto de revolución, pero coincidirán conmigo en que en los últimos años ha habido revoluciones ocultas de las que hoy seguimos viviendo secuelas. Hubo, por ejemplo, una revolución financiera, por la que desapareció la red de cajas de ahorro públicas para dejar el sector en manos de apenas cuatro grandes empresas (Santander, BBVA, La Caixa, Bankia) y nadie se echó a la calle ni rasgó sus vestiduras. O qué decir de la revolución thatcheriana que sufrieron los trabajadores con la llegada de la reforma laboral, y hasta la fecha ahí sigue, saludable, sancionada por ley, aceptada incluso por el socialismo.

Han inventado otra forma de hacer la revolución, esta vez en el sistema educativo, y atentando directamente contra la clase trabajadora. Cuentan con la ayuda de una opinión pública esquelética, el desprestigio de la función docente, la pérdida de respeto por el saber, la fascinación por formas variadas del éxito y, en fin, por la desinformación que cunde incluso entre los sectores más progresistas del frente político. “El capitalismo no tiene nada que ver con el deseo de mejorar la condición humana”. Lo anotó Georges Bataille hace unos años, pero podría haberlo dicho hoy al hilo de esta -nueva- derrota que puede ser la evaluación por competencias.

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