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Venezuela: ¿vais a perpetrar otra carnicería?

Liderados todavía por Estados Unidos, el mundo entero vive un proceso de vuelta al feudalismo

Una de las cosas que más sorprende de lo que está pasando en Venezuela es la manipulación informativa -como en tantas otras cosas- y política con la que tratan de hacer ver a la población de muchos países, que lo que ocurre en ese país es un problema nacional, propio, algo de lo que depende su futuro y su bienestar. No hay medio que escape a esta conjura de los necios, pues entre todos han colocado al país en el epicentro de la política mundial sin que exista motivo para ello, al menos el que exponen diaria y machaconamente los medios que toman a las personas por imbéciles y asesados.

Venezuela es un estado que no tiene ningún peso en la política internacional, la única relevancia, la única notoriedad real que la ha llevado a las primeras páginas de periódicos, informativos y redes sociales es que es uno de los países más ricos en materias primas del mundo. Posee las mayores reservas de petróleo, oro, gas natural y bauxita, teniendo además enormes cantidades de hierro, diamantes, esmeraldas, coltán, fosfatos, manganeso y niquel, es decir, es uno de los países más ricos del mundo en materias primas imprescindibles para el mundo rico Occidental, dándose el contraste, como en todos los países similares como Congo, Nigeria, Irak, Sudán, Libia o Senegal, de que pese a sus inmensa riqueza en recursos naturales son países que no pueden desarrollarse a través de ellas debido a la codicia de los países más ricos del mundo. En el caso de los países africanos porque han sido sometidos desde su independencia a procesos bélicos interminables que han cambiado sus fronteras, su régimen político y la vida de sus ciudadanos hasta someterlos a la miseria más destructiva y alienante; en el caso de Venezuela porque la revolución bolivariana, en buena medida, respetó a la oligarquía que gobernó la nación desde que se separó de España, una oligarquía tradicionalmente golpista, corrupta, educada en Estados Unidos y con una sentida docilidad hacia el amo norteamericano.

Esas élites gobernantes que dominaron la vida del país al dictado de Estados Unidos durante doscientos años, continúan poseyendo buena parte de la renta nacional y controlan los canales de distribución de alimentos y productos de primera y segunda necesidad sin que el régimen nacido de la revolución bolivariana haya sido capaz de crear redes paralelas que sustituyan a las manejadas por la oligarquía, lo que ha provocado, junto al bloqueo de Estados Unidos y otros países, escasez de muchos productos mientras se pudrían en los almacenes de los puertos o de los centros de distribución de los venezolanos más ricos y patriotas. De modo que tenemos tres causas que explican las carencias que hoy sufren algunos habitantes de ese país: un boicot comercial directo e indirecto liderado por Estados Unidos y seguido por sus países satélites; un boicot interior urdido por la oligarquía tradicional y una falta de decisión del Gobierno para intervenir o hacer que funciones las redes de distribución. Si a eso añadimos que Estados Unidos y sus amigos petroleros han hecho fluctuar a la baja el precio del petróleo como arma para combatir a sus “enemigos” y apropiarse de lo que no es suyo por mucho tiempo, tenemos la ecuación perfecta que nos llevará, en breve, a contemplar como el amigo americano destroza otro país con la connivencia y el aplauso de los corifeos que le acompañaron en tantas otras matanzas.

Pero además, caben otras consideraciones. De todos es sabido que China lleva muchos años penetrando en América Latina y en África, ganando terreno a los yanquis en el mundo que posee abundantísimos recursos naturales, aunque no lo hace mediante la guerra o el golpe de estado, procedimiento habitual de los hijos de Monroe, sino mediante tratados, obras públicas, créditos y otras fórmulas mucho más sibilinas. Con la llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos, la nomenclatura del país -que varía poco de un presidente a otro- vio propicio el momento de poner coto a la expansión china, primero declarándole una guerra comercial, después dando un golpe de fuerza en Venezuela, lo que sin duda haría ver a la potencia oriental y a todo el mundo que Estados Unidos sigue siendo la potencia hegemónica y le aseguraría combustible y otras riquezas al menos para los próximos cincuenta años, dejando aplazado sine die esa cosa tan pregrina e insustancial que es el cambio de modelo energético hacia fuentes que no dañen al Planeta.

Liderados todavía por Estados Unidos, el mundo entero vive un proceso de vuelta al feudalismo, a un mundo ya conocido donde individuos y países han de rendir vasallaje a individuos y países más poderosos si quieren sobrevivir o vivir con un poco de holgura. Quien no rinde vasallaje es un enemigo declarado al que hay que combatir y exterminar mediante todos los medios al alcance, incluida la guerra y la aniquilación del país. Nadie se puede mover, las decisiones no las toman los ciudadanos al votar a sus representantes, sino que se toman al margen de lo que digan los pueblos en los despachos de los grandes rectores de la globalización capitalista. Da igual que la diferencia entre ricos y pobres sea cada vez mayor, que en los países occidentales las bolsas de pobreza sean cada vez más grandes, que la miseria se generalice; importa un bledo que las temperaturas lleguen a extremos difícilmente soportables para la vida humana, que el mar esté lleno de plástico y mierda, que los bosques mengüen a ritmo inquietante, que los ríos apesten, que los derechos de los ciudadanos se pisoteen, aquí lo único que importa es que las grandes corporaciones que dominan el mundo global sean cada vez más grandes, más poderosas, más ricas, hasta que se conviertan, por su ceguera, en las más ricas del cementerio en que se convertirá la Tierra en breve de no ser capaces de acabar con esta locura de destrucción y muerte.

Venezuela es una pieza más. Poco importa si las elecciones que tan a menudo se han celebrado allí sean limpias o no; poco si el pueblo sufre carencias y necesidades; nada si se respetan los derechos humanos, ahí tenemos como ejemplo a países amigos tan democráticos como Arabia, Marruecos, Egipto o los Emiratos Árabes para demostrarlo; lo que de verdad importa es hacerse con el control de las materias primas y demostrar quien tiene los cojones más gordos, aunque sea a costa -como tantas otras veces- de la vida de millones de personas. El seguidismo respecto a Estados Unidos que de nuevo ha mostrado la Unión Europea, demuestra su debilidad, la falta de un proyecto exterior propio y el miedo atroz a quedarse fuera del reparto de la tarta que ahora mismo, como si estuviésemos en pleno colonialismo, se está disputando. En cuanto a España, con la honrosa excepción de Rodríguez Zapatero, no se pueden hacer las cosas peor: Con Venezuela compartimos cultura y lengua, nuestra labor allí estaba muy bien representada por lo que estaba haciendo el expresidente socialista. Reconocer a un presidente ultraderechista que se autoproclama, si no trajera consecuencias sangrientas detrás, sería un dislate impropio de una diplomacia seria y de un país soberano al que le unen muchas cosas con otro que también lo es. Por demás, España tiene muchísimos problemas que resolver en su interior que siguen sin soluciones, entre otros el empobrecimiento progresivo de su población, la corrupción endémica heredada del franquismo, el avance de los ultras y el blindaje -como ahora gusta decir- de los servicios y derechos púbicos fundamentales.