jueves 20.02.2020

Los enemigos de España

Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo, advertía clarividente Albert Camus. El espectáculo aciago dado por las derechas extremas -hay pocas diferencias entre PP, Vox y Ciudadanos en cuanto a verbosidad y ademanes afrentosos e insultantes trufados de autoritarismo y gérmenes antidemocráticos-, convirtió el Congreso de los Diputados, con motivo de las sesiones para la investidura de Pedro Sánchez, en escenario de desprecio al adversario político con amenazantes asonadas y gritos cuarteleros incluidos. Ya habíamos contemplado atónitos a la casposa derecha cantando “el novio de la muerte” en actos políticos, El decorado y la representación penetra en los intersticios de ese patriotismo atrabiliario y africanista cuyo punto culminante lo padeció Unamuno cuando al criticar la fuerza bruta de los militares sublevados fue contestado por Millán Astray con el grito de ¡muera la inteligencia!

El hecho axial de la situación que padece el país no es el atrezo que algunos partidos quieran levantarse a su alrededor para focalizar sus entresijos identitarios, sino la eclosión real y objetiva de los déficits democráticos que ponen en peligro las libertades y derechos que definen a una sociedad avanzada y escrupulosa con la soberanía ciudadana. Las restricciones involucionistas, propiciadas y materializadas por el conservadurismo fundamentalista, y que afectan severamente a la libertad de expresión, de manifestación, la carencia efectiva de separación de poderes, la corrupción, la crisis identitaria y de representación, configuran una quiebra poliédrica que engloba la totalidad de la vida pública, donde se prescinde de la política y la resolución de los problemas se dejan a los instrumentos represivos del Estado. “Haga como yo, no se meta en política". Cuenta la leyenda que con tal consejo zanjaba el dictador Francisco Franco las discusiones entre sus ministros cuando se ponían tensos. Es, en definitiva, la abolición de la política como creación de convivencia. La democracia es, como bien decía Shumpetter, un mecanismo de selección de líderes. Pero también tiene que ser un ejercicio de deliberación pública y debate colectivo para proceder a la toma de decisiones sobre todo aquello que definimos como público.

La Conferencia Episcopal rezando por España, miembros de Vox pidiendo que el Ejército actúe contra el Gobierno constitucional, el líder del PP llamando traidor en sede parlamentaria al presidente del Gobierno componen un  alarmante daguerrotipo guerracivilista paralizante de la convivencia democrática en dramática construcción autoritaria

La derecha en España en su multiplicidad de opciones políticas carece de los anticuerpos democráticos del antifascismo como ocurre con el conservadurismo europeo. Al contrario, es la herencia de un franquismo excluyente y devastador que pulverizó la democracia republicana con la ayuda de nazis alemanes y fascistas italianos para construir una España sombría de sepulcros blanqueados, represora, inquisitorial, de curas y falangistas trabucaires que la Transición, con distinto atrezo, consolidó y de la cual la derecha hogaño es fedataria. Esta idea carpetovetónica y reaccionaria de España es impuesta por el rancio conservadurismo como la genuina esencia de la nación y, como consecuencia, los que no comparten esta mirada ideológica del país son enemigos de España, traidores a la patria y todos los epítetos incalificables que hemos escuchado en el Congreso evacuados por la derecha tridentina contra sus adversarios políticos y que tenían claras resonancias de los tiempos imperantes del caudillismo en el que todavía viven.

La Conferencia Episcopal rezando por España, miembros de Vox pidiendo que el Ejército actúe contra el Gobierno constitucional, el líder del PP llamando traidor en sede parlamentaria al presidente del Gobierno componen un  alarmante daguerrotipo guerracivilista paralizante de la convivencia democrática en dramática construcción autoritaria orquestada por los que siempre han secuestrado la historia de la nación, esa historia que para Gil de Biedma era la peor de todas las historias porque acaba mal.

Los enemigos de España