lunes 06.07.2020

¿Por qué no te callas?

“Nosotros os defenderemos con las amenazas con las que os asustamos. Invierte en miedo, va a subir mucho”.
El Roto


Causa fatiga con este sujeto tener que repetirle, admitiendo su derecho a expresar sus ideas, acartonadas como su rostro, desde el respeto moral a las víctimas que sucumbieron por la irresponsable decisión histórica “del trío de las Azores”, debería condenarse a sí mismo “al silencio y penitencia”

Pocos españoles desconocen el origen de esta imperativa frase “¿Por qué no te callas?”. Mientras José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno en aquella época, intervenía en la Sesión Plenaria de la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado en Santiago de Chile, el 10 de noviembre de 2007, el presidente venezolano de entonces, Hugo Chávez, trataba de interrumpirle insistiendo en descalificar al expresidente José María Aznar, al llamarle reiteradas veces “fascista; una serpiente es más humana que un fascista”. Al ver que Chávez no callaba, el Rey, visiblemente enojado, espetó a Chávez, señalándole con la mano: “¿Por qué no te callas?”. El secretario de Comunicación del PP en aquella Cumbre, Gabriel Elorriaga, afirmó, desmereciendo a Zapatero sin razón alguna, que lo ocurrido en la Cumbre había sido consecuencia “de la imprevisión, de la negligencia y de la falta de capacidad de actuación del presidente del Gobierno”, a la vez que elogiaba, como cortesano sumiso, al Rey por “su actitud de firmeza, buen juicio y servicio al Estado”. Otros presentes en la Cumbre lo calificaron de mala educación.

Emulando a tan ilustre cortesano, no creo que nadie se incomode y que me impida, en momentos en los que José María Aznar, en una entrevista en exclusiva en la web del diario El Mundo, mantenía que el mayor problema que tiene España es, en buena medida, “el PSOE de hoy, el de Pedro Sánchez” – partido al que califica de anti-constitucionalista-, que pueda dirigirme al expresidente popular y poder decirle con igual firmeza que “el emérito”: “¿Por qué no te callas, Aznar?”.

Comentando la actual y continua presencia de este personaje en los medios y en la política española, algún humorista, con sana ironía, amenazaba: “Aznar o el retorno del Yeti”. Incluso, también con ironía, aunque menos sana, le regalaba ese dicho popular-infantil con el que nuestras madres asustaban a los niños con el “coco”: “¡Cállate, niño, que viene Aznar!”. Si Aznar, en dicha entrevista, calificaba a Trump de “impredecible”, a él, millones de ciudadanos españoles le calificamos de “impresentable”. Este señor no puede vivir sin la melancolía de figurar “en todos los saraos”, siempre con esa distancia engolada del que se considera un ser superior que desprecia a todos, incluso, a los que valen más que él (la mayoría de los ciudadanos), al punto de poderle aplicar la expresión de “tener más orgullo que don Rodrigo en la horca”, expresión popular utilizada para señalar la soberbia y orgullo que mantiene “cualquier don nadie”. Aunque, sin merecer ni el saludo, se atribuye “nobleza” pues, en expresión de Quevedo, su hija “casose do lo reyes lo facen” y la plebeyez de Aznar, “convirtiose en alteza”. Y más después de poner los pies, con infinita chulería, en la mesa del presidente de los EE.UU. George Bush.

Parece olvidar el expresidente, con esa desmemoria selectiva que utilizan ciertos ególatras personajes, que el trío de las Azores, obsesionados con la “guerra contra el mal”, en cuya fotografía, con flequillo al viento, estaba Aznar y de la que dijo que “nunca había tenido mejor foto que aquella”, lideró esa cruel guerra de Irak, sin jamás reconocer los tremendos errores cometidos y sin asumir su responsabilidad en tan horrendo crimen, llevado a cabo sin autorización de Naciones Unidas. Parece que el señor Aznar, desmemoriado, no ha leído el “Informe Chilcot”, como en un interesante artículo le recuerda Rafael Silva.  Dicho informe revela que el famoso trío acordó una estrategia comunicativa y un “argumentario” para aparentar ante la opinión pública que habían hecho todo lo posible para evitar la guerra y que estaban “absolutamente convencidos” de la existencia de aquellas armas de destrucción masiva que nadie nunca pudo probar (ni siquiera los inspectores de la ONU) porque nunca existieron. Cuando alguien interioriza una idea sin detenerse a analizarla con honestidad, verdad y objetividad, cualquier intento de utilizar la razón histórica y la lógica para disuadirle está condenado al fracaso. Causa fatiga con este sujeto tener que repetirle, por muchos fanáticos seguidores que le aplaudan y vitoreen que, admitiendo su derecho a expresar sus ideas, acartonadas como su rostro, desde el respeto moral a las víctimas que sucumbieron por la irresponsable decisión histórica “del trío de las Azores”, debería condenarse a sí mismo “al silencio y penitencia”. 

