miércoles. 17.07.2024

Escena de verano

“La vista es la vida” (La vue c'est la vie)

Viernes 29 de julio. Doce del mediodía. Estaba esperando ante el túnel de una gasolinera cercana a mi pueblo a que acabara de lavarse el coche, cuando un señor de edad, ni viejo ni joven, sino todo lo contrario, se acercó y me preguntó:

-¿Esto cómo es?

Le expliqué que antes debía pasar por la oficina y allí adquirir una ficha que luego debía introducir en la ranura del aparatito, que a la entrada de dicho túnel había dispuesto.

-¿Cuánto cuesta?  -volvió a preguntarme el buen hombre.

-Depende... Hay varios precios, el más caro es “lavado y planchado” -dije en tono de broma, que el buen hombre no debió captar, a tenor de la expresión de su rostro; sin salir de su asombro, con  los ojos fuera de la órbitas, me preguntó intrigado:

-¿También lo planchan? ¡Ah!, no... Que me lo dejen  como  está... Pero limpio. A ver si me lo van a aplastar.

-No, hombre -le tranquilicé, y expliqué que el precio variaba según el tipo de limpieza, que el lavado completo era el más caro, pero era la mejor manera de dejar bien limpios carrocería, ruedas y bajos. Se acercó a la oficina y regresó con la tarjeta en la mano, mostrándomela. Volvió a preguntarme dónde colocaba esa cosa, que ni era ficha ni tarjeta, sino una especie de placa.

-La coloca aquí, en esta ranura -le indiqué-,  y la deja caer, sin apretar, según indica la flecha...

-Y yo, ¿qué hago? ¿Me quedo en el coche?

-Como quiera, pero no es necesario. 

Mientras le explicaba, observé que el buen hombre seguía mirando asombrado el ir y venir de los cepillos gigantes sobre la carrocería, girando y despidiendo agua y jabón. Se apartó, y recorrió el exterior del túnel escrutando el interior, tratando de vislumbrar el misterio que podía esconder la maquinaria, observando atentamente el ir y venir de los cepillos.

-Me va a tener usté que ayudar -dijo acercándoseme de nuevo sin dejar de mirar asombrado el proceso de lavado, cubierto el auto por los rodillos, despidiendo agua y espuma.

Cuando la vista engaña

Entonces yo no entendía el motivo por el que el hombre solicitaba mi ayuda una vez que hubiera colocado dentro del mecanismo el vehículo. Luego caí en la cuenta de tanto interés en descubrir lo que sucedía en el túnel de lavado, entre tanta cadena, los rodillos girando, despidiendo agua, jabón y aire. Cuando acabó de lavarse el coche, me percaté del engaño que al buen hombre le habían llevado su sentido de la vista y el cerebro. Había sufrido una tergiversación entre cerebro y vista, que corrobora eso de que no ven los ojos, sino el cerebro, y éste transmite a los ojos una idea, equivocada según la interpretación, cuando no coincide con el movimiento que se percibe. Sucede a menudo, sobre todo en las escenas del cine cuando vemos circular una carreta y nos parece que los radios de las ruedas se mueven para atrás. Pero esto no era una película, aunque era algo que por lo visto -nunca mejor dicho- aquel hombre nunca había experimentado.

A estas alturas de la civilización y el progreso, donde el coche es un objeto más de uso diario y los túneles de lavado se encuentran hasta en el rincón más apartado de España, es difícil entender que alguien, que se supone tiene el permiso de conducir, nunca haya lavado el coche de esa manera y no sepa de su funcionamiento. No me lo podía creer; tanto era así que al final no tuve otra opción que preguntarle al buen hombre “de dónde había salido”.

-De casa -me respondió sin inmutarse-. Voy de boda...

-Ya. Se nota.

Y no era para menos. Se notaba a la legua. El paisano iba todo trajeado, camisa blanca impecable, abrochada hasta el último botón del cuello, sin corbata, los zapatos relucientes, y para no desentonar, con toda razón y lógica, quería que su coche fuera también reluciente, limpio como la patena.

-“Lavado y planchado” -me dijo emulando mi frase, con cierto orgullo y amplia sonrisa. Luego de una pausa, cuando estaba a punto de detenerse el proceso de lavado, agregó-: No tarda na

-No, esto va rápido. Cinco minutos.

El buen hombre seguía observando el coche dentro del túnel, tratando de averiguar el movimiento hacia atrás y hacia adelante, asombrado, incrédulo. 

-Eso d'alante y d'atrás del coche pa que vaya bajo los cepillos... no sé cómo me saldrá. Me tiene que ayudar, si no le importa -me pidió otra vez.

Le ofrecí mi colaboración en lo que hiciera falta, mientras el semáforo indicando el final de operación del túnel se encendía. Cuando el grupo mecánico se detuvo en seco, dicho con toda propiedad, yo me acerqué a sacar mi coche.

-¡Anda! Si es suyo.

-¿El qué? -pregunté.

-¡Coño! El coche.

-Pues claro.

-Yo creí que usté era el dueño o encargado de la gasolinera y estaba aquí vigilando. Pero, ¡anda!, no hay nadie en el coche.

-¡Claro! No hace falta, ya le dije...

-¡Y cómo se mueve pa'atrás y pa'alante... ¡No había nadie adentro!

-No hace falta. Si usted quiere quedarse, lo puede hacer, pero para el lavado no tiene por qué estar subido.

-Y ¿quién mueve el coche? -me preguntó cada vez más intrigado y más asombrado.

Entonces me percaté del engaño que el buen hombre había sufrido, haciéndole ver lo que no veía, que el coche se moviera de una parte a otra, y no que los gigantescos cepillos eran los que automáticamente recorrían el vehículo hacia atrás y hacia adelante, y viceversa. Me expliqué por fin su intenso interés en indagar dentro del túnel. Le parecía que no había nadie dentro del coche, o él entre tanto espumarajo y vaivén, no lo veía; pero se movía, y eso era imposible porque los coches no se mueven solos, alguien tenía que estar en su interior, aunque él no lo viera. De ahí su afán por descubrirlo y su constante acción indagatoria, que no cesó hasta que comprobó, con sus propios ojos, que efectivamente en el interior no había nadie, que el coche se lavaba solo, detenido entre aquellos misteriosos raíles, bajo aquellos cepillos giratorios que despedían agua, espuma, vapor y aire por todas partes. Que los cepillos se movían sobre el coche aunque pareciera que era el coche el que oscilaba como un péndulo, de babor a estribor, y de estribor a babor, que diría un marino.

De dónde habría salido el buen hombre. Y tenía coche. Al menos, conducía. ¿Lo habría lavado alguna vez? Sí, pero con la manguera. Perdón, se me olvidaba, había salido de casa. Como todo el mundo.

Moraleja: En verano, en la carretera te puedes encontrar cualquier cosa. Desde una gasolinera, a un paisano que va de boda, o un perro abandonado... Nunca, coches que se muevan solos. Por eso, precaución. Y buen ojo. No te lleves a engaño. Como dicen los franceses en un juego de palabras: Au volant, la vue c'est la vie (Al volante, la vista es la vida). Hay que salir de casa, y también, regresar. Lo más importante.

Escena de verano