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miércoles. 10.08.2022

Víspera

Hace tiempo dejé por escrito que el ‘monotema omnipresente’ me interesa una higa. O al menos está en una posición tan bajuna como él mismo. Mi interés se centra en la familia y amigos, pacientes, la deriva de mi sexualidad y si la novela, a punto de salir a la luz de este mundo, tendrá buena acogida o, al menos, no será mal leída. También debo decir que la enumeración anterior cambia de orden según día y estado de ánimo.

Dicho lo anterior debo constatar que hace un par de noches sí estuve contemplando el debate a siete. Me recordó el juego de las siete y media, en el que, como decía Muñoz Seca por boca de don Mendo: malo es si no llegas pero ¡ay! si te pasas…si te pasas, es peor. Y como en el juego, todos se pasaron o  no llegaron según las cartas que la moderadora iba repartiendo. Los representantes de las diferentes opciones políticas, si se me permite el símil, sin ánimo de ofender dios me libre, se centraron más en hacer en humano lo que los canes al salir de paseo: cada cual marcó ‘su territorio’ de forma excluyente, eso sí, y por fortuna, de un modo más higiénico que el de los chuchos… aunque con idéntico hedor a ácido fénico.

Con las mimbres que a los espectadores nos mostraron poco cesto puede hacerse. Si acaso uno, de mala urdimbre y lleno de agujeros. Y no soy pesimista.

Con lo ‘del mal de Cataluña’, por calificarlo de algún modo, ocurre como con La Parrala: unos decían que sí, otros decían que no…pero ninguno sabía/el porqué de la agonía/que la estaba consumiendo.

¿O algunos lo saben? ¿Y tienen el remedio? Tras escuchar a los siete, que no magníficos, escasas esperanzas (me) caben. Al tiempo.

Víspera