De ahí que, al escuchar sus declaraciones, sienta la necesidad de leer cosas que me levanten el ánimo, y con la misma fuerza e idéntica expresión que utilizan los humoristas Edu Galán y Darío Adanti, de la Revista Mongolia, repita y me repita: “¡Estamos hartos de Aznar!”; no faltan ganas, a mí y a muchos españoles, de cantar “ese dios bajito” , con Serrat: “niño, deja ya de joder con la pelota; niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”. Ignoro si en estos momentos Aznar tiene voluntad de retornar del pasado con ganas de fastidiar, nada infrecuente en él, aunque creo que nunca se ha ido; pero lo que está diciendo son una serie reflexiones trasnochadas, obviedades nada originales; y aunque él las considere “palabra de dios”, no dejan de parecerse a los inconexos vaticinios que inspiraban a la anciana Pitia del oráculo de Delfos. Habría que recordarle al señor Aznar que la diferencia entre lo que él es y lo que intenta vender de sí en sus conferencias, entrevistas, redes sociales o libros, etc., en psicología tiene un nombre: frustración. Poco hay tan peligroso para la política de un país que tener un líder con altas necesidades de autoafirmación, autoestima y reconocimiento. Si el fracaso de un líder mediocre es comprensible, el de un ambicioso, soberbio y sin carisma, es siempre merecido.

Como he comentado en algún artículo anterior, merece la pena leer el libro de Piero Rocchini, “La neurosis del poder”. Utiliza su experiencia del contacto directo con los diputados italianos para radiografiar los efectos perversos que provoca en ellos el continuado desempeño de cargos relevantes. Una de sus conclusiones resulta devastadora: que una clase dirigente inútil y de corte cada vez más parasitario era perjudicial y debía ser superada, pues daba lugar a un poder que se nutría a sí mismo, olvidando la finalidad para la que habían sido elegidos. Entre algunas de sus reflexiones, subraya que “un componente importante de la neurosis narcisista era el sentido de la grandiosidad, la importancia excesiva que se trataba de atribuir a cada acto propio”; denuncia que el político narcisista “vive para sí y la atención hacia los demás es solo instrumental”, de forma que todo lo que está por debajo de su nivel de consideración se convierte en “una amenaza para su autoestima, lo que se traduce en agresividad, desprecio, envidia y depresión”. Aznar en estado puro. Con discutible expresión, ante el hartazgo que produce en una inmensa mayoría de ciudadanos, alguno ha puntualizado: “Si la política ya huele mal, si vuelve Aznar, y me temo que ya ha vuelto, va a oler -¡con perdón!- a mierda”. ¿Cómo ha podido afirmar en su entrevista a El Mundo que “el mayor problema que tiene España es, en buena medida, el PSOE de hoy, el de Pedro Sánchez”, que, al depender de las fuerzas independentistas, “está invitando a la kaleborrokización progresiva de Cataluña”? Y lo dice él que, siendo presidente del gobierno, pactó con los nacionalistas catalanes, hasta hablar catalán en la intimidad, otorgándoles las máximas competencias a cambio de llegar a la Moncloa.

Con el fin de conocer mejor su rancio pensamiento y sus ideas, he comprado su último libro, ese que va presentado por todos los rincones de la geografía. Se titula: El futuro es hoy. España en el cambio de época. Son 217 páginas, publicadas por Ediciones Península. La mayor parte del libro se centra en la política y economía internacionales; los últimos capítulos los dedica a España. En su recorrido, Aznar se presenta como ensayista, no como el político retirado que recicla viejas batallas. A mi juicio, sin aguantar hasta el final, el libro en síntesis representa un análisis político anacrónico. Dice lo obvio, pero lo sublima; cambia de estrategia, pero no de ideología. Intenta hacer frente a los desafíos del futuro con recetas del pasado. Utiliza argucias para cambiar la realidad que encaja según le conviene. La verdad, tal como es, no entra en el marco de su pensamiento. Es característica de mal político, conociendo los errores cometidos en el pasado, volver a cometerlos de nuevo. Como la Pitia del oráculo, el adivino Aznar nos dice en el título de su libro que el futuro ya está aquí, el futuro es hoy; nos alerta que las cosas pueden ir a peor. Hace un uso poco original del oxímoron, esa figura lógica y retórica que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión.

Leyendo el libro de Aznar, como profeta del futuro, recordaba la elocuencia consagrada de Rajoy en esa frase maravillosa: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo beneficio político”. Aznar muere de melancolía. El texto consiste en una serie reflexiones trasnochadas. Ignoro si en estos momentos con voluntad de retornar al pasado o porque tiene ganas de fastidiar. Sus alertas son las de un profeta de desgracias. Es como ese vertido tóxico que, arrojado al río, contamina las aguas por las que discurre. Mientras leía el libro, mejor, mientras saltaba los ojos por sus hojas, me hacía la misma reflexión que el francés André Gide, Premio Nobel de Literatura: “Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién puede aguantar su lectura?” Ante las afirmaciones dogmáticas con las que en el libro pretende asentar doctrina universal, recurriendo de nuevo a Gide, habría que afirmar: “Cree a aquellos que buscan la verdad, pero duda de los que dicen que ya la poseen”. Con cierto temor al contagio ideológico, sin acudir a la quema de libros, como hacía la Inquisición con los libros prohibidos, preferí arrojarlo al contenedor de papelote.

