miércoles. 24.07.2024

La gran coalición vergonzante

La crisis poliédrica que vive España –económica, política, institucional e identitaria- ha supuesto la paulatina dilución de esa instigada ingenuidad política que daba por concluido el franquismo con la muerte del dictador. Para Ortega y Gasset el hombre enajenado de sí mismo se encuentra consigo mismo como realidad, como Historia. Y en este punto, hogaño el ciudadano barrunta que padece una aflicción en su existencia social y material porque la Historia se ha hecho sin razón histórica, sin ratio, logos, a cambio de una taumaturgia donde la vida pública se organiza en la falta de autenticidad, difficulté d’être que lamentó Fontenelle, de los paradigmas ideológicos antitéticos con los intereses de la dictadura, de tal forma, que la democracia nacida de la Transición representó para las fuerzas democráticas que combatieron al franquismo una renuncia más que una afirmación.

Como indicaba Eugenio Montale, identificar lo verdadero es algo distinto de la imitación de lo verdadero, y cuando la imitación se impone como camino inconcuso suele ocurrir como en la literatura de Pushkin o Tolstoi, donde la verdad lo es en tan alto grado que no es creíble. La derecha, que no tuvo que renunciar a nada, ha venido manteniendo intacto el modelo político que practica desde hace siglos: la desvertebración de la sociedad española, mientras la izquierda asumía como ideológico un pragmatismo desnaturalizador. La narrativa de la derecha más retardataria, la única existente en nuestro país, se ha extendido entre los actores de la vida pública como el fluido que inocula la mantis para paralizar a sus víctimas. La pérdida de credibilidad del sistema, la orfandad de las mayorías sociales ante una arquitectura institucional volcada a la salvaguarda de los intereses de las minorías económicas y estamentales, y que, consecuentemente,   deja sin instrumentos de autodefensa política y social a los sectores más extensos de la ciudadanía, ha propiciado que las alternativas a la ortopedia ideológica del sistema se hayan restringido de tal manera que ya ni el más leve del reformismo puede entrar dentro de los parámetros de lo posible.

Si no se puede prohibir la libertad de pensamiento, se prohíbe simplemente el pensamiento. Se niega la controversia restringiendo el campo de lo posible a través de la limitación de lo pensable. Un nuevo hiato histórico ya que como nos recuerda Eduardo Subirats, desde Ganivet hasta Castro o Zambrano el centro gravitatorio de la regeneración española ha sido una reforma de la inteligencia, aplazada por siglos de totalitarismo y escolástica. A partir de ahí, sólo existe el extrañamiento del debate y la responsabilidad política. Como nos recordaba Felice Mometti, el “no hay alternativa” impone un estado de sufrimiento y desesperación, de desesperanza e irracionalismo propicio para la demagogia, el odio a la alteridad y el recurso a “supremos salvadores”. Es esta falta de relato alternativo lo que produce que la sociedad esté perpleja ante su propia indefensión.

Y esa incapacidad de alternativa es lo que ha destrozado de forma paradójica al PSOE. En 1982 el Partido Socialista ganaba por primera vez unas elecciones generales por una aplastante mayoría con un mensaje que caló en los ciudadanos: “por el cambio.” Los electores que le dieron su voto a la lista que encabezaba Felipe González interpretaron que el cambio se refería a una ruptura cierta con ese franquismo reformado que intentaba consolidarse mediante la derecha de siempre democratizada al menos en su puesta en escena pública. Pero en realidad la ruptura fue la del propio PSOE con su historia y con sus elementos ideológicos más sensibles y definidores. La decadencia paulatina del sistema nacido de la Transición se ha sustanciado en una mayor exigencia de uniformidad en los partidos participantes en el llamado consenso por parte del régimen político hasta llegar a la insólita peripecia llevada a cabo por el PSOE.

Que una serie de dirigentes socialistas defenestren al secretario general, ocupen los órganos del partido, causen una profunda división en su seno, actúen al margen de la opinión de la mayoría de los militantes y electores, sitúen a la organización en un ápice de debilidad política y social extrema por facilitar el gobierno de la derecha sin contraprestación alguna, tiene pocos antecedentes en los tratados de politología. Y todo ello utilizando la misma narrativa que los conservadores que jaleaban la responsabilidad y el patriotismo de los dirigentes socialistas que dinamitaban su partido para darles el apoyo. Es en el fondo ese patriotismo esgrimido siempre por los reaccionarios carpetovetónicos que lo sitúan en la sumisión a sus intereses y deseos, quizás por ello no deberían de olvidarse las palabras de Azaña cuando afirmaba que nadie tiene derecho a monopolizar el patriotismo y nadie tiene derecho en una polémica, de decir que su solución es la mejor porque es la más patriótica; se necesita que además de patriótica sea acertada.

La gran coalición vergonzante