viernes 30/10/20

Cayetanas... ¡Muéranse!

Sé que puede sonar fuerte el desiderativo del titular , pero más fuerte, sin razón y con “peligro de muerte y se ha de confesar”, suenan esas cacerolas sin estrenar, cuyo uso acaban de descubrir las gentes del barrio de Salamanca en Madrid, y pretenden contagiar a otros barrios lujosos de otros parásitos en otras ciudades. Como si Madrid no tuviera todavía suficiente con esta pandemia. Son irresponsables, peligrosos, ignorantes, y por mucho ruido que metan son pocas las nueces que ni sombra hacen a otras manifas de gente normal y corriente. Son minoría privilegiada por una dictadura que les favorecía, apoyados y beneficiados por su corrupción, y ahora se creen con derecho a protestar, amparados por una democracia que detestan pero utilizan. Así ha sido y es su vida y fortuna, que no quieren perder. Mejor estaban antes, cuando a ellos nadie les mandaba, porque ellos, cayetanas y cayetanos, duques y grandes de una España inmóvil, mutilada, y muerta, tenían mando en plaza, parapetados en su cuartel a las órdenes y prebendas que les caían encima sin comerlo ni beberlo, sólo con aplaudir al más grande, explotar al más débil, y pisar a quien estuviera debajo. Tenían clase, pero evitaban hablar de clases, para soterrar la lucha y evitar cambios.

Ahora, cual yeguas desbocadas por el aguijón del tábano, se lanzan a la calle, esa que también creían que era suya, para gritar algo que no sabían lo que era, porque para ellos libertad es comprar donde les diera la gana y gastar lo que se les antojara, sin importarles ni crisis ni paros ni desigualdades. Parásitos en un mundo de gentes variopintas y normales que producen a diario, que saben para qué son las cacerolas, los coches, las mesas, las hoces y los martillos, que, como tantos otros útiles, idean, fabrican y construyen otras gentes, que ellos no tienen en cuenta. Ellos se aprovechan de lo que hacen otros. Son esos zánganos de la colmena que utilizan a las obreras para sustentarse, tanto en el ámbito doméstico como en el empresarial y político. Sin las clases de abajo (ya que han sacado a relucir este término denostado que hoy se trata de ocultar por si las moscas llega otra revolución en la que rueden sus negocios y sus cabezas, como antaño), ellos, cayetanos y cayetanas, sin los de abajo, repito, no sabrían vivir ni hacer negocios, casi siempre sucios, o al socaire del político de turno.

¿Para qué quieren salir de su confinamiento? ¿Por qué no respetan lo que todo el mundo respeta para evitar muertes y contagios? Por derrocar al gobierno. ¡Por eso y sólo por eso! Porque este gobierno piensan que quiere implantar la hoz y el martillo, útiles de trabajo, y ellos en su vida han trabajado. Para ellos lo normal es derrocar un gobierno como sea, incluso a cacerolazos, que para eso se las dan de emprendedores y buenos empresarios, capaces de regalar mascarillas o apartamentos a la dirigente de turno, que ya se encargará ella de alabarlos y seguir con las prebendas, clientelismos y favores.