Resulta inaceptable la actitud de aquellos políticos que piensan que el único modo de estar en política es el suyo, sin matices. No admiten más que sus propias opiniones; sólo reconocen y proclaman como bueno para todos lo que es bueno para ellos. Es lo que en estos momentos representa Aznar. Él y sus discípulos de siempre, el colectivo “FAES”, con Pablo Casado a la cabeza, como Bruto, el patriota que asesinó a César, se han “cargado a Rajoy”, que “se había alejado de los principios tradicionales de la derecha”, para volver a las catacumbas de la política. En el reparto de poder que les puede proporcionar las elecciones andaluzas, aunque en la entrevista de El Mundo rechazó ser el padre intelectual de las tres formaciones de la derecha: PP, Ciudadanos y Vox, “No soy tan presuntuoso para creerme eso -decía-. El mundo puede vivir sin mí”, él y los otros tres jinetes del Apocalipsis, han formado, en mística teología, una “Trinidad”: un solo dios verdadero, él, Aznar, y tres personas distintas: Casado, Rivera y Abascal. Tres políticos conformados por el oportunismo, es decir, tocados con el síndrome de Sólomon: “La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría”; tres políticos que, para acaparar la atención de los ciudadanos, se han dedicado, como en el Apocalipsis, a introducir el miedo, a proclamar que como siga gobernando la izquierda, en especial, Pedro Sánchez, nos espera el “juicio final”. Ese es el significado de la frase de El Roto que encabeza el artículo: “Nosotros os defenderemos con las amenazas con las que os asustamos. Invierte en miedo, va a subir mucho”.

Para Aznar, aunque no le hace ascos ni a Rivera (al que considera como alternativa “centrista” y como ejemplo de “renovación política” en Europa) ni a Abascal (que es “un chico lleno de cualidades”), Pablo Casado “es la persona que puede devolver la fortaleza al partido”. “No es un líder político superficial, tiene ideas, convicciones, valores y principios”. No duda que, superado el tiempo de Rajoy que ya es historia, al igual que él hizo en su momento en el PP, Casado “unirá el centro derecha que hoy está fragmentado y necesita de entendimiento”. Para refundar un partido, “hay que tener proyecto, estrategia y liderazgo”. Y según Aznar, Pablo Casado tiene todas las cualidades para conseguir que en ese proceso el PP sea, finalmente, la fuerza prevalente.

A pesar de los elogios de Aznar a ese “otro trío” que él bendice (Casado, Rivera y Abascal), llama poderosamente la atención la falta de originalidad y talla política, la escasez de ideas y la pobreza democrática de estos tres líderes de la derecha, que son, como ese viejo dicho que reza: “tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres y ninguna era buena”. Moreno, Marín y Serrano, al deshojar la margarita del poder en Andalucía, ávidos del “plato de lentejas”, como en la fábula del león, repartiéndose el botín de caza, sin proyecto político claro, están demostrando su altura intelectual y su talla moral. ¿Dónde han aparcado esa línea roja irrenunciable, que tanto Casado como Rivera, proclamaban entusiastas?: “Apoyaremos y respetaremos que gobierne la lista más votada”. Pero no le hacen ascos que para sentarse en los sillones del palacio de San Telmo, tanto Moreno como Marín, se hayan mostrado abiertos a acuerdos con VOX, la extrema derecha, como compañero deseado y necesario.

Dicen que VOX viene para quedarse, y más si cuenta con la bendición de Aznar para quien Santiago Abascal es “una persona extraordinaria, un chico lleno de cualidades”, y lidera un partido “que quiere hacer reformas dentro del orden. VOX no es un partido fuera del sistema, es un partido en el sistema”. Pues para él, para Casado y Rivera, para Moreno Bonilla y Marín y para los 400.000 de sus votantes en Andalucía y a todos los que en las redes sociales se interesan por este partido, les invito a que lean las 100 medidas que definen su programa y las comparen con el programa que el nacionalsocialismo de Hitler presentó en febrero de 1920: artículos, medidas e ideas calcadas o muy semejantes a las de VOX. Era el programa de un partido a base de ideales de revancha, exaltación nacionalista y propaganda antisemita. En las elecciones de 1928 consiguió doce diputados -¡qué casualidad!-; fue un triunfo tan inesperado para los que desconocían la capacidad de propaganda y agitación del bloque nacionalsocialista, que por algún tiempo constituyó el eje de todos los comentarios sobre política internacional -igual que hoy con VOX en España-. Y de los doce diputados en 1928, en las elecciones de 1939, pasó a 137. Las consecuencias históricas son conocidas.

Se atribuye al filósofo y ensayista español, formado en Estados Unidos, George Santayana, la frase “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Un pueblo tan olvidadizo como el español, no debería olvidar este consejo.

¿Por qué no te callas?