viernes 06.12.2019

Bordeando el precipicio

Esta mañana, temprano, he sacado a pasear al perro que heredé de mi hija, perro vacunado y revacunado que se alimenta mejor que muchas personas. Hemos ido a un pequeño jardín en el que las moreras magníficamente esculpidas no dejan pasar el sol, quizá el único sitio que hay en Alicante con esa característica ya que aquí todo es cemento y sol. En un banco de los buenos, de los que ayudan a la gente, no de los otros que parasitan la economía de todos, había una pareja de mi edad, bien vestidos aunque con ropa vieja, gastada. Sentados con las manos cruzadas sobre los muslos, miraban al horizonte sin decir una palabra. A su lado seis bolsas de mercadona con enseres domésticos y tres maletas grandes de las de antes, sin ruedas, llenas de cosas y atadas con correas. Pocas veces en mi vida he visto una imagen más triste. Les he preguntado -¡qué idiotez!- que si necesitaban algo, que si podía ayudarles de alguna manera. No tenemos nada, doscientos y pico euros que nos da la Generalitat y esto que ve usted. Podríamos decirle que nos trajese algo de comida, pero ¿va a venir mañana también? ¿Y pasado? ¿Y al otro? Necesitamos trabajo y un sitio donde dormir. Nada más. Yo me he ido destrozado con mi perro heredado y perfectamente aseado, ellos se han quedado en el jardín, pero me han dicho que allí sólo pasaban las noches, que enseguida se iban a otro lugar para que la policía municipal no los echase también de la calle.

El número de pobres, de excluidos, de acabados crece exponencialmente cada día. No hay trabajo para los jóvenes que buscan el primer empleo, tampoco para quienes lo han perdido y superan los cincuenta. Entre tanto unos cuantos miles de ejecutivos cobran sueldos incomprensibles y apenas pagan impuestos, quienes tienen trabajo echan horas extraordinarias como si no hubiese un ejército de parados y los concejales de muchos ayuntamientos viajan en coche oficial para ver como se coloca una señal de tráfico y tienen reservado asiento en el auditorio de turno o en el palco de honor de las fiestas patronales. Hay un mundo pequeño en el que todo es felicidad y derroche y otro mucho mayor, tan desconocido como odiado por esos, en el que vivir apenas merece la pena. Esto si es una emergencia nacional, esto si necesitaría de la aplicación inmediata y urgente de un 155 social que pusiera al servicio de quienes padecen y sufren la avaricia y la codicia de los poderosos rapiñadores toda la riqueza del país. Eso sería verdadero patriotismo, amor a la patria, al Derecho, a la Justicia y a la Constitución de que tanto hablan los patrioteros.

La cuestión catalana hay que tratarla en una mesa, con todo el tiempo del mundo, sin ningún condicionante ni cláusulas de obligado cumplimiento, pero esa negociación, que se dará si no llega el fascismo, no puede tapar la miseria por la que están pasando millones de personas en este país

Hace dos días Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se abrazaron, sobre todo Iglesias a Sánchez, para escenificar el pacto al que habían llegado en sólo unas horas para formar un gobierno progresista de esos que ponen los pelos de punta a Abascal y a su maestro Aznar. Se abre un periodo de esperanza que no puede ser tirado por la borda y que debería haber comenzado mucho antes. El problema más grave que tiene España en este momento es el crecimiento desmesurado de la pobreza y la exclusión, aunque lamentablemente esté tapado por el Próces, movimiento derechista que amenaza con llenar España de fascistas si no se actúa con la máxima celeridad. 

No es que tenga demasiada confianza en Pedro Sánchez, sus bandazos son de órdago aunque tiene un mérito para mi indiscutible: La resistencia ante la adversidad. En su cambio de actitud para regresar a lo que estaba acordado cuando ambos partidos firmaron los presupuestos que no se aprobaron y que dieron lugar a los comicios repetidos, puede haber influido tanto la buena fe como comprobar que el pacto con Unidas Podemos era la única vía que se podía explorar. Esperemos que haya sido así y que en breve podamos tener un gobierno que ataje al mismo tiempo la pobreza como el abuso brutal de las grandes corporaciones nacionales y globales, un abuso que está propiciando que miles y miles de personas hayan dejado de creer en la democracia y hayan optado por echarse al monte, convencidos de que la ley sólo existe para someter al que no tiene casi nada. Es mi esperanza, también mi temor.

Para que ese gobierno se constituya, sabedor de que tendrá enfrente a todo el facherío mediático, económico, futbolístico, religioso, procesional, pedáneo, aldeano, torero, analfabeto y patanesco, es menester que ERC se abstenga, pero en ese partido hay, al menos, dos sectores, uno que podríamos identificar con la generosidad y bondad de Lluis Companys y otro con la vesania fascista de Josep Dencàs. Si se impone esta última corriente no habrá gobierno de coalición progresista y esa vía concluirá antes de que llegue la Navidad. En ese caso, ténganlo muy claro, se compondrá un Gobierno de concentración nacional formado por el partido de Pedro Sánchez y el de Casado con el objetivo único de acabar con el Procés y reconducir la cuestión autonómica. Es lo que quieren los seguidores de Dencàs y los de Puigdemont, tipos con muy poco seso y con un egoísmo histórico pocas veces visto -quizás ninguna- en Catalunya.

Pero con ser terrible que ERC propiciase el fracaso de la formación del Gobierno PSOE-Unidas Podemos y el advenimiento de otro contranatura por la cuestión identitaria, la cosa podría no acabar ahí, sino, y no es descabellado, con la celebración posterior de otras elecciones que significarían una merma muy notable de votos para la izquierda y la constitución de un ejecutivo fascista de la mano de Vox y el Partido Popular. Ya, ya sabemos que cuanto peor, mejor, que independencia o barbarie, pero quienes eso dicen no han visto al fascismo en acción, ni saben lo que dicen los libros bien fundados sobre sus consecuencias terribles para todos.

La cuestión catalana hay que tratarla en una mesa, con todo el tiempo del mundo, sin ningún condicionante ni cláusulas de obligado cumplimiento, pero esa negociación, que se dará si no llega el fascismo, no puede tapar la miseria por la que están pasando millones de personas en este país, incluida Catalunya. Ese es el problema más urgente, que ni un sólo ciudadano carezca de vivienda, sanidad, escuela, trabajo, libertad y justicia. Si la torpeza o la imbecilidad de los ciegos provoca el naufragio de esta oportunidad, que todas las maldiciones habidas y por haber caigan sobre ellos.

Bordeando el precipicio