lunes 13.07.2020

Hay que saber

Llevo toda la semana leyendo artículos sobre un debate que parece ahora más extendido que nunca y también más enconado que nunca, y que gira en torno a quién es y quién no es sujeto del feminismo. En realidad hace varios meses que percibo que la cosa está así de difícil, aunque según lo que voy viendo esto no es nuevo. Y hace unos años que me pregunto qué significa quién soy y cómo lo denomino y eso sí es nuevo.

Por algún motivo parece ser que siempre he sido muy reivindicativa y mi padre cuenta que con apenas cuatro años le afeé comer más sandía que mi madre porque las mujeres teníamos los mismos derechos que los hombres. El hogar en que crecí no es en este sentido espejo de su tiempo y mis padres, los dos, enfocaban este tema en lo práctico -que al final es lo que materializa de forma visible y transformadora las ideas- por encima de la media. Las amigas de mi madre siempre le decían que tenía mucha suerte y mi madre siempre respondía que él también; y era verdad.

Yo lo de la sandía no lo recuerdo, pero sí recuerdo haber tenido conciencia desde pequeña de la injusticia y la falta de equidad en el trato hacia las mujeres en mi entorno, a través de mis lecturas, en la televisión o el cine, en muchos cómics o tebeos, en la pintura y la escultura (mis padres eran mucho de llevarnos a museos y menos mal). Mis gustos además no coincidían a menudo con la construcción cultural de género que me correspondía y eso me hizo sentir fuera de lugar y extraña muchas veces, como desubicada. No me gustaban las muñecas; me parecían bonitas, algunas, pero no me gustaba jugar con ellas, yo prefería construir, prefería dibujar, prefería los indios y vaqueros en plástico de colores y el fuerte. No me gustaba el rosa. No me gustaban las lecturas de mis compañeras del colegio, de tipo romance para preadolescentes, me gustaban Salgari, Verne, Tolkien, el mundo Marvel y DC y los tebeos españoles de Raf y Jan, leía mucha poesía; con trece años estaba leyendo a Delibes, a Richard Bach, a Hermann Hesse. Intenté a través de un par de vinilos horriblemente cursis encajar con el entorno, pero cuando me regalaron uno de Glenn Medeiros me di cuenta de que esa nunca sería yo (aún me recupero de la hiperglucemia musical; no pasé del segundo tema). Voy a decir, por suavizarlo, que esto no me lo puso fácil; pero ya hablaré de acoso escolar otro día. Todo ese tiempo y después, por la calle de noche, en el metro, en discotecas y bares, en entrevistas de trabajo, he experimentado y reflexionado qué significaba de facto ser mujer y qué debía significar; nunca pasé, en la percepción de las restricciones, las limitaciones y la violencia, la barrera de la biología, probablemente porque no era una realidad que conociera de primera mano.

Hace unos años eso cambió. En el colegio donde yo enseñaba había una chica trans (aunque esta circunstancia yo la conocí más tarde, cuando se cambió de colegio y empezó un proceso de transición; a mí me la habían presentado como alumno, en masculino). El curso siguiente supe de una obra de teatro de un autor que me encanta, Nando López (@Nando_Lopez_ en Twitter, donde hace hilos literarios maravillosos además de otras cosas interesantes),  sobre el suicidio en adolescentes; yo había tenido en otro centro una alumna que había intentado suicidarse varias veces y me pareció adecuado llevar a mis estudiantes a verla, porque el tema es importante, apenas se habla, y López escribe fenomenal. Buena literatura, actual, respetuosa con la adolescencia, en absoluto ñoña, lejos de los estereotipos de todo pelaje…, ideal para enganchar a posibles lectores. Uno de los personajes es un chico trans; la obra se titula #malditos16. En el coloquio posterior a la obra, una alumna de otro colegio pidió a los que hacían preguntas que dijeran “transgénero” en lugar de “transexual” y ahí me di cuenta de que había muchas cosas que desconocía.

