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jueves. 11.08.2022

¡¡A por ellos!!

guardia

Me parece aberrante lo que estamos viendo estos días cuando cientos de “ciudadanos”, bandera monárquica en mano, vitorean y jalean a la Guardia Civil y a la Policía Nacional al grito de “A por ellos”

He de reconocer que durante muchos años fui un entusiasta del furbó, que no dormía si mi equipo perdía y que mi humor cambiaba a peor cada vez que esa circunstancia se daba. También que de eso hace mucho tiempo, que ahora duermo mal pero que el furbó no tiene nada que ver en ello, que veo muy poco deporte y, aunque parezca contradictorio, que disfruté mucho con aquel histórico gol de Iniesta en la final de la copa del mundo de Sudáfrica. No me molestó demasiado el recibimiento banderil que tuvo la selección española a su llegada a Madrid –hay pueblos que se conforman con muy poco-, pero tampoco me emocionó lo más mínimo dada la alergia contumaz que tengo por banderas y banderines. Lo que sí me pareció lamentable, vergonzoso e insoportable fue esa celebración final protagonizada por uno de los cantantes más petardos de la era franquista, un “artista” que destrozaba sin pudor alguno uno de los géneros musicales más auténticos del mundo: Manolo Escobar y el flamenco.

En la Constitución Española de 1978 pone que la bandera patria es la que usó Franco para sublevarse contra la anterior Constitución pero con un escudo menos “imperial”, y que el himno es también el de Franco pero sin letra. Como ya hace tiempo que se me cayó el pelo, no puedo evitar ver en esa bandera constitucional la que había en mi escuela y que izábamos y arriábamos lunes y sábado al son del Cara al Sol y de la Marcha de Granaderos con letra de José María Pemán, lo cual me produce una urticaria tan desazonadora como inquietante pese a hundir sus orígenes en el reinado de Carlos III. Aunque no me dedico a quemar banderas porque me parece una pérdida de tiempo, tampoco soy capaz de salir con ella a ningún sitio, mucho menos de cantar ese himno sin letra –lo cual no deja de ser una virtud- que tararean miles de personas en eventos deportivos cuando hay triunfo y que llevan en la parte inferior del reloj de muñeca en forma de pegatina los elementos más reaccionarios del país, formen o no parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. No creo que sea un sentimiento aislado, ni mucho menos, creo que somos millones quienes no sentimos nada bueno al ver esa enseña o escuchar esa música, aunque es justo reconocer que también existe el sentimiento contrario, millones de personas que sienten por ella lo mismo que los yanquis por la suya. Sin embargo, suele ser muy habitual que las personas que se sienten identificadas con esos símbolos no tengan el menor rubor al llevar una camiseta con las barras y estrellas de los gringos o con la de Gran Bretaña, cosa que me hace bastante gracia.

Dicho esto, me parece aberrante lo que estamos viendo estos días cuando cientos de “ciudadanos”, bandera monárquica en mano, vitorean y jalean a la Guardia Civil y a la Policía Nacional al grito de “A por ellos”. ¿Quién son ellos? Pues ellos, en su mayoría, más de la mitad son hijos de las tierras más pobres de España, de las que han carecido secularmente de inversiones para salir de la pobreza, de las tierras del latifundismo y el señoritismo, de los territorios peor tratados por un Estado que siempre prefirió dirigir sus inversiones y las de los de fuera a zonas que ya eran más ricas sin que ese hecho haya desencadenado desde la muerte del tirano un movimiento secesionista merecido. Pero ya se sabe, a los pobres les dan por todos lados, más cuando los poderes públicos no han sido tampoco capaces de elevar mínimamente su nivel cultural, que inexorablemente llevaría un mejorar su grado de autoestima y su espíritu de rebeldía. Tradicionalmente, en todo el mundo, han sido las zonas más pobres de los Estados las que han suministrado individuos a las policías respectivas, no porque en ellas exista una vocación represora, sino porque, a menudo, no tienen más escapatoria que esa o emigrar, y emigrar, por mucho que se empeñen políticos y periodistas comebaldosas, no es nada agradable.

Por otra parte, del mismo modo que creo necesario abrir un periodo constituyente en el que se decidan muchas cosas pero también cuales han de ser los símbolos estatales buscando el mayor consenso posible –musicalmente para mí el único himno que vale es el de Valencia-, sigo pensando que cuando los pueblos se aferran a himnos y banderas es que están empezando a enfermar, que las luces están siendo sustituidas por las emociones, que los agravios imaginados suplantan de modo turbador a las naturales ansias de justicia social de los pueblos, que la historia inventada predomina sobre la realidad propiciando un bucle infinito que se enreda sobre sí mismo ajeno a lo que de verdad son las urgencias vitales de la sociedad a la que se dice defender. Ni en España ni en Cataluña ha habido una contestación seria y contundente a las políticas económicas destructoras implantadas por el Gobierno Rajoy y por los de Artur Mas y Puigdemont, ni en España ni en Catalunya ha habido una rebelión feroz contra la corrupción casi generalizada que destroza nuestra convivencia; ni en España ni en Catalunya el pueblo se ha levantado clamando contra los contratos basura, el paro, los beneficios desmesurados de las telefónicas, gasistas y eléctricas, la privatización del agua, la Sanidad o la Educación. En España y Catalunya, la gente se mueve como le gusta a los ricos que se mueva la gente, agitando banderas, gritando a por ellos, chillando, azuzando, culpando a los otros de lo malo, levantando muros donde no los había, dividiendo, sembrando cizaña y odio, evitando el diálogo y la concordia, la unidad de acción frente a unos Gobiernos y un régimen que en los últimos tiempos han caminado hacia el autoritarismo aminorando de forma gravísima los mecanismos para la redistribución de la riqueza y la solidaridad, elementos claves en la vertebración de las sociedades modernas.

Como decía al principio no siento la menor emoción al contemplar la bandera u oír el himno de España. Tampoco siento sensación ante la bandera de los Condes de Barcelona, la ideada por Sabino Arana para el País Vasco, o la de mi pueblo, con la cruz de San Andrés sobre rombos blancos, azules y rojos, aunque respeto –no podría ser de otra manera- que otros la sientan. Pero si algo me ha enseñado la vida y mi profesión de historiador, es que detrás de las banderas nunca se ha escondido nada bueno, que las disputas, discordias y guerras que han asolado el mundo desde antiguo se han debido a banderas y religiones, que mientras los pueblos mueren o padecen luchando por una bandera, hay muchos que no dejan de acrecer sus cuentas corrientes y su poder despótico. ¿Dicen que no hay lucha de clases? Pasen y vean, lo que sucede es que los de las clases de arriba están ganando por goleada, y nosotros dispuestos a morir por ellos.

¡¡A por ellos!!