jueves 29/10/20

Estado de alarma democrática

Pablo Casado ha roto las negociaciones con el gobierno de Sánchez para la renovación del Poder Judicial, y no tiene intención de volver a la mesa mientras Pablo Iglesias siga formando parte del gobierno.

Insólito. Dicho de otro modo, el defensor a ultranza de la Constitución rompe a pedazos los artículos del propio texto que defiende a ultranza, alegando que la otra parte contratante no respeta suficientemente el contrato. Si se tratara de un gag de los Hermanos Marx, nos partiríamos de risa. En la vida real, la historia nos hace mucha menos gracia.

Casado anuncia desde ahora que su voto a los presupuestos -sean estos los que sean. va a ser negativo, porque su deber es “hacer oposición”.

La declaración implicaría un desconocimiento absoluto de lo que es hacer oposición en democracia. La cosa no es tan sencilla, sin embargo. Casado conoce las obligaciones que se le suponen en democracia al jefe de la oposición; las exigía de Sánchez, cuando quien estaba en el gobierno era Mariano Rajoy. Su ignorancia de ahora mismo es interesada. La Constitución que defiende tiene forma de embudo; inmensamente grande por un lado, y chiquitilla e intrascendente por el otro.

El campo de juego que defiende Casado es como el del patio del colegio en el que jugábamos al fútbol de niños. Las porterías mudaban de dimensiones en función de los equipos; todo lo que iba hacia la portería contraria era gol, todo lo que nos venía a la nuestra iba fuera. Podíamos ganar un partido que íbamos perdiendo tres a doce mediante la regla improvisada de que quien mandaba un balón al desmonte vecino era declarado perdedor. A nadie le gustaba perder, y no teníamos un tribunal supremo para dirimir las cuestiones litigiosas.

Exactamente lo mismo está haciendo Pablo Casado. Exactamente lo mismo ha hecho Quim Torra, solo que en este caso el secretario del Parlament se ha negado a secundarle, viendo lo que le puede caer encima a él. Torra defiende la obligación del secretario de obedecerle a él en su desobediencia a las leyes, basándose en la obediencia a las mismas leyes cuya desobediencia pregona. Me dirán que es rizar el bucle hasta el tirabuzón, pero es lo que hay.

Entonces, la democracia de uso en esta plaza es como las figurillas que se hacen de molde para el belén. Si la queremos con barba es un San Antón; si sin ella, una Purísima. Al gusto.

No hemos vuelto al estado de alarma para la pandemia, pero sí estamos en un estado comatoso de alarma democrática.

Estado de alarma democrática