martes 19/10/21

Antes pecar que morir

El New York Times ha lanzado un cable a la sensatez y al buen sentido del electorado catalán y del gobierno español: propone dar vía libre a un referéndum de independencia en Catalunya, y, una vez se haya impuesto por pura lógica el No, trabajar de forma mancomunada en la labor de conseguir un mejor encaje de la autonomía en el conjunto del Estado, con el resultado previsible de una mayor felicidad para todos.

Con todos mis respetos para el New York Times, no tiene ni puta idea. Para empezar, es muy dudoso que la sensatez y el buen sentido predominen en el electorado catalán (ni en el español), o en el gobierno español (ni en el catalán). Esto es como la tarabita “Valor, se le supone” con que nos inscribían como aptos a los quintos en la mili de otras épocas. Si vamos a acostarnos con el paisanaje desde la suposición de que en la cama reinarán la sensatez y la concordia, anuncio desde ya que lo más probable es que amanezcamos meados.

Este es un país al mismo tiempo estoico y epicúreo, señores del NYT. En el ranking de las naciones civilizadas tendríamos los índices más altos de estoicismo y de epicureísmo. No puedo demostrarlo ahora mismo porque los observatorios internacionales de calidad de vida no miden ese tipo de índices, lo cual es un grave error. Ese error primigenio lleva a los editorialistas del NYT a pensar que somos gentes normales, con un índice de sensatez del 0,68 y otro de sentido común del 0,71, por ejemplo, ya que franceses, portugueses e italianos se mueven en torno a esos baremos.

Pero aquí fuimos educados en colegios religiosos, con los retratos de Franco y José Antonio a ambos lados del crucifijo de grandes dimensiones que presidía el aula, y con separación rigurosa de sexos. Los frailes nos enseñaron a los varones que debíamos extremar nuestros esfuerzos en pro de la virtud (incluidos cilicios, para mayor seguridad) porque las muchachas que nos rodeaban eran frívolas y proclives a los más estrepitosos batacazos de la moral, a la menor insinuación. Las monjas, simultáneamente, recomendaban a las chicas que guardaran su virtud como oro en paño (con el cilicio como arma letal, también), puesto que nosotros los varones adolescentes nada más pensábamos en una cosa, y la conseguíamos con desoladora frecuencia. “Antes morir que pecar”, era el lema para unas y otros. La muerte, en efecto, podía hacer su aparición en cualquier momento en nuestras vidas, subrepticia e inesperada como el ladrón en la noche.

La consecuencia era que unas y otros, dada nuestra condición estoica y epicúrea a un tiempo, nos lanzábamos a una competición vertiginosa a fin de pecar antes de morir; para que de ningún modo se nos escapara la ocasión casi única de partir de este mundo bien servidas/os de aquel ingrediente nefasto, sí, deletéreo, sin duda, pero por esa misma razón endiabladamente atractivo. Y si luego hay que ir al infierno, se va, concluíamos para nuestro capote. Total, descontadas las exageraciones de la literatura ejemplarizante, no sería mucho peor que el régimen del colegio a media pensión.

¿Adónde voy a parar con estas reminiscencias aguachinadas? A la sospecha fundada de que, si hay un referéndum decisorio para los catalanes, y solo uno, en la larguísima ruta que se adentra en un futuro brumoso de libertad, igualdad y fraternidad para los pueblos de España, es más que probable que un porcentaje por encima del 75% del censo vote Sí, aunque solo sea por probar el pecado una vez, antes de morir. En los carteles de propaganda bastaría poner las jetas de Mariano Rajoy, de Cristóbal Montoro, de Alfonso Guerra, etcétera, con la leyenda: “Ellos velan por ti.” Yo mismo no sé decir qué votaría en la tesitura. Mejor no ponerme a prueba.

Antes pecar que morir