sábado 24/10/20

Funerales de Estado por las víctimas

Digan lo que digan, el acto religioso celebrado en la Almudena ha sido un funeral de la Iglesia, netamente católico, como los que se hacían durante el nacionalcatolicismo, organizado y protagonizado, no por el Estado, sino por la Conferencia Episcopal, lo que tiene [más retranca sagrada.

Y los políticos que han asistido al acto, en representación precisamente por el Estado, estaban de más como tales representantes  y, en el caso de Carmen Calvo, en su calidad de representante del Gobierno, también. Lo mismo los Reyes de España, que no parece que tampoco se hayan enterado en qué país viven en materia confesional, porque una y otra vez la hacen.

Ninguno de ellos, políticos, reyes y militares, han asumido aún que viven en un Estado Aconfesional y, por lo tanto, asisten con total displicencia a actos religiosos, misas y procesiones, como si fueran obispos. Y, aunque lo nieguen, las máximas representaciones del Estado asistiendo a un acto religioso, como es un funeral, lo que están demostrando es su desaire a la sociedad y al marco político constitucional que señala cuál debe ser su comportamiento ante tales circunstancias.

Muchos tertulianos, al cobijo de lo que decían sus amos políticos en la calle, aseguraban que el presidente del Gobierno con su desaire al acto religioso celebrado en la Almudena estaba despreciando a las víctimas del coronavirus, asociando dicho desprecio con los sustantivos más degradantes del diccionario

A todos ellos se les hace la boca coca light defendiendo la Constitución, incluso, dividirán el ámbito de los políticos entre “nosotros los constitucionalistas” y “los otros”, la eterna división que tan sectariamente aplicaban a la sociedad los fascistas reconvertidos en franquistas y a cuya partición dio categoría teológica el cardenal Pla y Deniel en su antievangélico “Las dos ciudades”.

Si son constitucionalistas, como repite Casado y Arrimadas, ¿por qué no cumplen lo establecido por la Constitución? Ya está bien de acordarse únicamente de los artículos que solo refuerzan la fuerza y la intervención militar en caso de conflicto. En esto, son clónicos con los militares africanistas que dieron el golpe de 1936.

Se puede, por supuesto, asistir a una ceremonia religiosa pero que no digan que lo hacen como representantes del Estado o de la ciudadanía, porque no es verdad. Solo se representan a sí mismos, es decir, representan sus creencias religiosas, incapaces de guardárselas para ejercitarlas de forma individual en la parroquia de su distrito. Lisa y llanamente, asistiendo a una ceremonia religiosa con la pretensión de representar la ciudadanía en su totalidad lo que hacen es conculcar, premeditada y alevosamente, el principio de aconfesionalidad establecido por el artículo 16. 3 de la Constitución.

Han puesto de chúpame dómine al presidente del Gobierno por no asistir a dicha celebración religiosa. Ignoro si la causa real y verdadera de esta ausencia se debe al hecho de su compromiso con esa dichosa reunión celebrada en Portugal o si se debe a un compromiso serio del presidente del Gobierno con el principio de aconfesionalidad del Estado. Si es eso último, estupendo, pero me gustaría añadir que, ojalá, a su regreso, le cantara las cuarenta a su vicepresidenta y a tantos cargos políticos, presidentes autonómicos, diputados regionales y alcaldes del Partido Socialista que siguen pasándose por la gatera el principio de aconfesionalidad.

Muchos aducirán que esta falta de respeto de los políticos a la Constitución y, por derivación, a la pluralidad confesional y no confesional de la sociedad, no es un problema importante y esencial, como lo pueda ser el paro, la economía sumergida y la corrupción del Emérito. A mi entender, se equivocan. Los militares africanistas, a los que he aludido, comenzaron por pasarse la Constitución de la II República por el arco del triunfo de sus perjuros y ya vimos cómo terminó la afrenta.

¿Quiere esto decir que me opongo a celebrar actos religiosos o civiles en recuerdo de los muertos por el coronavirus?

Para nada. Pero convendría matizar.

Muchos tertulianos, al cobijo de lo que decían sus amos políticos en la calle, aseguraban que el presidente del Gobierno con su desaire al acto religioso celebrado en la Almudena estaba despreciando a las víctimas del coronavirus, asociando dicho desprecio con los sustantivos más degradantes del diccionario. Y que, a pesar de que nos encontramos en un Estado Aconfesional, no hubiese estado de más, sino todo lo contrario, que hubiese asistido a dicho acto como “una muestra de solidaridad hacia los familiares de las víctima y en nombre de todos españoles”, añadiendo, incluso, que “hasta muchos ateos habrán asistido a la Almudena por respeto y cariño a las víctimas”, lo que colma el vaso de los disparates y avalaría la supina ignorancia en que la sociedad vive en materia de aconfesionalidad. Y ya, en clave más artera si cabe, un tertuliano señalaría que “este gesto a Sánchez le iba a costar las próximas elecciones”. Y todo ello, a pesar de que el presidente ya anunció un “funeral de Estado laico” –valga la posible contradicción terminológica–, a celebrar en días posteriores.