Lloré viendo Disclosure; hace falta desconocer lo que es la empatía para no darse cuenta de que esas mujeres (y también los hombres trans que participan) no responden a un capricho

Como siempre que me pasa eso, me puse a buscar y a leer. Comencé a seguir cuentas de mujeres y hombres trans en Twitter, para escuchar de primera mano sus manifestaciones, y busqué artículos y libros. Sigo en ello, aún me falta comprender intelectualmente muchas cosas y está entroncado de una manera tan orgánica (inevitablemente) con el feminismo, que llevo unos años intercalando lecturas, poco a poco. Cuanto más leo, más se diversifica la información. Y luego están otras vías, como los documentales. Los últimos dos que he visto son ¿Qué coño está pasando?, de Rosa Márquez y Marta Jaenes y Disclosure: Trans Lives on Screen, dirigido y producido por Sam Feder.

Poco a poco, en mis lecturas sobre feminismo me fui sintiendo muy identificada con el feminismo radical, en la idea de que la falta de equidad hacia las mujeres tiene raíces profundas que tienen que ver con la configuración sistémica del mundo en que vivimos y que se entrecruzaba con la pobreza, con la racialización, con la orientación sexual y con otros factores de discriminación; en la idea de que el feminismo era para todas y que para ello había que abordar temas que parecían ajenos pero no lo eran. Y un día me dieron a entender que si me parecía bien el feminismo radical era tránsfoba y ahí empecé a no entender nada de nuevo.  En la vida hay que comenzar muchas veces, no pasa nada.

No voy a teorizar sobre feminismo, ni sobre teorías queer, ni sobre realidades y mujeres y hombres trans, porque eso ya lo hacen personas que saben infinitamente más que yo. En este proceso personal, pero que veo que es general a muchas, llevo unos años preguntándome qué significa ser mujer, no como cuando veía una raja de sandía más pequeña que otra, en aquella cocina familiar, sino en el sentido de qué engloba ese término y qué lo diferencia de su opuesto; también sobre si ese binarismo es descriptor fiel de la realidad o es una construcción cultural más; cómo se relacionan sexo y género. Me he sentido muy acompañada en mis dudas por el artículo de Ana Requena Aguilar en eldiario.es del 25 de junio “Que no lo llamen ‘matrimonio’, que no lo llamen ‘mujer’”.

Necesito entender y que entendamos. A eso he venido hoy, a decir que leer, ver y escuchar sobre estos temas, sobre estas vidas, es una responsabilidad ineludible si queremos construir un mundo ecuánime. Siempre he pensado que cualquier discriminación, que cualquier atentado grande o pequeño, excepcional o cotidiano, contra los derechos humanos deben ser transformados; siempre he sentido que las personas trans (aunque “trans” no ha significado siempre para mí lo mismo) debían ser respetadas y no discriminadas. Pero, como en todo, un pensamiento y un sentimiento general no bastan, porque en los matices está la vida, la realidad palpable y sin ellos no llegamos a nada.

Clara Serra publicó una tribuna en El País, también el pasado 25 de junio, titulada “¿Qué está pasando en el feminismo español?, donde habla del error “de separar, por un lado, la defensa de los derechos -como si fueran autoevidentes- y, por otro, los debates teóricos de las ideas -como si fueran opcionales, frívolos o triviales-“ y yo me pregunto ¿cómo es posible expresar, mediante la propia manera de ser feminista en nuestras vidas, una mínima honestidad y una mínima coherencia, sin saber de qué hablamos, sin conocer los matices, sin conocer la teoría y sopesar lo que dice?, ¿cómo podemos buscar ecuanimidad y cómo podemos tomar decisiones en el camino correcto sin aprender primero?

Lloré viendo Disclosure; hace falta desconocer lo que es la empatía para no darse cuenta de que esas mujeres (y también los hombres trans que participan) no responden a un capricho. Mientras veía todas las imágenes que el documental muestra para ejemplificar la imagen que se ha construido sobre las vidas trans, recordaba todas aquellas veces en que había sentido tristeza, rechazo e indignación ante la imagen construida de mujeres cis, y me preguntaba cómo era posible que unas mujeres que habían experimentado y reflexionado sobre la mutilación y la deformación de su propia identidad pudieran ahora ejercer la misma opresión sobre estas. Pero Clara Serra tiene razón en que sentirlo no es suficiente. Hay que saber por qué, más allá de la empatía; hay que entender para poder discernir cuando se publica una ley, cuando se toma posición en una manifestación, cuando se educa, cuando se vota, en las relaciones interpersonales. Nuestras acciones e inacciones tienen siempre consecuencias; no podemos acometerlas sin un sentido y ese sentido no debe ser adoptado ni seguido a la ligera. Hay que saber.

Hay que saber