jueves. 25.07.2024

La posición de los soberanistas catalanes sustanciada en un proceso maximalista de amnistía y, sin solución de continuidad, referéndum de autodeterminación, bajo el planteamiento cortoplacista de la necesidad de los partidos mayoritarios de sus votos para conseguir una mayoría que favorezca la investidura, es un error estratégico que muestra una pobre visión de la realidad de la política actual. El empeño de acelerar un proceso independentista en un contexto histórico que supone una disfunción irreversible de los planteamientos ideológicos que impliquen acciones secesionistas es el grave pecado que anunciaba Ortega de intentar hacer historia sin sentido histórico. El nacionalismo periférico tendría que procurarse avant la lettre unas condiciones objetivas en el contexto político e institucional que hogaño resultan imposibles en el ámbito de la monarquía postfranquista que resultó de la transición y que está marcada por la rigidez de un nacionalismo españolista destilado pertinazmente en las cuatro décadas de caudillismo. La transición, como su propia etimología expresa, no supuso sino un tránsito que no alteraba el régimen de poder y, por tanto, tampoco las viejas inercias, esguinces y falsificaciones de una historia siempre oscurecida por los egoísmos e intereses de unos pocos y que condicionan la vida pública orientando el acto político hacia déficits democráticos y dualidades onerosas en una sociedad envuelta en el conflicto de su propia razón de ser.

La posición de los soberanistas catalanes es un error estratégico que muestra una pobre visión de la realidad de la política actual

Es cierto que hay que desjudicializar lo que la derecha y sus capilaridades togadas realizaron con el fin de obviar la política y que la controversia propia de la vida pública se desnaturalizara al objeto de que el adversario político fuera además un delincuente. Pero, por eso mismo, ese proceso de devolver a la política lo que debe ser un formato polémico constituido libremente, apartar de la dialéctica pública las injerencias impropias de puñetas y cloacas del Estado, los nacionalismos centrípetos deben considerar seriamente que cuantos obstáculos pongan para la formación de gobiernos progresistas los estarán poniendo también a sus propios intereses ideológicos y políticos ante una derecha que lo que pretende simplemente es su desaparición.

La orientación idónea del nacionalismo periférico en este trance histórico debería incardinarse a la profundización democrática del Estado, la amplitud, como consecuencia de la primera premisa, de la potencialidad de autogobierno en el contexto autonómico, la consolidación de la España plurinacional y eso sólo es posible desde ejecutivos de progreso en los cuales inclusive pudieran formar parte miembros del nacionalismo catalán y vasco. Poner trabas con exigencias máximas en el corto plazo a la posibilidad de gobiernos de izquierda es favorecer la posición de un conservadurismo cuyo propósito es el desmantelamiento de los nacionalismos periféricos.

Cuantos más obstáculos pongan para la formación de gobiernos progresistas los estarán poniendo también a sus propios intereses 

El socialista Luis Jiménez de Asúa, uno de los padres de la constitución republicana de 1931, afirmaba que el orgullo del pasado, el esfuerzo del presente y la esperanza del porvenir era lo que constituía una nación. Pero cuando el pasado es tan desigual para unos y para otros, el esfuerzo del presente tan desproporcionado y para amplios sectores de la población se nubla la esperanza del futuro, no es de extrañar que el régimen nacido de la transición carezca de un proyecto atractivo de país más allá del blindaje de los intereses de las élites económicas y sociales. La distinta trayectoria histórica y cultural de la burguesía catalana y la del resto de España y la falta de atractivo de un proyecto común de nación produce que los herederos ideológicos de aquella derecha oligárquica y caciquil reproduzcan las viejas tensiones territoriales como una batalla donde debe de haber necesariamente vencedores y vencidos.

Las fuerzas de progreso y los nacionalismos periféricos deben sobresanar, sobre todo, los déficits democráticos de un modelo sistémico que ha agotado su capacidad fantasmagórica, que diría Ortega, de sobrevivir a sus propias contradicciones.

Catalanes, vascos y la España plurinacional