Digo contradicción, porque si es funeral no sé si hoy día puede ser calificado con todo merecimiento como laico, toda vez que la naturaleza de un funeral clásico concita la presencia sacerdotal y religiosa, cuya función primordial es pedir a la benevolencia de Dios que los acoja en su seno, amén. En cualquier caso, viene bien recordar la etimología de la palabra funeral, procedente del latín funis, con el significado de cuerda y antorcha, con la que se acompañaba al féretro y, posteriormente, se daba fuego a la pira donde se colocaba el muerto.

Si este fuese un Estado Aconfesional normalizado, habría sido pertinente que la Iglesia, en este caso la Conferencia Episcopal, convocara y celebrara funerales por las víctimas del coronavirus, toda vez que los obispos de este país, como los del mundo entero, se consideran representantes e intérpretes de la voluntad de Dios en la tierra. Es decir, no habría llamado la atención que convocasen urbi et orbi una función religiosa sin distinciones ni rangos de ningún tipo, que eso es lo que, según la doctrina del concilio Vaticano II, caracteriza al Pueblo de Dios, en el que todos son iguales a sus ojos, como decía la canción. Ni reyes, ni presidentes, ni generales, ni galones ni distinciones nobiliarias. Ya. Porque, si algo le encanta a la Iglesia, es, precisamente, esa parafernalia y esa chatarrería de vestimentas y de títulos con los que se inflan de  vacuidad el ego de ciertos personajes.

Más todavía. La Iglesia es incapaz de limitarse a actuar dentro del fuero que ocupa por usurpación, como indicaron Marsilio de Padua y Hobbes, y, por tanto, de no respetar el ámbito de lo civil, invadiéndolo del mismo modo que lo hacía durante el nacionalcatolicismo, importándole un bledo la Constitución y la aconfesionalidad.

Y, como su poder simbólico y real, sigue siendo de una influencia notable, el aparato político del Estado es incapaz de decirle aquello de “zapatero, a tus zapatos”.

Si los representantes del Estado lo fueran de verdad, en modo alguno habrían asistido a esta celebración religiosa y, de modo educado, hubiesen enviado a la Conferencia Episcopal a donde tiene por costumbre cuando recibe un desaire del poder civil.

Pero es que ni siquiera la celebración de este funeral religioso, organizado por la Conferencia Episcopal, está limpio de adherencias sectarias. Desconozco cuáles eran las creencias o no creencias de las víctimas del coronavirus. Supongo que habrá habido de todo tipo: creyentes católicos, ortodoxos griegos o rusos, ateos, agnósticos, protestantes, testigos, cuáqueros, musulmanes, budistas, etcétera.

¿De qué modo ha tenido en cuenta la Conferencia Episcopal esta pluralidad de creencias y no creencias en su funeral? Supongo que de la misma manera dogmática y sectaria con que la Iglesia afronta el pluralismo religioso en el mundo, ante el que se presenta como la única religión verdadera, importándole muy poco o nada el ecumenismo que el propio Concilio Vaticano II defendía.

Lo ecuménico hubiese sido que la celebración religiosa de este funeral en la Almudena se habría llevado a cabo con la participación de los distintos representantes de las religiones que, habitualmente, pululan por España.

Pero es evidente que la sensibilidad religiosa de la Conferencia Episcopal no llega a tanto. Ni siquiera ha sido capaz de concitar en una celebración de estas características la presencia de los popes de las demás religiones.

Más todavía, analizado en sentido estricto como ceremonia religiosa, ni siquiera ha respetado la pluralidad de creencias de la sociedad. Comportamiento sectario nada excepcional. La Conferencia Episcopal sigue creyendo que su religiónes la única y verdadera.

En el fondo más superficial, obispos y políticos tienen más en común de lo que parece. Su falta de respeto a la pluralidad de la sociedad va pareja. Aunque, sin duda alguna, más grave es la actitud de los políticos, toda vez que saben que el Estado es Aconfesional. A no ser que, como los obispos, no la reconozcan Lo que así sucede una y otra vez. Con un par de desvergüenza.

Funerales de Estado por las víctimas