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viernes. 19.08.2022

Grecia en el aire

Dejad caer a Grecia y caerá con ella Europa, un sueño colectivo hecho añicos en el suelo.

Lo contó Tucídides, en La guerra del Peloponeso. El ejército espartano se había desplegado frente a los muros de Atenas, la juventud de las dos ciudades griegas más poderosas estaba impaciente por combatir, flotaba en la atmósfera la expectación y la incertidumbre. «Hellás ápasa metéoros in», toda Grecia estaba en el aire, en vilo.

Pedro Olalla, helenista, escritor, cineasta, ha dado ese título, Grecia en el aire, a un libro (Acantilado, Barcelona 2015) escrito entre 2010 y 2014, cuando Grecia volvía a estar en vilo, prendida de una amenaza directa a su propia existencia. Es un paseo sugerente por las piedras de la vieja ciudad, madre de la democracia, desde la Colina de las Ninfas (capítulo primero) hasta la plaza Sintagma (último capítulo). Cada parada del recorrido da pie a una reflexión in situ sobre las instituciones que se dieron a sí mismos los atenienses y sobre el significado que aún conservan veinticinco siglos después y en unas circunstancias diametralmente distintas.

Grecia está en el aire; está en el aire Europa, también. Solo la ignorancia sumada a la prepotencia puede considerar como una solución factible a un problema de deuda financiera la humillación deliberada y prolongada de un pueblo y eventualmente su separación, como si se tratara de la rama podrida de un árbol que solo podrá reverdecer cuando aquella haya sido amputada.

Es justo al revés. Dejad caer a Grecia y caerá con ella Europa, un sueño colectivo hecho añicos en el suelo. La imagen más dolorosa de las noticias de ayer ha sido la de Tsipras sentado a la mesa entre Hollande y Rajoy, que ponen cara de decir a los espectadores potenciales: “no se confundan, nosotros no tenemos nada que ver con este señor.”

La falta de empatía entre los gobiernos ha sido unánime, escenificada por un alumnado dócil a la férula de la maestra señorita Rottenmerkel. Los buenos discípulos recibirán las bandas de honor, lo malos las orejas de burro y una hora de castigo cara a la pared. Al final, habrá medidas provisionales de gracia y se admitirán a trámite las mismas medidas que Grecia había presentado por cuatro veces hace ya meses, y que entonces no fueron consideradas ni estudiadas por mor de una escenografía presidida por la desigualdad rampante: el desprecio de los ricos, la humillación permanente de los pobres.

Esto no es una Unión Europea, perdonen; es una mierda pinchada en un palo. Una mierda de un volumen considerable, un palo pringado en toda su longitud.

Donde los gobiernos han agachado la cabeza frente al poder monetario, los pueblos deben hablar. Suscribo en todos sus términos el llamamiento de mi amigo José Luis López Bulla (1) a alzar la visual más allá de las perspectivas aldeanas y defender en la calle lo que, por ser de nuestros hermanos griegos, es nuestro también.

No basta un aplazamiento de la sentencia, una prórroga de los plazos taxativos, un leve endulzamiento de las condiciones draconianas que insufle en las bolsas europeas el optimismo de que todo va a acabar «bien». ¿Bien? Se están abriendo llagas y heridas cada día más difíciles de resanar; se está tratando como parias a quienes tienen estatuto de iguales en una empresa común. O se asientan desde sus fundamentos los pilares de una nueva Europa democrática y solidaria, o toda la verborrea que reproducen hoy los periódicos no pasará de la categoría de los paños calientes para un paciente en estado terminal.

Grecia en el aire