lunes 23.09.2019

Eurocomunismo y populismo: otra bufonada

Alberto Garzón, precoz activista de la revolución en pantalla -cinco minutos en una plaza y cinco años de diputado, de momento-  criticaba a Errejón días atrás con este aserto: ahora se llama estrategia populista, antes eurocomunismo.


El coordinador de Izquierda Unida, diputado de Unidos Podemos, y aspirante a la revolución de terciopelo, tiene un problema con Santiago Carrillo. A las primeras de cambio, arremete contra el ex dirigente comunista para encontrar así la inspiración que le permita descalificar a quien, desde la izquierda, no comparta su iluminada visión del mundo. Ahora le ha tocado al eurocomunismo, al que compara con el populismo. La pregunta es ¿sabrá que su partido apostó antes de que él naciera por la vía democrática al socialismo?

Ernesto Laclau, el filósofo argentino, al que parece admirar Podemos, se apartó de Marx (“las condiciones materiales de una determinada clase social ya no definen el conflicto social”) y prestó especial atención a la importancia que adquieren los actores y sujetos políticos, entre ellos la figura del líder, antes que los contenidos ideológicos del proyecto. Esta singular teoría, que entiende el populismo como “un régimen hegemónico en manos de un líder”, sirve, quizás, para explicar la relativa complicidad intelectual de Laclau con el peronismo, siempre contextualizado en un determinado periodo histórico.

El eurocomunismo -cuyo origen cabría situar en el encuentro que Carrillo y Berlinguer mantuvieron en Livorno, en julio de 1975, y que en marzo de 1977 presentaron solemnemente Berlinguer, Marchais y Carrillo en Madrid, sin entrar a analizar su génesis histórica-, o la afirmación de que “el socialismo solo puede afirmarse en los países del capitalismo avanzado, a través del desarrollo y de la plena actividad democrática…o, como dijo Enrico Berlinguer, en la consubstancialidad de socialismo y democracia”, ha sido agitado por el diputado antisistema como la plaga populista de nuestro tiempo. Sin duda, ‘un análisis riguroso del pensamiento político’.

En las sociedad de la información, que algunos definen como la era digital, ¿se puede negar desde la izquierda que “la afirmación del valor de las libertades personales y colectivas y de su garantía, la no oficialización de una ideología de Estado, de su articulación democrática, de la pluralidad de partidos en una dialéctica libre, de la autonomía del sindicato, de las libertades religiosas, de la libertad de expresión, de la cultura, del artes y de las ciencias. O en el terreno económico, una solución socialista llamada a asegurar un gran desarrollo productivo, a través de una política de planificación democrática que potencie la coexistencia de distintas formas de iniciativa y de gestión pública y privada”, como advirtieron los comunistas italianos, españoles y franceses en su defensa del ideario eurocomunista?

Si he de ser sincero de la retórica radical -a la que, por cierto, Laclau concede singular relevancia  en el proceso de cambio- no me sorprende nada. De la agitación antisistema que proclaman sus defensores, eso sí, casi todos ellos viviendo del sistema, conviene precisar que la capacidad para protagonizar en un momento determinado una operación retórico-mediática-institucional de evidente envergadura, habla bien de algunas virtudes de comunicación y seducción electoral, pero deja en el aire la naturaleza política e ideológica del proyecto que dicen representar.

A quienes como Garzón, exhiben tanta ignorancia como temeridad para descalificar el eurocomunismo, solo cabe pedirles que eviten la extravagancia y la excentricidad. Que dejen de actuar como bufones del populismo y dediquen su tiempo a informarse, a aprender lo que no saben, y cuando tengan dudas que revisen la trayectoria de los comunistas españoles que defendieron el eurocomunismo, incluso desde una posición crítica, y muestren un poco de respeto.

Eurocomunismo y populismo: otra bufonada