martes 26.05.2020

El final del mito de la Transición

El proceso catalán, como estallido de auténtica ruptura con el régimen del 78, ha supuesto la condensación de todos los resortes posdemocráticos y autoritarios del sistema, incluido echar siete llaves al sepulcro de  Montesquieu

La política en España está exhalando su último aliento. Y esto tiene una carga sustantiva muy peligrosa, ya que sin política los escenarios de la vida pública adquieren unas oscuridades sobremanera indeseables. En realidad, desde una perspectiva en la que ya no apreciamos el tamaño de la nariz de Cleopatra, que diría Ortega, o, lo que es lo mismo, desde cierta amplitud de visión del momento histórico y su etiología, podríamos preguntarnos si desde la Transición ha existido la política en su más cualificado sentido dialéctico e institucional o lo que ahora está en crisis es una fantasmagoría fundamentada en la simulación. Porque sin agotar en exceso el repertorio de conclusiones que pueden hacerse de las actuales circunstancias institucionales del país es de una evidencia manifiesta, a pesar de la persistente actividad propagandística de los mass media dinásticos, de la existencia de una suspensión punitiva del formato democrático y dialéctico de la vida pública.

El factor axial en que se desenvuelve hoy los ámbitos sucedáneos de la política no se corresponden al concepto tradicional de izquierda-derecha, puesto que al negarse desde el poder el conflicto social, desactiva la vertebración política de cualquier narrativa que configure una cosmovisión de los más desfavorecidos socialmente; tampoco hay posibilidad de construir antagonismo ideológicos desde aspectos metafísicos como liberales-conservadores, ya que el nivel de tolerancia del sistema ha llegado a sus límites y, como consecuencia, a una negación del pensamiento. Definitivamente, el gran reto de la disputa desde los estratos influyentes del régimen de poder, lo que se está dilucidando en España en estos momentos se sustancia en el antagonismo entre democracia y un autoritarismo populista que tiene a los intereses de las minorías organizadas como universales del Estado en detrimento de las mayorías sociales y los intereses generales y que por lo cual el régimen se hace cada vez más incompatible con la profundización democrática y el pensamiento crítico.

El proceso catalán, como estallido de auténtica ruptura con el régimen del 78, ha supuesto la condensación de todos los resortes posdemocráticos y autoritarios del sistema, incluido echar siete llaves al sepulcro de  Montesquieu. Las restricciones a la libertad de expresión, la criminalización de las protestas y el malestar ciudadano, el control del Poder Judicial por el Ejecutivo, el bloqueo del Congreso por el Gobierno, junto a la carencia de autenticas alternativas, concretan un escenario que atenta contra la centralidad soberana de la ciudadanía, anula el debate político y marca un escenario de la vida pública donde el antagonismo con el poder fáctico es considerado como desorden y el disidente un malhechor. El caso catalán ha sido el epifenómeno experimental de un proceso de más largo aliento.

El mito de la Transición se fundamentaba en que cualquiera podía proclamarse afín a una ideología, pero a condición, en el caso de la izquierda y los nacionalismo, de que el modelo social que inspiraban dichas ideologías, al ser incompatibles con la configuración del Estado posfranquista y los intereses que representa, no se intentaran implantar. Es el gran dilema de la izquierda y los nacionalismos, que sólo pueden actuar en el régimen del 78 desde la negación de su propia esencia.

El final del mito de la Transición