miércoles 27.05.2020

Coronavirus y ciudadanos de uniforme

Hoy día el prestigio de la Unidad Miliar de Emergencias, dentro y fuera de las Fuerzas Armadas, es generalizado e incontestable.

Enrique Vega Fernández | Recuerdo aquellos días, allá por los años 2005 y 2006, cuando se creó la Unidad Militar de Emergencias y determinados sectores, no demasiado minoritarios, de la sociedad española y de las propias Fuerzas Armadas, pusieron el grito en el cielo ante la tamaña aberración, así la tildaban, de desviar a las Fuerzas Armadas de la sacrosanta misión, al parecer única para ellos, del artículo ocho constitucional de garantizar la soberanía, la independencia, la integridad territorial y el ordenamiento constitucional de España.

En realidad, era la segunda ola de dignidad herida por la supuesta minusvaloración que se hacía de las Fuerzas Armadas. Ya se había dado, a principios de los años noventa del siglo pasado, algo parecido cuando nuestros militares y nuestras unidades militares empezaron a ser enviados a las entonces denominadas operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas. Nuestras Fuerzas Armadas no eran una ONG, se estaba degradando la necesaria y tradicional bizarría de nuestros soldados entrenándolos para cuidar y ayudar a pobres gentes en vez de para combatir y así una larga retahíla de argumentaciones parecidas, que parecían querer avisar de que, con las Fuerzas Armadas, mejor no meneallo o, quizás más exactamente, como decía D. Quijote “peor es meneallo”.

Pero con el paso del tiempo y cuando cada vez más militares iban pasando por estas misiones, hoy frecuentemente llamadas “en el exterior”, porque ya no sabemos cómo llamarlas de tanto como se ha ampliado su rango de actuaciones, el escepticismo y la inquina contra ellas, no sólo se fue diluyendo, sino que han llegado a convertirse, en el imaginario colectivo militar español de nuestros días, en la raison d'être de nuestras Fuerzas Armadas actuales. Incluso para aquellos que, en un principio -conozco personalmente a más de uno- argumentaban acaloradamente sobre la degradación a que se estaba sometiendo a nuestras Fuerzas Armadas. Puristas, que, al regresar de alguna de ellas a la que habían sido comisionados, intentaban convencerte de lo conveniente y provechosas que estaban siendo, ¡especialmente aquella en la que le había tocado servir!

En estos días de zozobra, los militares nos enviamos orgullosos vídeos de la actuación de la UME con la satisfacción del deber cumplido y de la utilidad social de nuestros compañeros en el esfuerzo colectivo contra el coronavirus

Y como especial anécdota, recordaré los espantados ojos y la furibunda ira de algunos, tampoco tan pocos, cuando la primera unidad militar española que se expatrió a este tipo de nuevas misiones fue, nada menos, que precisamente una unidad de la Legión. Unidades legionarias, hoy día perfectamente adaptadas a los nuevos tiempos, en gran parte debido a sus ya múltiples y variadas intervenciones “en el exterior”.

¿Fue esto suficiente como para que no se repitiera la santa ira contra la degradación que se hacía de las Fuerzas Armadas cuando, quince años más tarde, se creó la Unidad Militar de Emergencias, para intentar solucionar los problemas que se estaban detectando como consecuencia de la descentralización y dispersión de responsabilidades en protección civil entre Estado (sin apenas medios propios en esa área en aquellos momentos), Comunidades Autónomas y Ayuntamientos y como consecuencia de autoridades de diferentes partidos políticos en cada uno de esos niveles en el área del desastre? Problemas que saltaron en toda su extensión con ocasión del grave incendio de Riba de Saelices (Guadalajara) de julio de 2005, chispa que decidiría la creación de la Unidad Militar de Emergencias como “medio nacional o estatal”, como se prefiera, complementario y no invasivo de los ya existentes en el resto de los niveles administrativos.

No, no fue suficiente. Volvió a repetirse. Cómo si de siempre, las unidades militares no hubieran acudido a sofocar incendios o a socorrer en inundaciones o catástrofes. Sólo que, hasta entonces, lo hacían sin medios, sin conocimientos y instrucción adecuada, basándose más bien en la experiencia de los más veteranos que ya habían tenido que acudir a otras catástrofes anteriores, poniendo en peligro vidas y salud con, en el fondo, poca eficacia y mucha menos eficiencia. Pero daba igual, se estaba convirtiendo a los soldados en bomberos, cuando no en algo peor: asistentes distinguidos de autoridades civiles con problemas. Se estaba distrayendo parte del ya escaso presupuesto del Ministerio de Defensa de la, al parecer única, misión y cometido de las Fuerzas Armadas establecidos en el artículo ocho de la Constitución. Como si no hubiera más artículos en la Constitución. Como si la protección de sus connacionales no fuera una misión y un cometido elemental y principal de los ejércitos de un país y de una sociedad.

