jueves 23/9/21

Los pactos y el momento maquiavélico

El “momento maquiavélico” es definido por el historiador Pocock como el instante de crisis en la relación entre personalidad individual y sociedad, virtud y corrupción.

El “momento maquiavélico” es definido por el historiador Pocock como el instante de crisis en la relación entre personalidad individual y sociedad, virtud y corrupción

El “momento maquiavélico” es definido por el historiador Pocock como el instante de crisis  en la relación entre personalidad individual y sociedad, virtud y corrupción. Este espacio de tiempo en el que el príncipe propicia la gestación de un nuevo paradigma o bien los gobiernos asisten impávidos a la desintegración del viejo por putrefacción, lo que perpetúa la situación de inestabilidad y corrupción. La crisis poliédrica que padece nuestro país, crisis de agotamiento del régimen, tiene como componente más grave lo que representa de quiebra social. Es consecuencia de un sistema basado en la banalización de la ética que produce que los principios éticos que se suponen son asumidos socialmente no vertebran las decisiones morales sino que son sustituidas por una casuística que lleva a la abolición de hecho de la política en su acto más señero de actividad cívica. Como nos recordaba Hannah Arentd el sentido de la política es la libertad y la gradación mínima de la política, por tanto, la negación de la libertad que acontece cuando la lógica de la esfera privada inunda y sustituye a la esfera pública.

La parcialidad con la que se han elevado los intereses de las minorías a los propósitos constituyentes y funcionales del Estado, suponen la base, en palabras de Fernando Savater, de la “imbecibilidad moral”, uno de cuyos rasgos es incidir en la fragilidad de las conquistas éticas, de forma que el poder político contribuye con sus preferencias y decisiones a dinamitar los cimientos de aquello que dice defender. Esto conlleva un défaut democrático e institucional que ha arrastrado a una crisis política, social, moral e histórica que se concreta en un grave vacío en los fines trascendentes del Estado y que degrada, como consecuencia, a sus órganos sensibles junto al colateral descrédito de los entes representativos.

Ante el “momento maquiavélico”, el régimen pretende recurrir a la ficción de un nuevo paradigma, paradigma fantasmagórico que se sustancia en una política de imágenes,  ante la resistencia estructural a una reordenación de los ámbitos de poder y, como consecuencia, el correlato de una profundización democrática. La avaricia extractiva de las minorías dominantes ha impulsado a que estas élites económicas y estamentales provoquen un atrezzo epidérmico del sistema al objeto de no ver constreñida su influencia ni amenazados sus intereses. Sin embargo, la carencia de objetivos trascendentes del Estado, la falta de un modelo acogedor de nación, la abolición de la responsabilidad social, la escandalosa desigualdad generada por el régimen, la extensión de la pobreza entre las mayorías sociales, la corrupción, han generado una crisis totalizadora, desde la quiebra social hasta  las tensiones territoriales, que afecta a todos los elementos constitutivos y orgánicos del país y que no hará sino agravarse hasta hacerla insoluble con la sola estrategia de intentar ignorar la realidad.

La progresiva incapacidad del sistema para la asimilación, su tendencia a la exclusión y abandono de las mayorías sociales, su ortopédica estructura que mutila la capacidad de regenerarse, lo sitúa en un complejo atolladero que no hace sino agudizar cada vez más sus contradicciones. La confianza del poder económico y sus apéndices mediáticos en que ninguna alternativa puede prosperar a su acoso y descalificación sólo puede conducir a un ocaso permanente.

En ese contexto, lo que han expresado los ciudadanos en los últimos comicios de diciembre es que el sistema debe abrirse, que la alternancia no es suficiente para oxigenar un régimen que ha resultado tan refractario a la profundización democrática, la reordenación del poder y a la constricción de la dualidad social. Sin embargo, la dificultad para ejercer la cultura del pacto se sustancia, en gran manera, en las inercias generadas  por el paradigma en que se sustenta la arquitectura política, o impolítica en expresión de Marco Revelli, del espacio institucional donde la ideología cede y se diluye ante el tactismo a corto plazo y la ficción de una almoneda de poder.

La falta de modelos alternativos, de propuestas que trasciendan a simples matices sobre políticas indiferenciadas, la negación de los graves problemas de la nación por el simple artificio de anatematizar el diálogo sobre ellos, la prioridad interesada de los intereses orgánicos de los jefes de filas supone la plasticidad del deterioro sistémico en un momento maquiavélico determinante.

Los pactos y el momento maquiavélico