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sábado. 01.10.2022

La profecía de los incendios

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Este verano, España ha sido una gigantesca y terrible tea, de norte a sur, de este a oeste

“Casi mil incendios más en 2017 que la media en los últimos diez años”, era el título con el que el 7 de agosto abría su primera página este diario. A la vuelta a esta mi columna semanal, podía comenzar diciendo como Fray Luis de León, cuando le soltó la Inquisición y regresó a las aulas salmantinas: “Decíamos ayer...”. Como si nada hubiera pasado. Pero han pasado muchas desgracias. Sobre todo, ha pasado el fuego por España. Y en verdad, yo lo dije...

Para la sabiduría popular nadie es profeta en su tierra. Parece ser cierto, porque ni Jesucristo lo fue en su tiempo en esa tierra, ayer sojuzgada por el imperio romano, y hoy partida por otro imperio, devastada por las armas y el petróleo. Y eso que el Mesías era quien era, y hacía lo que hacía. A mí tampoco me gustaría ser profeta. Lo que vaticinaba en mi artículo, al comienzo de este verano, era una plaga semejante a la que cayó sobre Sodoma y Gomorra, y está cayendo sobre España. Fuego. Fuego por doquier. Fuego por la estupidez e imprudencia humanas, y por la estulticia de nuestros gobernantes, que no ven más allá de sus narices, y hacen lo que hacen, promulgando leyes contra el medio ambiente, guiados por los dictados del dinero y la especulación.

Dijo Shakespeare, y lo escribió hace cuatro siglos, que el mundo está manejado por una manada de locos que dirigen un rebaño de ciegos. Y seguimos, no igual, sino peor. Una manada estúpida que está acabando con otras manadas más inteligentes y cabales que la nuestra. Pobres humanos, que nos creemos reyes de la creación y semejantes a Dios. Seres tarados que nos calificamos de “racionales”, porque debemos tener solamente una “ración” de inteligencia, la más pequeña, la peor, la podrida, que inocula su podredumbre al resto de seres; la que contamina, destruye y mata todo ser viviente que le rodea. Y sigue tan necio el ser humano que no cae en la cuenta de que haciendo eso, se destruye a sí mismo. No le basta con destruir a sus semejantes, sino que arrasa con el medio donde vive, del que se alimenta, y con el que se desarrolla. Somos necios y ciegos que nos dejamos guiar por una pandilla de locos, que además son ladrones y nos roban lo que de bueno podamos tener, desde el trabajo, a la casa, el sudor o el trozo de tierra que pisamos y que nos dona los alimentos que consumimos y el aire que respiramos.

Escribí en ese artículo, publicado a principios de este verano, al comentar la reforma de la Ley de Montes, que me gustaría equivocarme, que no me agradaría ser profeta en mi tierra, que nadie lo ha sido. Que me gustaría que mi artículo fuera una simple divagación a contracorriente de lo “políticamente correcto”. Que debería alabar las previsiones, preocupaciones, y legislaciones, que sobre el medio ambiente mantiene nuestro gobierno. Pero no. No lo podía hacer porque era otra “catrasca” de nuestros ineptos administradores, y me venía venir lo que ha venido. He sido profeta, y mis vaticinios se han cumplido, no en una persona que venga a liberarnos de tanta opresión y regresión ambiental (que, como los judíos, todavía esperamos los españoles), sino en la premonición del desastre que la actual Ley de Montes del PP acarrearía. Me gustaría que mi vaticinio, como el de los profetas, hubiera acarreado una rectificación gubernamental, o en su defecto, una nueva administración, que tenga en cuenta que uno de los problemas más graves y acuciantes de la humanidad es la degradación de nuestro planeta, por estupidez, y por la obsesión del negocio: armas, guerras, petróleo, esclavitud, manipulación de la naturaleza para ponerla al servicio de espurios intereses, sin detenernos a pensar en el daño que la causamos y nos causamos. ¡Ya está bien! Un gobierno que va contra el medio ambiente y los intereses de la sociedad y de la humanidad entera, es un “gobiernito” que hay que desterrar de nuestra geografía, y de todas las geografías del mundo.

