miércoles 01.04.2020

Carta al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador

La discriminación y marginación de los pueblos originarios durante estos doscientos últimos años de independencia ha sido dolorosa y persistente en el continente americano

Sr. Presidente, acabo de regresar a Madrid después de participar en un congreso médico de alcance internacional en la ciudad mexicana de Mérida y de una breve estancia en CDMX donde, como en otras ocasiones anteriores, he tenido la oportunidad de disfrutar, y relacionarme, con personas y amigos que pertenecen a los ambientes académicos de la capital.

Tanto allí, como en mi país, me preguntan de forma reiterada sobre la opinión que tengo acerca de la que se ha dado en llamar polémica carta que usted envió al Jefe del Estado español, en la que sugiere que España debería pedir perdón a los pueblos originarios mexicanos por los abusos cometidos sobre ellos durante los 300 años que duró la colonia.

Pues bien, ante la insistencia con la que demandan mi posicionamiento en ese tema me ha parecido oportuno dirigirme a usted para dilucidar sobre alguno de los asuntos que pueden ser conflictivos en la demanda que plantea.

Ante todo, la mayor parte de mis interlocutores no han leído el contenido del documento que usted mismo dice estar inconcluso y solo conocen las opiniones vertidas por los medios de difusión; que con frecuencia son sesgadas y, en ocasiones, malintencionadas.

Por ejemplo, no conocen que, al mismo tiempo, usted pretende que al acercarse los 500 años de la llegada de Cortés, y gestarse la actual identidad mexicana, el Estado, cuyo gobierno preside, pida perdón, de igual modo, por los agravios cometidos a los mayas y yaquis.

Los agravios que sufrieron los pueblos originarios durante los 300 años de colonización española son ineludibles, aunque considero que en determinadas ocasiones son exagerados y prejuiciosos -en ese sentido propagados por los propios españoles, como Bartolomé de Las Casas, al que nunca persiguió ni castigó la justicia de la corona; antes al contrario, sirvieron para redactar leyes en defensa de los pueblos originarios-.

Pero permítame que, con el máximo respeto, profundice en ese contexto y formule algunas consideraciones acerca del asunto en cuestión porque el agravio a los pueblos originarios no solo no se detuvo con la Independencia puesto que, tal como usted señala, el México independiente ha tenido una actitud avasalladora con determinados pueblos indígenas. Podríamos convenir, incluso, que se ha agravado a lo largo de los dos últimos siglos de gobiernos mexicanos, en ocasiones, de forma paradójica y no solo a los mayas y a los yaquis que usted apunta.

Le recuerdo, sin ir más lejos, que en el plan de Ayala, el que puede ser considerado máximo héroe de la Revolución, me refiero por supuesto a Emiliano Zapata, exige en su punto sexto al Presidente Madero que les sean devueltas a los indígenas las tierras que poseían en el período virreinal. Ejidos y otras posesiones comunales, que habían sido protegidas a lo largo del tiempo por la legislación española, desde las Leyes de Indias, y que les fueron arrebatas por la Ley Lerdo de Tejada de 8 de junio de 1856. Una Ley, incluida en las enaltecidas Leyes de Reforma, que supuso la creación de los grandes latifundios.

Una Ley amparada y complementada más tarde, en la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos de Benito Juárez de 12 de julio de 1859. Que contrasentido, una Ley promulgada por el primer y único Presidente indígena que ha tenido México que va en contra de los intereses de su pueblo y que Zapata, en el noveno punto del plan de Ayala, se refiere laudatoriamente al inmortal Juárez. Por no hablar del controvertido tratado entre McLane y el Ministro de Relaciones Exteriores de Juárez, Melchor Ocampo.

La discriminación y marginación de los pueblos originarios durante estos doscientos últimos años de independencia ha sido dolorosa y persistente en el continente americano. El agravio ha sido tan intenso en el territorio mexicano que ha dado lugar a levantamientos armados de la comunidad indígena, alguno de ellos en tiempos relativamente recientes.

Tan es así que ha dado lugar a que los movimientos indigenistas en defensa de los descendientes de los pueblos originarios hayan constituido diversas organizaciones para defenderse de lo que ahora mismo se considera cuarto ciclo de la colonización de los pueblos indígenas; en todas ellas, desde la colonia, se hace mención a la legalidad criolla impuesta a los indígenas y a lo que se considera, por diversos analistas, acumulación por desposesión.  

Cuando hablo de organizaciones indigenistas en defensa de sus intereses me estoy refiriendo, entre otras, a MNI, CNPI, CNI, CNPA, ANIPA, CIOAC, ANPIBAC, FIPI, MIN y EZLN. Cuando aludo a la defensa de los descendientes de los pueblos originarios estoy haciendo mención a los reiterados incumplimientos de los acuerdos de San Andrés.

Y cuando digo que no solo a los mayas y a los yaquis estoy poniendo el acento en los continuos ultrajes que han sufrido, en estos últimos doscientos años, los nahuas de distintos Estados, los juchitecos de Oaxaca, los totonacos veracruzanos, los guarijíos de Sonora, los rarámuris de Chihuahua, los coras y wixaritari de Nayarit, los otomíes de Hidalgo y México y los yumanos de Baja California.

Por otro lado, en los últimos años existe una corriente de opinión, que usted lícitamente esgrime, que consiste en pedir perdón a los pueblos que han sido sojuzgados. El problema está, pienso yo, en donde colocar la línea de corte en el caso que nos ocupa.

