viernes 19.07.2019

¿Viva España o vivan nuestros privilegios?

Alberto Romero García | Es recurrente la asociación de las Fuerzas Armadas con las ideas autoritarias y represivas, y en España, su asociación al franquismo. Si bien es cierto que el bando ganador de la Guerra Civil persiguió, mató, reprimió y purgó a sus opositores de todos los ámbitos que pudo, y que aún a día de hoy conservamos unas Fuerzas Armadas a las que la Transición a la democracia llegó a algunas cosas pero en otras o apenas lo hizo o no llegó en absoluto, esto no explica todo el rechazo que genera.

Sería imposible cubrir en solo unos párrafos toda la historia de la relación de España y de su gente con sus ejércitos, pero hay ciertas cosas que no se pueden escapar. No se trata, como algunas veces nos quieren hacer creer, de algún odio visceral irrefrenable y sin motivo a todo lo que tenga que ver con lo militar, ni se trata de cuestionar al Ejército porque el que lo critica sea un antisistema que solo busca el caos. Suele tener mucho más que ver con la existencia a lo largo de toda la historia del ejército de una cúpula militar dominante que ha formado grupos de presión y se ha dedicado a perseguir sus propios intereses; camuflándolos, consciente o inconscientemente tras excusas como la «defensa de España», o «salvar a la patria en peligro». Lo que debía de ser un instrumento del Estado al servicio de la gente, ha actuado demasiadas veces de forma autónoma y sin más control que las órdenes de sus propios mandos, que se refugiaban detrás de ideas como el «honor militar» o el «servicio a España», las cuales moldeaban convenientemente y formaban una cultura propia que les servía como escudo para seguir luchando por mantener sus intereses y privilegios.

primo riveraEl origen de esta casta militar, y las razones por las que habría sobrevivido hasta hoy, se remontan a siglos atrás en nuestra Historia. Los puestos importantes en el ejército, así como en el resto de instituciones que dominaban, se repartían entre la nobleza según sus influencias para preservar ese sistema y sus privilegios. Esto no era nada raro en los siglos XVIII y XIX, por no remontarnos más atrás aún. De hecho era común que así se hiciera; los puestos de generales, coroneles o capitanes; ascensos y premios eran repartidos casi como cromos entre los nobles y entre sus familias; de padres, tíos y abuelos, a hijos y sobrinos, para asegurarse el conservar el poder para sus siguientes generaciones.

(En la imagen: Alfonso XIII rodeado de Primo de Rivera y sus generales, 1923).

Mientras los jefes recibían ascensos, premios y destinos; la tropa, la carne de cañón, cuando era requerida para luchar en las guerras, era reclutada entre la gente común, ya fuera con levas, con reclutamiento forzado o con la posterior introducción del servicio militar obligatorio. Por tanto, es comprensible el problema crónico de macrocefalia que padecen las Fuerzas Armadas Españolas. Este problema de tener muchos más mandos que los necesarios para la tropa que hay que mandar se da todavía en la actualidad, donde además la tropa se rige por una ley distinta a la de sus jefes, por la que a los 45 años, son despedidos y echados a la calle prácticamente con una mano delante y otra detrás, después de haber dado los mejores años de su vida al ejército. Esta macrocefalia se dio también hace 100 años en el escenario de las Guerras Coloniales, y es algo que ya venía ocurriendo desde antes todavía.

En la época reciente, es evidente que esta cúpula militar acostumbrada a perseguir sus propios intereses personales por encima de los del país tuvo un papel central en la Guerra Civil y el franquismo, lo cual nos hace preguntarnos: ¿Esta casta militar aprovechada y egoísta existe a día de hoy? Es difícil para la gente normal enterarse de lo que ocurre dentro de los muros de nuestros ejércitos y, además, las fuerzas armadas y los asuntos de defensa no son temas populares en los medios y en la calle de los que se hable cada día, en parte quizás debido precisamente al hartazgo de que durante la dictadura se le metiese a la gente hasta en la sopa esa propaganda de nacionalismo y militarismo español y la idea en la línea de sus posturas autoritarias que difundía el franquismo de lo que era ser un buen patriota y un buen español, con su componente militar indispensable.

Como fuera, en democracia, la cúpula militar pudo mantener un velo sobre el ejército y mantenerse discretamente fuera de la luz y de los grandes debates públicos de la nueva democracia española. Resulta ilustrativo que aún se conserven clubes de oficiales, campos de golf, piscinas, y un largo etcétera que se mantengan con el presupuesto y con personal de Defensa, si bien es cierto que muchos de ellos ya no son como eran antes, se han ido adaptando a los tiempos y aceptando la entrada de suboficiales, tropa o civiles en lo que antes podían ser recintos y servicios exclusivos de mandos; o cobrando las cuotas necesarias a los socios para su mantenimiento.

Y es que, digámoslo claro de una vez, en las Fuerzas Armadas Españolas hay corrupción. Y no es para nada extraño que así sea. No solo debido al pasado en el que esa cúpula dominante del ejército se dedicaba descaradamente a buscar su beneficio, a costa del interés general si era necesario. A día de hoy son demasiados los factores que permiten y propician la corrupción en nuestros ejércitos: el ya citado hermetismo, ese mal entendido «compañerismo» que les lleva a cubrirse entre ellos, sobre todo dado a que entre ellos se conocen; las auditorías de las propias cuentas del ejército, en gran parte opacas y que son realizadas por el propio ejército; o la existencia de un sistema judicial específico de las Fuerzas Armadas que padece los mismos problemas, ya que pueden ser formados por militares que bien pueden estar metidos en el sistema corrupto; convirtiendo los instrumentos que deberían guiarse por la honradez y estar dedicados a perseguir los desmanes, las faltas y la corrupción; en herramientas para la opacidad, el amiguismo y la corrupción.

En las Fuerzas Armadas Españolas, en mayor o menor medida y con más o menos gravedad, pervive un sistema de corrupción mantenido en el tiempo

Pero por supuesto, esto no quiere decir de ninguna manera que todos nuestros mandos y oficiales sean deshonestos o corruptos, que solo buscan aprovecharse y buscar su beneficio; no se puede caer en categorizaciones simplistas ni en el maniqueísmo de decir que todos los de arriba son unos corruptos sinvergüenzas, porque eso no se aproxima a la realidad ni en el más alarmista de los análisis. Pero nadie puede negar, y menos si es alguien que ha servido en ellas, que en las Fuerzas Armadas Españolas, en mayor o menor medida, y con más o menos gravedad, pervive un sistema de corrupción mantenido por los herederos que, de un modo u otro, han seguido sosteniendo ese sistema como lobby y como manera para buscar su propio beneficio.

La pregunta que nos deberíamos hacer entonces sería: En la España del Siglo XXI, ¿queremos unas fuerzas armadas propias de un país absolutista, unas propias de una dictadura, unas que dejen a la corrupción y a los corruptos campar a sus anchas, o unas fuerzas armadas propias de una democracia que sirvan con honestidad al poder civil elegido por todos sin que puedan proceder por su cuenta o actuar como un grupo de presión; y que con su honroso y honrado esfuerzo sirvan a quienes están obligados a hacerlo y así lo han jurado o prometido?

Alberto Romero García | Exmilitar español

¿Viva España o vivan nuestros privilegios?