lunes 26.08.2019

La ciudad contaminada y contaminante

Crecen las ciudades y crecen sus problemas. Algunos son tan antiguos como la propia vida urbana. Otros surgen como consecuencia del nuevo modus vivendi

El paso de la aldea a la ciudad fue un paso importante en la historia de la civilización, palabreja derivada a su vez del latín “civitas-civitatis” que significa ciudad. La ciudad pues, justo es reconocerlo, significó un gran avance para la cultura, la libertad y el Estado. La ciudad y la industria, identificadas con el progreso, van muy unidas, y a medida que se desarrolla la industria, crece la ciudad, atrayendo a nuevos pobladores con nuevas expectativas y nuevas dedicaciones. Y nuevos problemas, cada vez más graves si no se atajan de raíz.

La ciudad empezó a formarse como “burgos”, a resultas de la emigración de la población rural a lugares donde se desarrollaba el comercio de sus productos. A su vez recibían los servicios de los gremios, como los herreros para herrar su ganado, o el pan, cocido ya no en casa sino en hornos del barrio. Se montan servicios y se multiplican los oficios según las necesidades vecinales. Esta migración desde el campo, en España comenzó su auge con los Reyes Católicos, en el siglo XV, y sigue, imparable, incluso hoy, más de seis siglos después. En esa época se conformaron las grandes ciudades. Durante los siglos XV y XVI, hubo un gran crecimiento demográfico en las ciudades que no parará, frenado por las grandes epidemias, consecuencia quizá del mismo, y del hacinamiento sin condiciones de salubridad e higiene. Madrid entonces no pasaba de 4.000 habitantes, mientras Burgos y Valladolid llegaban a los 40.000, Toledo 32.000 y Medina del Campo (centro de ferias) o Segovia rondaban los 20.000 habitantes. Poblaciones que a partir del siglo XVI, bien por las epidemias, bien por otros factores como el cambio de actividad o por convertirse en centros administrativos –Corte, industria- fluctuaron en su población para bien y para mal. En Madrid no había industria, vivía del campo, como el resto (San Isidro Labrador es su patrón), pero a partir de la instalación permanente de la Corte por Felipe II en 1561 (salvo de 1601 a 1606 que estuvo en Valladolid, donde había una incipiente industria), Madrid dejó de ser “el poblachón manchego”, para convertirse en capital del reino y atraer todo el personal de la Corte, allegados, administradores, gremios, obreros, pícaros y bufones, y el lumpen, a recoger las migajas de los ricos. Con el tiempo se convertiría en una ciudad casi inhabitable, donde el tráfico crece cada día, y a la par, la contaminación, dos problemas cuya solución no se ha encontrado. Como Madrid, otras muchas de la península y del continente. Dos inconvenientes que destruyen no sólo vidas humanas, sino todo el patrimonio artístico y monumental que pueda haber. (Remito al lector a mi libro “Madrid, Corte y Recorte”, donde se dedica la segunda parte a estos temas).

Las ciudades crecen, y progresan, es el anverso de la moneda, por lo que a su vez necesitan más servicios, consumen más energía y deterioran más el planeta. La ciudad y la industria que se desarrolla en su entorno son los principales contaminantes de la atmósfera. Progreso y contaminación van parejos. Si hasta ahora se admitía como una consecuencia irremediable, a partir de la conciencia que el humano va tomando del deterioro de su entorno y de su influencia en él, comienza a plantearse otro modelo de ciudad distinta, al menos con menor incidencia en el medio ambiente: es lo que se ha dado en llamar “ciudades sostenibles”. Este es el debate en la actualidad y la obligada tendencia de todo buen gobierno: energías alternativas, que yo denomino “perennes”, consumo de menor energía, reciclaje cuando no eliminación de elementos contaminantes, nueva planificación urbanística encaminada al ahorro energético, vías urbanas con mayor cantidad y más barato transporte público... etc. Para ello es preciso cambiar la mentalidad, y elevar a valores temas olvidados en los que prime lo humano y natural, y se desechen otros asuntos que se han elevado a valores supremos falsamente, como es la economía, el mercado y el dinero. Ejemplo podría ser la anulación absoluta de la planificación urbanística en altura, como las cuatro torres (además de las cercanas KIO), que hizo el sr. Gallardón, para beneficio de la banca y grandes empresas. Y ahora, la controvertida y problemática Operación Chamartín que se está planeando y que hace ya unos cuantos años, cuando comenzó a plantearse se veía con más inconvenientes que ventajas para un urbanismo acorde con las necesidades de los madrileños, y con la misma estructura urbana, hoy por hoy, tan desigual y desequilibrada. Los túneles, la condensación humana y urbanística en poco espacio para especular con su escasez, constituyen uno de los mayores inconvenientes para conseguir una ciudad sostenible, con “tráfico razonable” y sin contaminación. Pero mientras prive el dinero y la especulación, y la ciudad siga planteándose con parámetros de hace cincuenta años, nunca se podrá conseguir una mejora en la vieja estructura, ni una sostenibilidad en los nuevos barrios.

