Hoy, más que nunca, es absolutamente necesario reaccionar ante el pensamiento conservador que recorre Europa.

Nadie duda de que el mundo cambia; y en estos tiempos muy deprisa. Hace unos meses nos levantamos con la firma del Acuerdo de Asociación Transpacífico. Acuerdo por el cual el 40% del PIB mundial se puso de acuerdo para mejorar sus economías; lo que aún no sabemos es si mejorará la vida de los ciudadanos que allí conviven. Para los ciudadanos de Europa, la mejora de las economías sin impacto en la mejora de la sociedad es un modelo con el que nunca deberíamos sentirnos identificados. Robert Schuman en su declaración de 9 de Mayo de 1950 dijo “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”

Así pues, la Unión Europea hoy se enfrenta a sí misma, al propio espíritu de su constitución. ¿Qué querían aquellos hombres que tras las Guerras Mundiales pensaron que había que construir un espacio europeo común? ¿Qué pretendían al hacer natural el intercambio entre países de bienes y servicios, la circulación libre de los ciudadanos de los países miembros? ¿Qué soñaron al alumbrar instituciones comunes, como el Parlamento Europeo o el Tribunal de Justicia Europeo? No creo que quisieran construir un Club cerrado, con miembros finitos; que lo único que  garantizase fueran derechos y beneficios obtenidos a un determinado número de ciudadanos. Si eso es en lo que se ha convertido la Unión, nos hemos olvidado de que su espíritu nació como un compromiso por la paz, por el bienestar de las personas y por el progreso económico y social.

Hoy, más que nunca, es absolutamente necesario reaccionar ante este pensamiento conservador que recorre Europa. Pero no hablo de conservador en su vertiente ideológica que va unido al pensamiento político de derechas. No hay nada que nos haga retroceder más que el conservadurismo que tiene como objetivo quedarse como está, corriendo el riesgo de perder, no sólo el futuro, sino lo que tiene. Por eso el reto europeo es avanzar.

La capacidad de influencia de una Unión transfronteriza de más de 500 millones de personas y su potencial económico, no puede inhibirse de lo que pasa en el resto del mundo. La globalización de la economía, el reto de las migraciones, el respeto a los derechos humanos en cualquier país esté donde esté, la construcción de espacios de aplicación de justicia universal, la lucha contra la flagrante desigualdad,… Sólo bajo este paraguas la construcción europea vuelve a tomar sentido.

El siglo XXI, que acaba de comenzar, debe tener contrapesos en un orden mundial donde ante los nuevos gigantes económicos que se conforman sin alma, tengan un claro bloque económico que influya en poner en la agenda política lo social, este será el papel de la Unión Europea en el nuevo espacio mundial, o no será.