jueves 09.04.2020

Hacia ninguna parte

Vienen por el mar. Son mar. Muertos que serán olas para siempre. Espuma amarga para siempre.

Vienen por el mar. Son mar. Muertos que serán olas para siempre. Espuma amarga para siempre. Sal que escuece hasta el final. Huyen. Sólo huyen. Viene la muerte a zancadas largas. Hay que sacarle ventaja. Porque la muerte es astuta. Se hace concertina, cuchilla que desgarra, que se adentra buscando caminos en la sangre. Aunque Rajoy diga que no está seguro de que hagan daño. Los fabricantes llevaban tiempo estudiando el diseño. Porque son puñales de diseño. Como los de acero toledano. Diminutas guadañas que siegan espigas como Aylan, espigas tiernas. Y manos callosas, llenas de caricias destinadas a muslos de seda. Manos de ingeniero, de arquitecto, de hacedores de pan caliente para las bocas de los hijos. Manos que ahora escarban para zafarse reptando de las cuchillas que matan, aunque Rajoy ni siquiera sepa si hacen daño. Los diseñadores están de enhorabuena.  Tienen encargos que superan las previsiones. Habrá reparto de beneficios entre los miembros de la sociedad. La sangre cotiza en bolsa y las acciones están en alza.

Son miles. Como si los cañones de la guerra (otro negocio en alza) los hubiera lanzado aire arriba para que caigan lejos, muy lejos, no importa dónde. Si no huyen mueren aquí, piensan los fabricantes de armas. Ellos verán. A nosotros nos importa la cuenta corriente. La vida de ellos vale lo que un puñado de tierra que les tape los ojos para siempre. Con sus crías en brazos. Con sus viejos en sillas de ruedas. Madres todavía con la leche materna en sus pechos duros de vida. Padres con el corazón harto de muerte. La muerte les pisa los pies descalzos. Los espera al final, aunque nunca hay un final. Andar siempre, huir siempre. Hasta encontrarse con la policía húngara que aplasta las espaldas. Hasta ser zancadilleado por una periodista infame que consigue reírse cuando ruedan por el suelo un hombre como un castillo con un niño como un geranio.

Los políticos ponen voz ronca para asegurar que es un problema tremendo. Javier Maroto da el parte de guerra: cuidado, que entre tanto dolor hay (presente de indicativo-afirmativo) miles de yihadistas que vienen a poner bombas en Atocha y ahora no se podrá decir que fue ETA. Hay que distinguir, dice el sabio Margallo, entre los que huyen del hambre y los que huyen de la guerra. A unos hay que hacerles un Tomografía Axial Computerizada del estómago como si de un cáncer de digestivo se tratara. A los otros hay que punzarles el corazón para detectar el miedo. Los ministros de asuntos exteriores saben discernir. A unos les niegas el pan y terminan muriendo con los ojos cerrados como rosas negras. A otros se les hiela el corazón, como diría Miguel Hernández. Los ministros saben. Y se reúnen después de despachar con la amante con cargo al presupuesto nacional. Hay que tomar decisiones que tardan porque los políticos siempre toman decisiones a largo plazo, menos aquellas que recortan derechos ciudadanos, ayudas sociales, medidas contra el paro y algunas otras, que se toman a toda prisa, en verano y sin que nadie se entere. Estas de los refugiados pueden esperar. Han calculado que sólo morirán quinientos o mil y eso no vale una prisa porque los políticos también comen langosta y duermen en hoteles cinco estrellas porque su trabajo les exige estar en forma.

Mientras, ellos huyen. Van aprendiendo a correr, piensan con una sonrisa. Pero la inocencia los traiciona. Cuando la policía les dice que van camino de Alemania lo creen, pero resulta que los encierran en campos de concentración y les tiran el pan al aire como a los perro callejeros. Hay viejos que se rinden. Han echado las cuentas. Setenta años. No puede quedar mucho. Mejor morirse aquí y ahora para que el nieto no tenga que tirar de su cansancio infinito. Y se mueren  haciendo un acto de última generosidad. Y los nietos lloran, pero a la policía no les importan las lágrimas ni los lutos del alma.

Y la embajadora de Hungría muestra su preocupación por la composición étnica de la futura Europa. Porque no es comparable ser moro que cristiano-vigía de los valores de occidente. Y los neonazis son conscientes de que la sangre debe ser pura aunque eso cueste fusilar los glóbulos rojos de esa mayoría que se arrastra por debajo de las alambradas. Y nuestro ministro del interior asegura que el terrorismo viene mezclado con la miseria de los fugitivos y él sabe que si muere un solo español su vida valía más que la de miles de agonizantes en los desiertos. Y ruega a la virgen que lo ilumine para saber distinguir entre los que son amados por dios y los que sólo tienen su desprecio porque doblan sus cuerpos en las mezquitas pecadoras ante Alá.

Ellos no van a ninguna parte. A lo mejor nosotros, tampoco.

Hacia ninguna parte