sábado 11.07.2020

El fascismo como principal problema político de España

Cuando me refiero a fascismo en este artículo no se trata de una hipérbole o analogía, sino al tenor literal de lo que el término conlleva de componente ideológico e histórico. La vida pública española está teñida desde hace largo rato, y desde luego por más tiempo del que sería deseable,  por el desorden y el desconcierto. Un desorden profundo que no es la algarada en la calle, sino algo más gravoso singularizado en la malformación política de las bases constituyentes y sustantivas del Estado y, como consecuencia, la presencia constante de sus límites democráticos. Desconcierto en unas mayorías sociales abandonadas a su suerte cuando no suplantadas por conceptos de transversalidad que quieren ver su sujeto histórico en mayorías silenciosas inexistentes.

Las democracias europeas, las de nuestro entorno como suele decirse, tienen un poderoso componente fundante que las define y les aporta solvencia ética, metafísica y política a la sustantividad de la convivencia democrática que las constituye o la exquisita pulcritud de los equilibrios de poder a favor de la soberanía ciudadana. Ese carácter fundante característico en las democracias del continente es el antifascismo. En el caso de España, las cosas son distintas porque históricamente el camino recorrido ha sido justamente el contrario al de los países europeos constituyendo nuestro país un elemento exótico.

Es este fascismo carpetovetónico jamás derrotado en nuestro país, el que construye cosmovisiones de espejo de feria como que la pijotería del barrio de Salamanca se manifieste porque un gobierno comunista les impide jugar al golf

El valioso aporte a la victoria de los fascistas en la guerra civil de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, los voluntarios españoles que lucharon en la Wehrmacht de Hitler, la farragosa legitimidad de la transición que validaba el poder caudillista transformado, han hecho de nuestro país, en términos históricos y políticos, un fósil vivo que no participa de los elementos constituyentes de las democracias europeas. Ello produce epifenómenos que,  siendo de carácter extemporáneo en el conjunto histórico de Europa, en España se reproducen con toda la pureza de una vigencia institucional nunca desautorizada.

Estos elementos diferenciadores lo son también en los ámbitos definitorios de la ultraderecha, con  paradigmas dispares entre la europea y la española. Ésta última fermentada en cuarenta años de caudillaje y con acopio factico de un Estado sometido a sus usos y costumbres y cuyo régimen de poder nunca fue redefinido, presenta un perfil de una pureza de autoritarismo fascistoide y guerracivilista que no se compadece con la europea y sin los elementos sociales que le da transversalidad a la ultraderecha del continente y que acoge la adhesión de una parte de las clases populares desencantadas con la moderación y el pragmatismo de la izquierda.

En este contexto, el conjunto de la derecha y ultraderecha en España, difícil de diferenciar en ocasiones por su origen común franquista, propician que el debate político se diluya hasta convertirse en un territorio de violencia verbal donde todo se sustancia en una dualidad segregativa entre patriotas y traidores, buenos y malos españoles, en una voluntad autoritaria de exclusión de los que no comparten la ideología ultraconseradora en un formato antidemocrático donde la política solo puede contemplarse desde una relación de vencedores y vencidos.

Es este fascismo carpetovetónico jamás derrotado en nuestro país, el que construye cosmovisiones de espejo de feria como que la pijotería del barrio de Salamanca se manifieste porque un gobierno comunista les impide jugar al golf, mientras familias que hasta hace unos días se consideraban clase media forman parte de las nutridas colas para recibir una bolsa de alimentos. Vencedores y vencidos.

El fascismo como principal problema político de España