Emprendedores de iglesia y política

La ursulina IDA, que rige los destinos de la Comunidad más contaminada, ha hecho referencia a la responsabilidad y buen hacer de varios empresarios, ejemplo de emprendedores, al verse pillada en el “alquiler” -es un decir- de dos apartamentos, propiedad -es otro decir- de un empresario que no era nadie antes de tomar el PSOE el poder, muy amigo del presidente Felipe González, apellidado Sarasola, cuyo hijo, siguiendo las pautas del padre, se arrima también al político de turno, en este caso la cuidadora de la perra de Aguirre, santa Isabel, milagrera donde las haya al multiplicar panecillos y pizzas para niños pobres -que cada vez hay más-. La IDA aprovecha para alabarle y ponerle de ejemplo de emprendedores, junto a otro amigo de marras, metido también en la hostelería y restaurantes de lujo, Luis Lezama Barañano, vasco sin ejercer, paisano y vecino del Abascal, la vox del norte perdido. El susodicho padre Lezama, capitoste y empresario, para más inri y conveniencia, es cura, se ha valido de tal estado eclesiástico para conseguir favores, incluso de la Casa Real, amigo como era del confesor de la Reina o del Rey, tanto monta, un dominico, cuyo nombre callo por estar plantando ya malvas sagradas. Este cura, fíjese usted, alegaba a la hora de montar sus empresas, que eran obras sociales en beneficio de los niños pobres. Y pedía por ello, y por ello le daban, sabiendo (o sin saber) que la iglesia y sus caridades estaban por medio. Nada más lejos de la realidad. En sus restaurantes, la “carta”, de lo más caro de Madrid, no estaba hecha, como le oí al dar instrucciones al cocinero, “para que se me llene esto de albañiles y gente de mal vivir”. Era para gente de clase alta, con “mucha pasta”, como sus hoteles, desde casas reales, de reinos sin cetro (salvo el nuestro que lo mantiene) de los antiguos países tras el telón de acero, a políticos y personajes de alcurnia. Por cierto, nada de pizzas, ni comida basura, sino “corazones de solomillo de toro al strogonoff”, que suena a ruso pero de comunista tiene bien poco, como el cura, cosa normal en un hombre de Dios que adora el dinero, mayormente si es empresario dedicado a hacer el bien de estómagos selectos. Amigo del Sarasola padre. Y ahora también del hijo. Y si es preciso hasta del Espíritu Santo, emparentados por la inmejorable señorita IDA (Isabel Díaz Ayuso, por si a estas alturas todavía alguien no se había enterado). Vaya dos pájaros... Ejemplo de emprendedores, tantos como salen de ese ínclito barrio madrileño, que incluso reivindican la misa. Por algo siempre van unidos política y religión. Tal para cual.

Al Sarasola hijo apenas si lo conozco, aunque muchas de sus empresas están en la ruina técnica y económica, según mis informaciones. Seguro que con el tiempo y dadas sus magníficas relaciones, acabarán boyantes, como ha sucedido en otras ocasiones, véase el ejemplo de ACS del ex concejal Florentino Pérez. Al amigo de la Ayuso le conozco de referencias, pero al cura, como dicen en mi pueblo, le conozco “desollao”. De primera mano. Desde sus orígenes, antes de montarse en el dólar, y olvidar lo que tanta gente le ayudamos: abogados, periodistas, dibujantes, comerciantes, economistas, hasta toreros y camareros, etc, a los que llamaba amigos, y utilizó y explotó laboralmente, engañados porque nadie puede imaginar la doble cara de alguien cuya ética y moralidad deben estar fuera de toda duda. Podía haber aprovechado para hacer ese acto colaboracionista ofreciendo su catering a los niños necesitados. Pero no, lo tiene únicamente a disposición del buen postor; catering bien caro y de poco “fundamento”, presencia sin consistencia como esa manifa de la jet. No habría inconveniente, salvo el precio, a ofrecérselo a su alabadora, la IDA, y poder dar algún filete a esos niños que carecen de comida... La vergüenza de un país cuyos dirigentes, porque quieren cambiar eso, las cayetanas quieren cambiar... Tal es el fin de estas cacerolas de culo brillante, sin estrenar, pero sonoro. No piensan -qué van a pensar, no nacieron para eso- que su presencia masiva en la calle, cual rebaño de ovejas -con perdón a las productivas ovejas- es un foco de peligro de muerte, mejor dicho,  peligro de vida. Sobran en un país productivo que se mantiene a flote gracias al sudor ajeno. Su inconsciencia atrae la muerte. Esa es la verdad.  Pero si sólo murieran los que así viven y no piensan..., pegados masculinos y masculonas a una cacerola, dando golpes porque ni al agua dan golpe. Zánganos en una colmena de leche y miel. Métanse su clase donde les quepa junto al virus. ¿Muéranse! Mejoraremos todos los demás. Puede ser una fórmula de acabar con tanta desigualdad.

NOTA: No volveré a hablar más de este pájaro eclesiástico, salvo que el guión lo exija, conociendo como conozco su lema: “que hablen de mí aunque sea mal”. Sabe que estar en boca de muchos no deja de ser publicidad que así se ahorra pagar, y eso le viene bien a sus negocios, protegidos por la iglesia y la política. Astucia no le falta.

Cayetanas... ¡Muéranse!