jueves 6/8/20

Geografía del corazón

El camino de Peñarronda a Barco de Ávila, una vez que sales de Asturias y sus verdes laderas con pequeñas poblaciones aquí y allá, es un paseo por una España que, si no está vacía, lo parece. Tiene una belleza particular, con sus tierras rojas, sus campos segados llenos de balas de paja, sus girasoles; una belleza particular y para mí difícil, lo reconozco. No ayuda, desde luego, la interminable autopista que evita pueblos y hasta gasolineras -casi siempre en desvíos de algunos kilómetros hacia el interior- y que discurre como una cinta sin solución de continuidad. Pasado Benavente ha sido una ruta nunca antes viajada y por lo tanto sin vivencias ni recuerdos, ni siquiera memoria de lugares habituales de paso, como hitos que anuncien el destino familiar. Es un espacio no significativo (para mí, se entiende), pero eso cambiará al cabo de varios viajes; tengo memoria locativa y esos campos acabarán siendo parte de mi personal geografía construida a base de imágenes e impresiones, de sonidos, de olores, de la luz.

A veces sin embargo pasamos por ciertos lugares sin retenerlos. El cansancio, la prisa, ese peligro tan recurrente de soñar despiertos mientras conducimos.

Puedo anticipar cada recodo del camino y advertir las diferencias en las calles de los pueblos que atravesamos, en las huertas; reconozco el lugar de los almiares y los árboles centenarios; es la geografía del corazón

Con las relaciones personales pasa igual. Esta es una historia de verano, aunque este sea tan atípico, y merece ser contada, no porque sea extraordinaria, sino para que no se nos olvide que una cosa así no debería pasar desapercibida nunca. Hablo de esas amistades infinitas con fecha de caducidad que todos los niños que una vez fuimos hemos hecho en verano, confiados en la ausencia de relojes, de obligaciones, sin conciencia del momento de volver a lo cotidiano. Asistir en primera fila al encuentro de dos niños afines y al nacimiento después de una pandilla es un privilegio que he disfrutado absorta, recuperando la emoción de tantos campamentos a la espalda y temiendo, sin anunciarlo para no enturbiar la magia, el inevitable fin. He disfrutado la alegría en diferido pero feliz; he seguido los juegos en la playa, la incipiente independencia de hacer un grupo de iguales en que sentirse arropado en las exploraciones; he alargado la hora de vuelta para que los paseos por los pantalanes sobre riachuelos llenos de ranas a última hora de la tarde fueran posibles; he preparado bocadillos y cenas para llevar y comer mientras se corre de una aventura a otra; he presenciado e intuido confidencias. La amistad es un territorio inexplorado que se transita con emoción cuando se es un niño.

Con el paso de los años, recuerdo que fui asumiendo que las amistades de campamento eran caducas. No es que el amor no fuera verdadero, ni que desapareciera, pero ya sabía antes de empezar que dejaría un espacio vulnerable y según fui creciendo me doy cuenta de que aprendí a establecer una distancia cautelosa, de manera que los juegos transcurrían en un equilibrio entre conocer e intimar, y el pacto tácito de olvidar que nos separaríamos al final, probablemente para siempre.

Esta vez, al despedirnos del compañero de aventuras y después de haberles observado un rato conversando sobre la posibilidad de pasar alguno de ellos a la familia del otro para no tener que separarse, mi peque me decía al borde de las lágrimas “mamá, lo estoy abandonando; ¿cómo se puede abandonar a un amigo?”. Este candor, que a algunos de ustedes les parecerá un insufrible ataque de azúcar emocional, me parece inspirador. Es un amor absoluto y sin peros, sin luegos, sin aunques; es luminoso y nutritivo, hace crecer. Ahora dice “Unai” y ya no es territorio ignoto, ya no es “el otro”; han dibujado juntos un mapa en que cada letra de cada nombre significa y es ruta y también espejo.

Al cabo del viaje nos adentramos en La Covatilla, como paso previo a nuestro destino en un paraje remoto y poco poblado de Ávila. Allí, puedo anticipar cada recodo del camino y advertir las diferencias en las calles de los pueblos que atravesamos, en las huertas; reconozco el lugar de los almiares y los árboles centenarios; aventuro nombres tras las puertas cerradas. Es la geografía del corazón.

Esta es una historia de verano, aparentemente intrascendente, aparentemente pasajera. Aparentemente. 

Geografía del corazón