Eso está haciendo el gobierno de este hermoso país, convertirlo en cloaca. Bosques quemados, familias deshechas, fauna destruida, aguas contaminadas... Y todo por una Ley de Montes que, corrigiendo la anterior, permite construir en zonas devastadas por el fuego... Lo sabía. Lo advertí: Este próximo verano se multiplicarían los incendios. Y así ha sido. Así es. Más del 60 % respecto al verano anterior. España ha sido una gigantesca y terrible tea, de norte a sur, de este a oeste... Zonas de alto valor ecológico, intactas porque el hombre apenas si ha entrado en ellas, han sido, estos días veraniegos, presa del fuego... De la locura. Y de la codicia. En todas las comunidades autónomas ha habido, por lo menos, dos incendios en sus montes. Y todos, provocados. ¿Hasta cuándo?  

Hay que reformar la actual Ley de Montes

Aquel artículo lo titulé: OTRA “CATRASCA” DEL GOBIERNO, y fue publicado en estas mismas páginas el 29 de junio de 2017, entendiendo por “catrasca”, cagada tras cagada (con perdón). Del mismo entresaco algunos párrafos:

“Me gustaría estar equivocado. Por eso voy a procurar que el vaticinio de este artículo no se cumpla. Me gustaría que fuera solamente un aviso a navegantes y senderistas por esos bosques de Dios, y lo que a modo de profecía o premonición adelanto, no se haga realidad. Y digo que me gustaría equivocarme y corregir antes de nada mi error, al contrario de lo que está haciendo el gobierno del PP, que a pesar de ir de error en error, no se corrige, y sigue empecinado en sus trece. Lejos de favorecer el bien común, y con la disculpa del interés general, dificultan la buena marcha de la sociedad con leyes que perjudican no solamente al país, sino al planeta entero, porque su repercusión no queda circunscrita al problema local, sino al entorno, a la naturaleza que nos rodea. Me refiero a la nueva Ley de Montes que hace justo ahora dos años se sacó de la manga el gobierno de Rajoy, corrigiendo la anterior, en la que expresamente se prohibía construir en zonas boscosas asoladas por el fuego...

“La nueva ley, aprobada a golpe de “decretazo”, y contra el resto de diputados y expertos (como hizo todas en la anterior legislatura el PP al gozar de mayoría absoluta), es un retroceso en cualquier política ambiental que se precie. No solamente va contra el desarrollo rural, contra la creación de empleo en zonas de por sí devastadas y abandonadas a su suerte, perdiendo una buena ocasión para ampliar competencias y el personal de agentes forestales en labores, sobre todo, de prevención..., sino que también va contra la conservación de los montes de la que depende en el futuro el origen de los incendios. Claro que, detrás de todo, se les ve el plumero en dos aspectos: uno de ellos, el de la especulación inmobiliaria, ya nombrada; y el otro, la lacra que nos azota en todos estos años de mal gobierno: la privatización de los pocos montes públicos o comunales que quedan.

“...La actual, reforma de la anterior, permite, tras un devastador incendio, construir o darle cualquier otro uso “cuando concurran razones imperiosas de interés público” (sic)... Estamos, en resumidas cuentas, ante otra barbaridad del PP: la desprotección ambiental. Para eso sobra el Ministerio de Medio Ambiente. Mejor sería nombrarlo Ministerio Sin Ambiente. Ni dentro, ni fuera”. Hay que abolir la actual Ley de Montes para evitar aviesas intenciones o despertar intereses que van contra la vida.

Si a estas ocurrencias legales de un gobierno con orejeras, añadimos la corrupción como sistema de su actuación política, apaga y vámonos. ¡Apaga! Nunca mejor dicho. Pero apaga pronto. Que el fuego se propaga. Como la corrupción. ¿A qué esperamos? fuego se propaga. Como la corrupción.

La profecía de los incendios