miércoles 16.10.2019

La paradoja de un mundo inquietante

Por Mario Regidor | Sinceramente, se empieza a convertir en una costumbre, no sé si buena o mala, tomar como ejemplo de aquello que puede venir en un futuro no muy lejano a series de televisión, novelas o películas. Reconozco que no soy una excepción. Es más, creo que es sano fijarse en las posibles distopías que pueblan el mundo literario o audiovisual para irnos fijando en lo que podría ser un futuro para nada halagüeño.

Years and Years asume la tradición ya iniciada con otra miniserie magnífica, más oscura y más incisiva y que va camino de convertirse en un hito televisivo por su calidad, su variedad de guiones y sensaciones y su, una vez más, capacidad predictiva

Hoy le toca el turno a una miniserie británica llamada “Years and Years”. Un gran ejemplo de la capacidad artística y creo que, incluso, predictiva de lo que nos puede deparar un mundo plagado de cambios donde las revoluciones se suceden a velocidad vertiginosa y la capacidad de la sociedad para asimilar dichos cambios se vuelve, cada vez más desigual tanto en la adaptación a la que nos obligan como a las consecuencias en el devenir cotidiano que suponen.

Years and Years asume la tradición ya iniciada con otra miniserie magnífica, más oscura y más incisiva y que va camino de convertirse en un hito televisivo por su calidad, su variedad de guiones y sensaciones y su, una vez más, capacidad predictiva. Me refiero a Black Mirror, ese espejo en el que nos da miedo mirarnos por temor a que su reflejo nos muestre la verdadera realidad que nos espera, de la que somos partícipes, de la que somos cómplices y, sobre todo, de aquella realidad que también creamos nosotros.

Years and Years hace lo mismo pero de manera más lineal, más “amable” con el espectador, como si, paulatinamente, fuera cantando una nana para dejarnos dormidos e incólumes frente al peligro que nos acecha y que, poco a poco, nos acaba rodeando y tomando posesión de nuestras vidas y destinos. 

La serie toma como punto de partida las vicisitudes que sufren a lo largo de los años una familia de clase media inglesa cada uno con su vida y sus pequeñas alegrías y miserias y toma como punto de reunión la vieja casa familiar en donde sigue viviendo la abuela del clan resistiendo el embate del tiempo y convirtiéndose en el necesario “pegamento” que vincula la realidad actual y la familiar.

En esta pintoresca familia pululan varios personajes que encarnan diferentes valores: el gay idealista que lucha por defender sus principios y… como no… el amor que siente por un joven refugiado, su hermana discapacitada y madre soltera que intenta salir adelante autoempleándose y que nunca pierde el arrojo y la sonrisa, otra hermana sin mucho trato familiar ya que ha antepuesto el desarrollo y consecución de sus principios activistas y de justicia social a la vinculación familiar, el padre de familia y financiero al que una crisis económica deja sin dinero y sin casa y debe salir adelante con diversos “multiempleos parciales”, su esposa, también profesional liberal y que se ve relegada con la llegada de las nuevas tecnologías a un papel meramente decorativo en el engranaje de la prestación de bienes y servicios, sus dos hijas, una de ellas una joven que podríamos reconocer como propia de la sociedad actual y su hermana que ansía convertirse en adalid de la vinculación con la red y dejar su cuerpo humano para convertirse en “red” siguiendo una visión radical de una filosofía de la que hemos hablado en esta tribuna en alguna ocasión, el Transhumanismo. 

A pesar de lo explicado en el párrafo anterior y, de los escasos años que transcurren en sus 6 capítulos (llegamos al año 2032), nos encontramos ante una “típica” familia británica de clase media influenciada de muy diversa manera por la política y la innovación tecnológica.

Pero, por encima de todos ellos pero sin interaccionar, apenas, con ninguno de ellos nos encontramos con el personaje de Vivianne Rook, encarnado por Emma Thompson en un papel no protagonista pero sí predominante en toda la narrativa y sobre el que van pululando todos los personajes restantes en un asombroso relato de cómo la política a todos los niveles influye de forma decisiva en el devenir personal, laboral y social de amplios estratos de la población.

Vivianne Rook es la líder de un joven partido político llamado “El partido de las 4 Estrellas” en un remedo de lo que actualmente podrían ser La Lega de Matteo Salvini, por ejemplo. Vivianne marca su agenda desde el primer capítulo en el que en un debate con otros integrantes de partidos políticos ante la pregunta de cómo trataría de arreglar el viejo conflicto entre Israel y Palestina dice que le “importa un carajo” que lo que verdaderamente le importa es que haya seguridad en la calle y que su madre discapacitada pueda caminar por la vía pública sin temor a caerse por un mal mantenimiento de la red viaria. Así, la política va sembrando el populismo entre personas que ven dichos problemas más cercanos a sus propios intereses locales y volviéndoles insensibles ante la situación política internacional y sus consecuencias, comenzando por el aumento del número de refugiados y el sempiterno debate acerca de su gestión.

Otras cuestiones relevantes son la vuelta al empleo de la energía nuclear como arma bélica y al cambio, apenas imperceptible al principio y luego vertiginoso, de las nuevas tecnologías en la vida doméstica de la ciudadanía… Ejemplo palpable de esto supone el incipiente paso de mujer a máquina de una de las hijas del matrimonio que empieza a realizarse implantes que le conectan cada vez más a las redes usando su propia mano como teléfono o sirviéndose de una prueba piloto del gobierno británico para establecer conexiones mentales con sus padres de tal manera que puede saber su localización e, incluso, sus pensamientos. La cara B de esta innovación viene dada por la alta frecuencia de hackeo por parte de cualquier pirata avezado y que motiva la vuelta a la era del papel que se había erradicado de empresas y centros educativos y que vuelve como solución a la intrusión informática.

Una última cuestión a resaltar es el papel de la sociedad ante la inmigración. Cuestiones que ahora nos parecen lejanas pero que nunca lo fueron tanto como los campos de concentración. Un punto y aparte merece lo alucinante que parece el hecho de que la Primera Ministra aluda a la diferencia semántica entre campos y campamentos ante un grupo de empresarios que aspira a ofrecer soluciones para internar en guetos fuera de las ciudades a los inmigrantes que llegan al país diciendo que campamentos puede parecer menos ofensivo aunque, en esencia, se refieran a lo mismo en una torsión del lenguaje realmente brutal…

En suma, esta serie nos plantea cuestiones que pueden suceder no tardando mucho si no estamos vigilantes como ciudadanos. Si hay algo que merece destacarse dentro del marasmo en el que parece sumergirnos la serie es la extraordinaria capacidad de resiliencia del ser humano para adaptarnos al entorno político, social y económico que nos rodea pero, sobre todo, a la capacidad que tenemos como sociedad y, más aún, como ciudadanía para cambiar esa realidad por medio de la unión en pos de un bien común. 

Quizá esa sea la enseñanza que más esperanza nos puede otorgar cara a un futuro que no parece que sea el más halagüeño.

La paradoja de un mundo inquietante