martes 15.10.2019

Investidura: echemos la vista atrás

Por Mario Regidor | La semana pasada hemos asistido a algo que ya viene siendo costumbre desde el año 2015: una investidura fallida. Es curioso que, en este momento, de advenimiento de nuevos partidos, de escasez notoria en todos los ámbitos territoriales de mayorías absolutas y de necesidad de consensos a nivel político, económico y social sea la época de nuestra joven democracia en que más líneas rojas y barreras interponen los diferentes partidos para llegar a un acuerdo que evite unas nuevas elecciones y facilite un gobierno estable.

Vamos a ir haciendo un somero relato de lo acontecido pero, procuremos detenernos en un par de “flash backs” para que veamos los porqués de esta situación de enquistamiento actual.

Para empezar un detalle… Nótese cómo la derecha amaga a la hora de pactar entre ellos pero, finalmente, lo hacen. Es decir, PP, Ciudadanos y Vox se ponen de acuerdo allá donde pueden para hacer gobiernos de derechas (Madrid es una rara avis, quizá por su importancia estratégica pero ya verán que se ponen de acuerdo cuando el reloj vaya apretando…).

La izquierda es distinta… Actualmente, tenemos dos partidos de ámbito nacional que ocupan ese espectro ideológico: PSOE y Podemos. La derecha tiene 3: PP, Ciudadanos y Vox. Es curioso pero, se podría afirmar que, a más partidos que disputan un mismo electorado, menor es el “pedazo de tarta” a repartir entre los interesados pero los resultados en las ultimas elecciones parecen desafiar este aserto: 66 + 53 + 24 = 143. Mientras que la izquierda acumula: 123 + 42 = 165. No hay gran diferencia pero, ¿se mantendría esta proporcionalidad si surge un partido de izquierdas de ámbito nacional con la intención de dar la batalla por su “pedazo de tarta”? Me inclino a pensar que no… En este aspecto, los votos de la banda derecha del electorado se desperdiciarían en menor número, debido a la escasez de ámbitos territoriales de combate de la nueva fuerza política venida de la izquierda.

Como decía, conviene echar la vista atrás para tratar de explicar, con perspectiva, el porqué del fracaso de esta investidura.

No sé si recordarán pero, en las elecciones generales del 2015, el previsible candidato Mariano Rajoy rehúso aceptar la propuesta como candidato a la presidencia por parte del rey Felipe VI aduciendo que no tenía los apoyos suficientes. De resultas de esta situación, el rey propuso a Pedro Sánchez para el cargo y éste acepto el envite. Cuando todo eso sucedía, Pablo Iglesias dio una rueda de prensa donde presentó a “su gobierno” con personas y carteras ministeriales incluidas en una flagrante falta de respeto a quien pretendías apoyar con tu voto para un gobierno de izquierdas. Evidentemente, así se lo tomó Pedro Sánchez y optó por virar y conseguir un acuerdo programático con Ciudadanos que se firmó sin aparentes problemas y con gran parte de las propuestas de Podemos incluidas en dicho documento.

Lo único que podía hacer Podemos, ante el tremendo error de cálculo y estrategia política de su líder era abstenerse para tener un gobierno de izquierda pero Pablo Iglesias pretendía dar el “sorpasso” al PSOE en detrimento de la voluntad política de retirar a Mariano Rajoy de la presidencia del gobierno lo que, recordemos, era el primer punto de su programa electoral.

La unión con Izquierda Unida, denostada por líderes de valía dentro de Podemos como Iñigo Errejón, no salió como esperaban y perdieron en las elecciones generales de 2016 más de un millón de votos mientras el PP sacó fuerzas de flaqueza y mejoró sus resultados consiguiendo, finalmente, la investidura Mariano Rajoy en una buena acción de estrategia política de “dejemos que se peleen entre ellos y luego recogemos lo que sobre”, lo que les valió el apoyo de Ciudadanos en la investidura, apoyo que no han perdido a pesar de los dimes y diretes desde entonces, incluso cuando decidieron sostener en el gobierno a Rajoy en la moción de censura presentada por el PSOE, maniobra que salió derrotada y que les dejó en una carrera con el PP para dar el “sorpasso” por la derecha.

La situación de desconfianza entre los partidos de izquierda y, muy especialmente, entre sus líderes políticos, no ha disminuido desde 2016, a pesar de la jugada maestra del PSOE y Pedro Sánchez con la moción de censura

En resumidas cuentas, la situación de desconfianza entre los partidos de izquierda y, muy especialmente, entre sus líderes políticos, no ha disminuido desde entonces a pesar de la jugada maestra del PSOE y Pedro Sánchez con la moción de censura que, eso sí, contó con el apoyo entusiasta de Podemos sin pedir nada a cambio, lo que permitió el cambio de gobierno.

Con estos mimbres y, una vez celebradas las elecciones del 28 de abril, parecía que el pacto de izquierdas con la abstención de los partidos nacionalistas podría estar cerca y las negociaciones comenzaron, muy lentamente. Hay que destacar la actitud comedida de los dirigentes de Podemos, en especial de Pablo Iglesias, a la hora de exigir prebendas y cargos al principio. Pero lo que sí parecía formar parte de un segundo bloque de negociación posterior al reparto de ministerios era la cuestión programática, que no se vislumbró en, prácticamente, ningún momento.

Son ciertos los temores del PSOE a contar como vicepresidente y encargado de cuestiones sociales a Pablo Iglesias pero no sé si hubiera sido mejor tenerle en el Consejo de Ministros o encabezando la oposición de izquierdas en el Congreso, con su pareja de vicepresidenta y atenta a tratar de armarla desde dentro siguiendo las directrices de su líder. Sigo sin tener claro este punto.

En cualquier caso, no cabe duda de que lo deseable era un pacto de izquierdas, bien sea de coalición o de cooperación. Soy consciente de que la realidad nacional puede ser muy diferente a la realidad local o regional donde los pactos entre las mismas fuerzas están a la orden del día, frecuentemente, bajo la fórmula de gobiernos de coalición. Es curioso, de hecho, que en todos los gobiernos nacionales que ha habido sin mayoría absoluta, nunca ha existido uno que fuera de coalición. Lo intentaron con los nacionalistas vascos y catalanes tanto Felipe González como Aznar y no tuvieron éxito. Los líderes de los partidos nacionalistas prefirieron conseguir mayor cantidad de inversiones para sus comunidades autónomas en aras de fomentar la gobernabilidad estatal. Y así ha sido la tónica a seguir en los pactos subsiguientes.

Dos notas antes de finalizar: que la intervención de los portavoces de ERC y del PNV, Gabriel Rufián y Aitor Esteban sean las de tono más conciliador y favorables a la gobernabilidad de una nación que consideran que no es la suya, es algo que los llamados partidos nacionales, es decir, con implantación en la mayor parte del territorio español, deberían hacérselo mirar. Y otra cosa más: en el caso de que, finalmente, haya elecciones en noviembre es más que segura la aparición de un tercer partido nacional en liza por la izquierda comandado por Iñigo Errejón y Manuela Carmena que puede significar un torpedo mortal en la línea de flotación de Podemos pero que, a la larga, podría significar la pérdida de una oportunidad de oro para que la izquierda pueda gobernar durante, al menos, otros 4 años más. Errejón todavía no lo sabe, pero ya hice una predicción como politólogo hace tiempo, cuando Iñigo todavía formaba parte de la ejecutiva de Podemos comentando que, en el plazo de 10 o 12 años, estaría en el PSOE. Creo que me equivoqué y los plazos serán aún menores y si no, al tiempo.

Investidura: echemos la vista atrás