Sería oportuno trazarla en agosto 1521, cuando decenas de miles de indígenas se aliaron con los alrededor de 300 españoles comandados por Cortés para escapar del avasallamiento y crueldad a los que les tenían sometidos los meshicas, también llamados aztecas, o prolongarla 100 años antes, cuando comenzó la acción guerrera de estos últimos contra los pueblos originarios de la región?

A partir de la toma de Tenochtitlan, los aztecas dieron muestras de colaboración con la alianza y así, durante los 300 años siguientes, se fue forjando con los pueblos originarios, los españoles, los criollos y los mestizos la identidad mexicana actual.

Que mis amigos izquierdistas mexicanos, cuyo ideario sobre la equidad, justicia y desarrollo social acepto en su totalidad, disculpen esta intromisión en sus asuntos pero considero conveniente una oportuna racionalidad de los elogios y diatribas que se vierten en tan sensible materia.

La marginación, discriminación y exclusión social que afecta a las poblaciones indígenas tiene una repercusión directa en sus índices de pobreza 

En ese sentido, la marginación, discriminación y exclusión social que afecta a las poblaciones indígenas tiene una repercusión directa en sus índices de pobreza que, a su vez, determina sus expectativas de vida y su desarrollo demográfico.

En efecto, la pobreza afecta al 43% de los hogares indígenas de la región—más del doble de la proporción de no indígenas—y el 24% de todos los hogares indígenas vive en condiciones de pobreza extrema, es decir 2,7 veces más frecuentemente que la proporción de hogares no indígenas (Latinoamérica indígena en el siglo XXI. Banco Mundial.2015).

De igual modo, el hecho de nacer de padres indígenas aumenta marcadamente la probabilidad de crecer en un hogar pobre, lo que impide el pleno desarrollo de los niños indígenas y los fija en la banda de la pobreza. En México, por ejemplo, la probabilidad de que un hogar sea pobre aumenta un 9% si el jefe de familia pertenece a un grupo indígena, independientemente de su nivel de educación, género, lugar de residencia (urbana/rural) o el número de personas a su cargo (Ibid).

Así mismo, a pesar de la ampliación general en el acceso a los servicios básicos, la oportunidad que tienen los pueblos indígenas a servicios de saneamiento y electricidad es 18% y 15% menor, respectivamente, que el de otros latinoamericanos (Ibid).

En 1998, más del 50% de las viviendas ubicadas en regiones indígenas en México no tenían electricidad, 68% carecían de agua entubada, 90% no poseían drenaje y en el 76% el piso era de tierra. El Censo de 1990 reveló que en las localidades con 30% y más de población indígena 26% de los habitantes entre 6 y 14 años no acudió a la escuela. Sólo el 59% de los mayores de 15 años sabía leer y escribir y el 37% no había asistido nunca a la escuela (Bello A, Rangel M. Etnicidad, “raza” y equidad en América Latina y el Caribe. Comisión Económica para América Latina y el Caribe -CEPAL-  2000:19-20).

Incluso ahora, en zonas urbanas de México, los hogares indígenas tienen menos de la mitad del acceso a electricidad y agua potable que otros hogares, un quinto del acceso a servicios de saneamiento y triplican la proporción de hogares con piso de tierra (Latinoamérica indígena en el siglo XXI. Banco Mundial.2015).

Además, un indígena suele ganar un 12% menos que uno no indígena en las zonas urbanas de México, y alrededor del 14% menos en las zonas rurales (Ibid).

Sobre la base de los datos de los últimos censos disponibles en la región, en 2010 había alrededor de 42 millones de indígenas en América Latina, que representaban cerca del 8% de la población total. En México la población indígena en el censo de 2010 ascendía a 16.8 millones lo que representa el 15% del total (Ibid).

Hay autores que estiman que la población indígena actual en Latinoamérica viene a ser igual a la que existía hace 500 años (Peyser A, Chackiel J. La población indígena en los censos de América Latina. CELADE. 1993: 103). De ser acertada esa estimación habría que preguntarse si las causas de tal hecho, en realidad regresión demográfica, sería consecuencia de las condiciones de vida de las colectividades indígenas; y no sólo durante la colonia.

Cuando al final de su mandato haya revertido la marginación que sufren los descendientes de los pueblos originarios, junto a otros colectivos sociales, así como la criminalidad que asola a su país tendrá la fuerza moral imprescindible para presentarse, tal como usted señala, de frente a su pueblo. Una criminalidad, por cierto, que se ha recrudecido en los últimos años; particularmente incrementada en el último trimestre y que injustamente algunos quieren responsabilizarle en sus escasos meses de gestión.

Sería una situación que desearía ver cumplida con anhelo y por la que le felicitaría de forma entusiasta porque desde hace tiempo, y dentro de mis posibilidades, abogo por una auténtica posibilidad integradora en América Latina, y libre de los prejuicios que la lastran.

Para ello, entre otras muchas circunstancias, no hay más que acudir al poeta que, sin duda, representa la más alta esencia de la revolución mexicana; me refiero a Ramón López Velarde. En Novedad de la Patria el poeta mantenía la idea de una nueva sociedad, de una nueva Patria íntima, surgida después de un proceso de sufrimiento. Una sociedad entreverada que define como: “…hijos pródigos de una Patria que ni siquiera sabemos definir, empezamos a observarla. Castellana y morisca, rayada de azteca…Pero poseemos, en verdad, una patria de naturaleza culminante y de espíritu intermedio, tripartito, en el cual se encierran todos los sabores”.

Carta al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador