lunes 30/11/20

Cuando fuimos refugiados: la Europa del miedo

El exilio republicano español que comenzó en 1936 supuso una verdadera hecatombe humanitaria. Un ejemplo de lo que no debemos olvidar para que no se repita en la Europa de hoy.

Aunque el exilio republicano español comenzó a las pocas semanas del golpe de Estado africanista de julio de 1936 y no dejó de manar durante toda la guerra, la caída de Barcelona y posteriormente de Catalunya supuso una verdadera hecatombe humanitaria porque durante poco más de quince días abandonaron el país casi medio millón de personas en medio de una tremenda ventisca de nieve pirenaica que dejó a muchos de ellos tendidos para siempre sobre las blancas praderas de la desolación. A pie, en carros tirados por mulas, en coche y en camionetas cientos de miles de personas salieron del país con las tropas criminales tras sus talones. Muchos eran soldados de a pié, otros ni siquiera habían entrado en combate, huían porque sabían lo que las tropas franquistas habían hecho en todas las tierras que habían conquistado, llenarlas de sangre hasta ocultar su color verdadero. Nadie se sentía seguro, salvo aquellos que habían mantenido una manifiesta “posición neutral” de apoyo a los felones o quienes, de un modo u otro, contaban con el aval de algún obispo, falangista o militar de alta graduación. El terror de aquellos días infaustos se puede simbolizar en uno de los españoles más egregios, Don Antonio Machado, quien junto a su madre y la familia de su hermano José fue trasladado en automóvil desde Barcelona hasta Cerbere, donde las autoridades francesas les hicieron bajar de los vehículos y abandonar todas las pertenencias que llevaban, incluso una pequeña cartera donde Don Antonio guardaba sus papeles más queridos, esos que la sinrazón nos robó para toda la eternidad. Machado venía enfermo, enfermo de bombas, de atrocidades, de ver como la España medieval y brutal iba asolando el suelo que tanto había amado. Murió a los pocos días en el hotel Quintana de Colliure, un 22 de febrero, tres días después lo hizo su madre de ochenta y cinco años. De aquellos días de inmensa tristeza quedan unos versos alejandrinos que fueron los últimos que salieron del corazón del poeta inmenso: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Machado estaba enfermo, había enfermado durante la guerra, pero la enfermedad no le impidió dirigir Hora de España, una de las más impresionantes revistas literarias publicadas en el mundo, ni intervenir en mítines, reuniones y conferencias en la Valencia republicana que le dio cobijo cuando las bestias cercaban Madrid para devorarlo de una vez por todas. Su enfermedad mortal, fue la derrota, el dolor de saber lo que esperaba a España bajo la bota de militares analfabetos y curas ultramontanos. Allí siguen sus restos, junto a los de su madre, en Colliure, recibiendo cartas y flores, lejos de España, como un faro incombustible que avisa sobre la infinita crueldad de quienes dicen amar a España matando españoles, negándoles su ser, sometiéndolos a sus caprichos e intereses para defender sus privilegios.

