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martes 24/5/22

La vieja historia de una historia nueva

Todos los partidarios de la historia como repetición de sí misma son espíritus pobres, carentes de conciencia de aventura.

La historia se repite. Una frase deshecha de tan hecha como está y que hace de la historia una noria absurda, estatificada, convertida en una piedra dura, inamovible, pesada, que abandonamos hartos de un esfuerzo inútil por cambiarla u orientarla hacia un nuevo horizonte. La historia se repite. La oímos cien veces a lo largo del día, en labios acríticos, agrietados de aburrimiento, hastiados de iniciar una ruta que haga del tiempo un elemento dinámico que camina hacia donde el elemento humano le indique porque ha tomado conciencia de su papel de artífice, de hacedor de acontecimientos capaces de un discurrir lineal y un desprecio de la concepción de cangilones repetitivos, pálido el tiempo de ser tiempo.

Todos los partidarios de la historia como repetición de sí misma son espíritus pobres, carentes de conciencia de aventura, cobardes de lo que Laín Entralgo denominó “la empresa de ser hombre”. Esta actitud es muy propia de los políticos españoles. Demuestran un miedo patológico cuando alguien se atreve a proclamar la linealidad del quehacer humano y la conversión de ese quehacer en historia política. Se han hundido en su visión de salvadores de todo y de todos y no quieren ser conscientes de que sus raíces están podridas hasta el punto de que cualquier viento de novedad puede tumbarlos para siempre y sepultarlos en el olvido más profundo. A Franco, dedicado a ser noria de sí mismo, nuestros hijos no lo conocen y nosotros, los mayores, no podemos recordarlo más que por su destructora postura de la libertad y por las cunetas cuajadas de esqueletos inocentes.

Estamos en tiempos de elecciones. Ahí están los partidos que alguien llamó dinásticos porque parecen ser continuadores de nadie sabe exactamente qué. Porque la extrema derecha fundada por Fraga resulta ser ahora “centro derecha”  y la que debía ser la izquierda de Pablo Iglesias es “centro izquierda”.

Cuando a los sustantivos de derechas o izquierdas hay que adherirle los adjetivos de centro, estamos hablando de la vergüenza de aceptar ser derecha extrema o izquierda-izquierda. Ortega renunciaba a sufrir hemiplejias políticas. Estos partidos con peso histórico  han ido renegando de su ayer y se han convertido en entes muy similares, coincidentes a veces hasta el extremo de unirse a escondidas para modificar la Constitución y cambiar el rumbo de la economía y las consecuencias que ese cambio ha arrastrado.

De repente surgen nuevos partidos. Traen en sus mochilas muchos defectos, es verdad. De ahí su necesidad de cambios de enunciados, de rectificaciones, de virajes que van a veces del entusiasmo al desaliento. A todos nos repugna la visión de un joven convertido en anciano en sus expresiones orales, en sus propósitos inalterables, en su univocidad impropia de la hermosa tarea de ser joven. Han dejado atrás el traje Armani, el loewe, la corbata de seda y los mocasines italianos. Han aprovechado las rebajas, la camisa de diez euros y zapatillas no elegantes de las que hacen niños de ocho años en países lejanos y que después son vendidas a setenta y cinco euros por empresarios que empezaron de la nada y ahora son clase alta “porque se han hecho a sí mismos”  y son dignos de admiración.

Estos jóvenes hablan de reparto de bienes, de urgente ayuda a ciudadanos sin recursos, de la obscenidad de los desahucios, de la desigualdad de salarios y trabajos, de la chavalería sin futuro, de los padres y madres que no tienen un trozo de pan para sus hijos. Y dicen que no es así la vida, que hemos sembrado la injusticia porque le conviene a una minoría, que hay que repartir los bienes de la tierra, que los derechos son patrimonio de todos y no de unos pocos. Llegan gritando que la utopía es una verdad prematura, pero verdad, que la palabra, como el pan, es patrimonio de todos, que los que vienen de fuera son hermanos, que los hombre y las mujeres poseen la suprema igualdad de la diferencia, que el amor está por encima de la banca, de las inversiones, de la prima de riesgo.

Y entonces los partidos dinásticos que son de derecha pero de centro, de izquierda pero de centro, se sientan en el casino del pueblo a fumar y a ver pasar ese entusiasmo de juventud, mochilas de futuro, voz de mañanas renovadas, de horizontes recién hechos, ricos de humanidad como un pan caliente y sonríen con el desprecio del que tiene claro que la historia hay que repetirla porque les ha ido bien siendo noria, girando sobre sí mismos. Y les echan en cara el delito de ser jóvenes, del pecado de la improvisación, de que la veteranía es un grado, de que deben cuidar las formas porque no es decente ir en autobús cuando lo elegante de un político es que un chofer servilista les abra la puerta y se instalen en el asiento de piel del Mercedes para hablar con la amante.

Algunos son fotocopiadores de la historia. Otros son inventores de un mañana fecundo.

La vieja historia de una historia nueva