De todo esto, tuve yo que oír, entonces. Hoy día, tras observar la realidad de estos últimos quince años, empírica y no obcecadamente, el prestigio de la Unidad Miliar de Emergencias, dentro y fuera de las Fuerzas Armadas, es generalizado e incontestable. Y en los presentes días de zozobra, los propios militares, incluidos aquellos que denostaron su creación, nos enviamos, orgullosos, vídeos de su actuación con el sentimiento y la satisfacción del deber cumplido y de la utilidad social de nuestros compañeros de la Unidad Militar de Emergencias y demás unidades participantes en el esfuerzo colectivo contra el coronavirus.

Y ustedes se preguntarán, como lo hago yo, ¿y esto por qué? ¿Por qué esa resistencia inicial? ¿Por qué esa adhesión posterior?

Bueno, la sociología militar hace tiempo que nos dio una clave, una herramienta para poder entenderlo. La conceptualización de dos grandes tipos teóricos de militar contemporáneo: el militar heroico y el militar profesional. El primero tendería a un concepto de la milicia sublimada, cuasi religiosa, más bien heredada de las concepciones del honor y la honra de la aristocracia medieval y de los caballeros andantes. El segundo a concebir al militar y, por tanto, a la milicia como eso que se dio en llamar los “ciudadanos de uniforme”, profesionales de unos determinados saberes, encuadrados por las propias normas que exigen sus cometidos y, al mismo tiempo, por los valores y formas de vida de la sociedad en la que están insertos y llamados a proteger y defender.

UME 3

A grandes rasgos, sin meternos en honduras de matices académicos, puede decirse que en la España democrática, y a los efectos de los temas que estamos tocando, los militares heroicos están, o estaban, representados por aquellos que no podían concebir otra misión para nuestras Fuerzas Armadas que las del consabido artículo octavo de la Constitución, considerando a éstas como algo aparte y encerradas en sí mismas mientras no se diesen los supuestos de dicho artículo, pero debiendo hacerse con todos los resortes del poder cuando estos se dieran, incluida la decisión de cuando los mismos se estarían dando.

Una actitud que en nuestras Fuerzas Armadas estaba incrustada como consecuencia de ser las herederas -en realidad eran las mismas, aunque no todas las mentalidades en ellas siguieran siéndolo— de una dictadura de origen militarizado, que miraba más a su propia seguridad interior que a la exterior de toda la nación, delegada ésta, en gran medida, en el gran amigo americano al precio de bases e instalaciones en nuestro territorio. Un régimen que hasta sus últimos momentos mantuvo algo tan significativo como las Brigadas de Defensa Operativa del Territorio, de carácter antisubversivo. Una por Región Militar, entonces nueve.  

Se puede ser héroe siendo ciudadano de uniforme

Los ciudadanos de uniforme, en cambio, estarán representados por quien concibe la milicia como una profesión honrada y honorable de servicio a los demás, especialmente en el ámbito de la protección y la seguridad de todos esos demás, que deben ser, en consecuencia, quienes les digan de qué, cuándo y cómo quieren ser protegidos. Una milicia que no tiene porqué necesitar restricciones, jurisdicciones o códigos penales específicos, sino atenerse y conducirse por los generales de la sociedad de la que son ciudadanos, no especiales ni distintos, sino sólo “de uniforme”, es decir, dispuestos a sacrificarse hasta donde haga falta cuando sus obligaciones se lo demanden.

Lo que, en resumen, puede decirse que ha venido ocurriendo en las Fuerzas Armadas españolas, durante estos últimos cuarenta y pico años, es un progresivo deslizamiento de la mentalidad heroica hacia la profesional del ciudadano de uniforme. Deslizamiento que esperemos que prosiga en lo que aún no se haya completado.

Se puede ser héroe siendo ciudadano de uniforme, veo más difícil ser un buen ciudadano siendo solamente heroico.


Enrique Vega Fernández | Coronel de Infantería (retirado) | Asociación por la Memoria Militar Democrática

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