Crecen las ciudades y crecen sus problemas. Algunos son tan antiguos como la propia vida urbana. Otros surgen como consecuencia del nuevo modus vivendi al que deben hacer frente los técnicos especializados y asesores del gobierno local para que sus decisiones sean lo más acertadas y efectivas posibles. Ya no solamente es preciso acoger a esa población inmigrante que desde los pueblos, y ahora desde otros lejanos lugares, llegan a la ciudad en busca de nueva vida y seguridad, sino que hay ofrecerles, además de vivienda, nuevos servicios que en muchos aspectos desbordan las previsiones, y cuando éstas se cumplen, surgen otras nuevas necesidades y nuevos problemas. Así continuamente. La consecuencia: aumento del deterioro urbano, social y ambiental.

Se multiplica el espacio urbano edificable; surgen barrios sin un correcto planteamiento urbanístico, donde lo importante parece ser meter mucha población con el menor coste. Uno de los males de nuestras ciudades en crecimiento es su fealdad y su falta de personalidad. La razón, una carencia de planificación hecha a la medida del hombre, y no de la economía. Planteamientos que luego resultan negativos y costosos socialmente desde todo punto de vista, humano y ambiental, empezando por el tráfico y la movilidad. Hoy vuelve a surgir el debate acerca de si deben seguir levantándose grandes bloques, rascacielos, al modo del desarrollismo de los cincuenta o tercermundistas, o consentir la extensión de la ciudad en pequeños alturas, que hoy en España se ha puesto de moda: las urbanizaciones de viviendas unifamiliares, chalés adosados, pareados, etc. Hay quienes preconizan, quizá sumidos en antiguos errores, o afectados por el mercado y los costes, que la “ciudad más sostenible” será la “vertical”, grandes alturas con amplias zonas verdes entre ellas, ideales cuando el suelo es escaso y caro. Sea como fuere, ambos planteamientos, enfocados desde el puro mercado y el lucro desmesurado y rápido, son erróneos, desde mi humilde opinión.

La ciudad es, junto a sus polígonos industriales, el mayor foco de contaminación mundial. En ella tiene origen la mayoría de los contaminantes que inundan la atmósfera, que repercuten en la naturaleza y en la propia humanidad. Estos días, en que se ha instalado en el centro de España el anticiclón, la “boina contaminante” que cubre Madrid se ha multiplicado. Suele suceder en estas fechas en que a las condiciones climatológicas se unen el encendido de calefacciones y otros factores que provocan más contaminantes. Contra ellos hay que luchar con medidas efectivas, no sólo de la ciudad que la sufre, sino de las diferentes administraciones en un planteamiento común, local, regional, y estatal.

El “homo depredator” por excelencia es el “homo urbanitas”, no solamente contamina por formar parte de esa cadena contaminante –alta densidad de población, industria, coche, consumo impulsivo, uso desmesurado de la técnica, móviles, etc.,- sino que además sigue contaminando, en la mayoría de los casos, cuando viaja, o como él dice, cuando en sus ratos de ocio “va al campo” o la playa: la moto, la radio a todo volumen, el móvil, las bolsas, los restos de comida y envases por el suelo, cuando no llegando a depredar bosques con fuego inconsciente para hacer barbacoas. Esparciendo, en fin, todo aquello que ha usado. Va con “mentalidad urbanita” a un lugar donde siente el viento de la libertad y hace mal uso de ella creyéndose dueño y señor de ese lugar. Problema de educación y civismo. Hay que mantenerlo también en el ocio. Dentro y fuera de la ciudad. El propio “homo urbanitas” es el primer perjudicado.

Nunca como ahora se hace tan necesario y urgente un replanteamiento del quehacer del hombre en el mundo. Del uso y abuso de los recursos naturales. Nunca como ahora es preciso que nuestros administradores promocionen apoyando económica y técnicamente la dedicación a investigar, a usar y extender nuevas tecnologías y conseguir nuevas alternativas energéticas. Nunca como ahora hay que cambiar de mentalidad al administrar una ciudad. De seguir igual, la contaminación y sus secuelas en la salud, acabará con sus vecinos. Los gobiernos tienen la palabra. Y también, cómo no, los ciudadanos con sus exigencias y la elección de quienes deben tomar decisiones.

La ciudad contaminada y contaminante