Se suele hablar al otro lado del Ebro del problema catalán. Pero sin embargo, cuando ese concepto se vertebra desde un Estado sin identidad...

Se suele hablar al otro lado del Ebro del problema catalán. Pero sin embargo, cuando ese concepto se vertebra desde un Estado sin identidad en el imaginario colectivo, sin proyecto como nación, que empobrece a sus ciudadanos, que expande la desigualdad, que limita los derechos y las libertades cívicas, y que, por tanto, carece de lo que Mommsen, al tratar de describir las costumbres del pueblo romano, llamaba un vasto sistema de incorporación, se convierte irremediablemente en un Estado fallido. Un Estado que al no ofrecer soluciones se torna en el problema. Por lo que con mayor propiedad habría que hablar del problema español.

La rigidez del sistema basado en el pactismo olvidadizo de la transición y en una democracia débil con tendencias oligárquicas produce unas actitudes que llevan a una situación en que para todo es demasiado tarde. Resolver las cuestiones sustantivas que se compadecen con la misma estructura territorial del Estado apelando al orden público sin contar con el clima cívico y la conciencia creada en un amplio segmento de la ciudadanía catalana es reconocer la incapacidad del régimen para resultar acogedor a la pluralidad que representa la realidad del país. En el fondo, se trata de mantener vivos los viejos defectos decimonónicos de los que advertía Azaña cuando sentenciaba del siglo liberal y reaccionario que se hizo incompatible con el pluralismo cultural y político dentro de la unidad de soberanía del Estado.

La esclerosis política impuesta por el régimen de poder que consolidó la transición ha mantenido el ascua mortecina de un nacionalismo español anclado en los tópicos retardatarios de siempre, que tanto mimó el franquismo, fermentados en un espacio político donde el debate ideológico se ha diluido ante un pragmatismo ad hoc al establishment que expulsa de su formato polémico elementos sustanciales de la vida pública. Esto conlleva la ruptura de todo diálogo social y la imposición de una sola realidad que implica que cualquier circunstancia en el ámbito político tenga que resolverse en términos de vencedores y vencidos. El ecosistema conservador siempre ha mostrado poca comprensión para todo aquello que no fuera concebir la verdad como coincidente con sus deseos e intereses lo que le lleva a una visión restrictiva y reduccionista de los problemas y que las soluciones sean cada vez más exóticas ya que, como afirmaba Ortega, lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.

El Partido Socialista, por su parte, también en este caso se ha dejado arrastrar por un pobre eclecticismo adaptativo al sistema que le sitúa paradójicamente en contra de su propia historia y de sí mismo. Incapaz de generar un paradigma diferente al que impone el microclima conservador, se desnaturaliza en la torcida creencia de que la ideología es una pesada carga que pone en peligro el pacto de la transición y, como consecuencia, su estatus oligárquico de “partido de gobierno.” Es como si el PSOE hubiera sido creado para este régimen y su obsesiva actitud conservadora le hubiera hecho desistir de su vocación de cambio e incluso de la capacidad de construir un modelo avanzado de sociedad.

La imposición desde el otro lado del Ebro de la deriva del PSC en un momento tan sensible de la realidad catalana, supone arrinconar un elemento importante como el catalanismo de izquierdas que tantos éxitos le ha dado al socialismo. Algunos dirigentes del PSOE han tildado de error el compromiso de Zapatero cuando afirmó que aceptaría el estatuto que viniera de Cataluña sin advertir que el fracaso forzado por la derecha de aquel proceso estatutario puso en evidencia los límites del Estado autonómico y marcó una ruptura en la relación entre Cataluña y España.

Decía Azaña que es imposible detener un arroyo con un espadón, como no se puede imponer a los estados de ánimo y la conciencia ciudadana un régimen que se refugia en su propia inmutabilidad y en la extremaunción de los valores cívicos, de la calidad democrática, de la sensibilidad social, todo ello propiciado por intereses plutocráticos y la ideología más reaccionaria de la derecha que produce aquello que definió Jean Baurdrillard  al destacar que en la ilusión del fin a partir de una cierta aceleración produce una pérdida de sentido. La implantación del autoritarismo en los intersticios del Estado ha convertido la crisis no sólo en ruina y desequilibrio social, sino en descomposición donde los objetivos son tan poco confesables  que propician una pérdida general de sentido y, como consecuencia, déficit de identidad y habitabilidad en el Estado para ciudadanos y territorios.