miércoles 11.12.2019

Pedro Sánchez, el reto final

Ante Pedro Sánchez se presenta un reto definitivo, donde ya no vale el marketing sobreactuado

No es lo mismo lo imprevisible que lo improbable. En estos tiempos de trazo grueso, ostracismo del matiz y poca sensibilidad para la observación, es posible que las personas inatentas obvien ciertas diferencias conceptuales que son oportunísimas para entender la realidad que nos rodea. En la novela distópica de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, uno de los personajes es encarcelado por conducir despacio y fijarse en el paisaje. Si no reparamos con cierta aplicación en los entresijos de las agrimensuras político-sociales que nos rodean, las minorías influyentes, carpetovetónicas y posmodernas al mismo tiempo, con sus grandes aparatos de propaganda –que llaman comunicación-  seguirán insistiendo para que seamos “seres pensados” como advertía Heidegger.

En el caso de la moción de censura que ha llevado a Pedro Sánchez a la Moncloa, podríamos decir que ha sido un acontecimiento imprevisible pero nada improbable. Imprevisible no tanto por la arquitectura constitucional de la moción de censura que demanda una serie de requisitos para la conjunción de una mayoría parlamentaria en torno a dos elementos desemejantes: la censura a la política de un ejecutivo y la aprobación, por otra parte, a un proyecto y un liderazgo sustitutivo, sino imprevisible, como digo, por las autolimitaciones que un sector del PSOE impuso y que impedía el apoyo mayoritario del Congreso a la candidatura de Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno. Y por eso mismo, el resultado de esta moción de censura no era improbable, pues pudo producirse en tiempos de la investidura de Pedro Sánchez, si no hubiera sido por las interferencias, prejuicios y vetos que un sector del Partido Socialista impuso a su propio candidato para, sin solución de continuidad, facilitar el acceso a la presidencia de Mariano Rajoy.

Una insólita posición política, la de aquel sector socialista que apostaba por cerrar el paso a su candidato a la presidencia del gobierno trazando líneas rojas que le impedían poder configurar una mayoría como la que ahora se ha dado, y que era posible, para dejar el paso a la continuidad en el poder del líder del Partido Popular. Esta posición crítica con el secretario general supuso un auténtico cisma que produjo una grave fragmentación del partido y la defenestración de Pedro Sánchez de la cúpula del PSOE. Las bases rescataron a Sánchez y lo situaron de nuevo en la secretaría general en el contexto de un compromiso de recuperación ideológica como elemento sustantivo de regeneración necesaria de la función y la posición en la sociedad del socialismo desde el ámbito de la izquierda.

Sin embargo, la ebullición y el entusiasmo que se generó en los partidarios de Sánchez en las primarias se fueron diluyendo en el magma cotidiano de una burocracia en Ferraz que parecía volver a las inercias y los complejos que le llevaba a una contemporización en inferioridad con una derecha cada vez más recalcitrante en la devaluación de la calidad democrática del régimen del 78. Diluido el socialismo en el bloque constitucionalista, pretendiendo seguir manteniendo una alternancia cada vez más lejana -se había propiciado, por falta de diferenciación en la respuesta política ante los grandes retos que tenía el país, que la alternativa a la derecha fuera la derecha mediante Ciudadanos-, con más excusas que iniciativas, la recuperación del poder parecía cada vez distante hasta que llegó la sentencia del caso Gürtel. Esta sentencia hacía imposible ya la uniformidad del bloque constitucionalista  por cuanto Ciudadanos no podía seguir aparentando que luchaba contra la corrupción apoyando al partido de la corrupción con la excusa de un propósito de enmienda por parte del PP que nunca se vio y el PSOE, ante ello, no podía seguir laxo e inmóvil.

Ante Pedro Sánchez se presenta un reto definitivo, donde ya no vale el marketing sobreactuado, los desafíos que tiene España requieren de la restauración de la política en su expresión más aquilatada y profunda; la crisis poliédrica que padece el sistema sólo admite cambios amplios, los instrumentos e incluso las personas de ayer ya no sirven, ante una realidad distinta. La historia nos observa.

Pedro Sánchez, el reto final