jueves 05.12.2019

La autodestrucción de la izquierda

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez en una imagen de archivo.
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez en una imagen de archivo.

En mi libro Dios mío, ¿qué es España? (Izana Editores, 2018), describo, entre otros factores singulares, a España como anomalía. Anomalía histórica, de esa historia que para Gil de Biedma era la peor de todas las historias porque acababa mal y en la que Bergamín echaba de menos una guerra civil que hubieran ganado los buenos. Anomalía definida en un régimen de poder que viene sobreviviendo doscientos años deteniendo la historia y cubriendo el escenario de la nación con unas bambalinas que hagan creíble la falacia conveniente en cada momento. Fue fascismo en los años imperantes sin ser fascismo; hoy es democracia limitada por las meninges de un entendimiento autoritario de la vida pública. Todo ello concluye en la elevación de los minoritarios intereses oligárquicos a la universalidad, es decir, a que se transfiguren alevosamente en los generales del país.

Decía Ortega y Gasset que el radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Siendo esto así, ¿por qué en España contemplamos una derecha radical y una izquierda moderada? Es evidente que existe un contexto, un pretexto y un ecosistema político que, con independencia de qué partido esté en el Gobierno, la derecha siempre procede con la autosuficiencia de los vencedores y la izquierda con el complejo de los vencidos. Los conservadores actúan en un régimen generado a sus hechuras mientras la izquierda desde la Transición ha tenido que pagar la gabela de la inmunodeficiencia ideológica.

Los conservadores actúan en un régimen generado a sus hechuras mientras la izquierda desde la Transición ha tenido que pagar la gabela de la inmunodeficiencia ideológica

La izquierda se desenvuelve en el régimen del 78 en una guilp-culture (cultura de culpa) como consecuencia de su adaptación a un régimen donde, por las rígidas hechuras sistémicas e intereses fácticos, su inautenticidad es una coda obligada ya que cualquier proceso de verdadero cambio social, la pulpa nutritiva de la izquierda, es considerado un extremismo intolerable. Conviene recordar la advertencia que hacía el socialista Luis Gómez Llorente, durante el debate del proyecto constitucional, sobre la urgente necesidad de evitar caer en la mala tentación de mantener artificialmente un aparato político sin otro fin en todo su tinglado que marginar por completo la voluntad auténtica de los pueblos de España y la postergación desesperanzada de las clases oprimidas. Porque como gustaba decir a Ferdinand Lassalle, los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de Derecho sino de poder y éste sí que no ha cambiado de manos.

Cuando un régimen de poder se fundamenta en la anomalía histórica y política, el espacio de la racionalidad padece una estrechez agobiante y, por ello, la escasa incidencia del pensamiento crítico que ha sido siempre un elemento definidor de la vertebración ideológica y ética de la izquierda, por el contrario las fuerzas de progreso se ven inmersa en la gran contradicción de sostener un régimen político que por su propia esencia constitutiva y los intereses que representa no solamente no se compadecen con la ideología y los propósitos políticos de la izquierda sino que éstos son incompatibles con el Estado y en el fondo el sistema establecido implícitamente los combate. En este contexto, se sustancia la anomalía del papel de la izquierda en ese ecosistema político al manejarse en el ámbito de la hegemonía cultural de la derecha y constituirse en partidos de Estado teniendo que asumir la esquizoide tarea de luchar contra sus preceptos ideológicos, contra sus valores y, en definitiva abandonar a su sujeto histórico. Es la carencia de aquello que Largo Caballero señalaba que había que transmitir a la ciudadanía: “una convicción de cuáles son nuestras aspiraciones. Ese espíritu, esa convicción, no se puede llevar a la práctica diciéndoles que debemos conformarnos y que ya veremos qué podemos hacer después.”

En esta paradójica posición y función de la izquierda en la democracia débil de posfranquismo, consistente en la defensa de un sistema que niega su auténtica razón de ser política y social, se llega a la extravagante situación de combatirse a sí misma, a dividirse y desacreditarse, ahorrándole ese trabajo a las retardatarias fuerzas conservadora. 

La autodestrucción de la izquierda