miércoles 17.07.2019

Billetes de ida y vuelta

Quién le iba a decir al bueno de Friederich que iba a tener un nieto muy rubio pero también muy republicano y obsesionado con levantar muros

Por Concepción González | Se llamaba Friederich, era alemán y llegó a Estados Unidos en uno de esos barcos cargados de sueños, uno más entre tantos inmigrantes europeos, cuando nosotros éramos como los subsaharianos o como los sirios, cuando nosotros éramos el problema. Friederich era muy joven, sin apenas educación, pero sí sabía por quién tendría que rezar el día de Acción de gracias al cortar el pavo: por un Presidente demócrata llamado Grover Cleveland, el cual había impedido que se aplicara la ley que limitaba la llegada de inmigrantes a los Estados Unidos. Quién le iba a decir al bueno de Friederich que iba a tener un nieto muy rubio pero también muy republicano y obsesionado con levantar muros, enjaular a niños inmigrantes y cosas así, tan empático él con los que tuvieron que emigrar como su abuelo. Sí, el nieto se llama Donald Trump y ocupa la Casa Blanca gracias a un demócrata, paradojas del destino.

También cruzando el océano nos encontramos al bueno de Vittorio, un niño italiano de diez años que viaja con sus padres y sus hermanos, acaban de zarpar desde Génova y van camino de Brasil para empezar una nueva vida. Vittorio es uno de esos niños inmigrantes que Trump podría enjaular en la frontera pero resulta que este niño pasa el control aduanero con su familia, se establecen en Sao Paulo y el niño crece, sin saber que su bisnieto se llamará Jair como un futbolista famoso de la época y que llegará a ser Presidente de Brasil. Y así es como Jair Bolsonaro, al que muchos llaman el Trump tropical, se mira cada mañana en el espejo y quiere ser como Trump, sin conocer quizás el pasado emigrante que tienen ambos en común y del que sin embargo reniegan con su unilateral plegaria del America first. 

Mientras, al otro lado del océano, Matteo Salvini se mira en el espejo buscando ese mismo reflejo de Trump sin querer ver lo que aparece al fondo, ese mismo pasado emigrante de un millón largo de italianos emigrando como los Bolsonaro al Brasil de finales del siglo XIX y principios del XX, para trabajar en plantaciones de café, en muchos casos siendo explotados por terratenientes brasileiros. No, señor Salvini, los italianos entonces no iban de turismo a la playa de Copacabana a bailar salsa, la gente en Italia pasaba hambre y no sólo en ese Sur de Italia que Salvini llama parásito del Norte, también los italianos norteños emigraron y mucho, como la familia de Bolsonaro que era del Véneto, a los que nadie cerró un puerto.

Recuerdo también cuando el entonces Presidente francés Nicolas Sarkozy, en medio de su cruzada contra la inmigración y su exaltación de los Franceses primero, olvidó un pequeño detalle, que su padre era un refugiado húngaro que huyó a Francia tras la invasión de Hungría por los soviéticos y que obtuvo la ciudadanía por matrimonio con una francesa.

Yo, en cambio, no olvido ese pequeño detalle de ser hija y nieta de emigrantes gallegos, ayer éramos nosotros los que emigraban y ahora son ellos, y mañana quién sabe, tal vez nosotros otra vez, billetes de ida y vuelta…  A diferencia de Trump, no me avergüenzo de mi pasado emigrante sino todo lo contrario, creo que ese montón de vivencias y de acentos es la mayor riqueza que he podido recibir por herencia de mis padres, me hace inmune frente a la demagogia de los populistas, frente a los bulos de la extrema derecha, de los que hablan cómodamente del problema desde sus despachos sin poner un pie en cualquier puerto de Libia y ver las condiciones infrahumanas de los que esperan hasta embarcar en una patera… de los que miran hacia otro lado para no ver que la población de África sigue creciendo y sus recursos naturales siguen menguando a manos de los mismos europeos de siempre… de los que gritan España para los españoles pero se enriquecen pagando una miseria a sus trabajadores ilegales…. Frente a tantas cosas me hicieron inmune que, como cualquier hijo de emigrante, sólo puedo dar las gracias a mis padres por haber dado el primer paso, el más difícil.

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