Aquel día triste del gélido febrero de 1939, cientos de refugiados españoles acudieron al entierro del poeta. Les habían dado un permiso especial, sí un permiso porque todos ellos estaban en campos de concentración habilitados por el muy democrático gobierno francés para encerrar a los miles de republicanos que huían de la muerte a su admirada Francia, el país de la democracia y la libertad que no tuvo para con ellos ninguna generosidad en la lucha contra el fascismo ni en la hora de la derrota. Sainy Cyprien, Argelès-Sur-Mer, Le Barcarès, Gurs, Le Vernet o Bram son algunos de los nombres de esos centros de ignominia donde los republicanos españoles eran clasificados según su “peligrosidad”, edad, profesión, enfermedad o sexo; de allí muchos fueron llevados a campos de trabajo, otros se alistaron en la Legión Francesa y en el maquis para liberar País o Lyon y otros, unos diez mil, fueron enviados a la muerte en el campo de concentración nazi de Mauthausen. Hoy al recordar aquellos tristísimos días –vísperas de otros que destruirían el continente de Este a Oeste y de Sur a Norte- en que Europa abandonó a España al nazi-fascismo y encarceló masivamente a quienes habían luchado contra él como ningún otro país lo hizo, me vienen a la cabeza y al corazón esas imágenes infames de los refugiados que huyen del Oriente del petróleo, de ese mundo al que hace años declaramos la guerra por un puñado de barriles de petróleo alegando que tenían armas de destrucción masiva, de ese al que destruimos implacablemente sin dejar piedra sobre piedra, de ese que entregamos al Estado Islámico en nombre de la civilización occidental dándole fusiles y bombas fabricadas por nosotros, de ese que destruido primero por las guerras contra Irak, sigue sufriendo la ira de los dioses del capitalismo en forma de bombardeos masivos que sufren quienes no saben siquiera de dónde ni por qué vienen las bombas. Asesinados, torturados, golpeados, destruidas sus moradas por todos los que van llegando, a los habitantes de Siria, Libia, Irak –como a los republicanos españoles de 1939- ya no les queda más opción que la huida, que huir del fuego y la muerte, aunque sea a ese paraíso tantas veces visto en la televisión donde no se les quiere, donde se les desprecia salvo que vengan ataviados con el bisht y cargados de montañas de dólares.

Como ocurre con España, sucede con Europa. Hay una Europa generosa, culta, sensible y creadora que ha sido capaz de dar al mundo las cotas más altas del pensamiento, el arte y la política, es la Europa de Leonardo, Erasmo, Cervantes, Voltaire, Rousseau, Marx, Víctor Hugo, France, Mann, Brecht, Habermas o Sampedro, es la Europa de la belleza, de los Derechos Humanos, de la comprensión, la tolerancia, la solidaridad, el asilo; pero hay otra España y otra Europa, la Europa de Bonifacio VIII, Savonarola, la Inquisición, Fernando VII, la Santa Alianza, De Maistre, Maurras, Mussolini, Franco y Hitler, es esta Europa, esta España la que hoy manda, la que bajo el paraguas y las directrices de la Nomenclatura de Bruselas tortura a los propios europeos olvidando lo mejor de su historia y reivindicando con énfasis todo aquello de nefasto que periódicamente la ha sumido en el fuego y la destrucción. Es esa Europa, que hemos de destruir para abrir paso a otra futura de libertad y justicia, la que trata a los refugiados como si fuesen ratas, como si esos viejos, esos padres o esos niños que huyen del infierno que nosotros hemos contribuido a incendiar no sintiesen, no tuviesen recuerdos, ni amores, ni raíces, ni querencias de ningún tipo, como si no fuesen personas de carne, hueso, alma y corazón. Ciudadanos expulsados de sus patrias, vagan de un lado a otro perseguidos por policías perfectamente pertrechados, montados a caballo, fusil y fusta en mano, dispuestos a arrojarles gases lacrimógenos y cualquier tipo de artefacto odioso, pero nunca a recibirlos, abrazarles, darles cobijo y sustento, trabajo y dignidad. Como en otro tiempo sucedió con los judíos, ellos son los responsables de las violaciones de Colonia, ellos quienes vienen a robar y delinquir, a violar en sagrado santuario de la gente bien acomodada. En su ceguera insoportable y premeditada, Europa, como Estados Unidos desde los indios, goza ahora buscando enemigo exterior –otra vez el turco a las puertas de Viena- cuando el verdadero enemigo vive dentro de la casa y en lo mejor de la misma dictando leyes para que Europa desaparezca como ya lo hizo dos veces durante el pasado siglo: El rechazo de Europa hacia los refugiados que vienen de Oriente es la antesala de un tiempo oscuro propiciado por el miedo, la ignorancia y la estupidez, padres de la crueldad y la destrucción. Aunque suene a salmodia, reaccionemos, paremos de una vez este sendero construido por los brutos contra el Ser Humano.

Cuando fuimos refugiados: la Europa del miedo