miércoles 11.12.2019

“¡Oh, sabe leer!, o sobre la adulación”

“Los aduladores son como la maleza que crece al lado de la planta principal, ella cree que la están acompañando, pero,
en realidad, la están parasitando y la debilitan”.

William Shakespeare


El resultado electoral no ha despejado la incertidumbre política de una irresponsable convocatoria de elecciones, poco meditada por el entorno de Pedro Sánchez; se atisba un complicado movimiento de pactos cuyo objetivo, pese a intereses legítimos, no puede ser otro que desbloquear la situación de una gobernabilidad incierta, cuyo peor dato para los verdaderos demócratas ha sido el indeseado triunfo, pero cierto, de un partido de ultraderecha vestido de verde VOX; los augurios no han podido ser peores; sólo ellos han podido celebrar un éxito que me ha hecho recordar ese breve cuento de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”; los restantes pequeños éxitos de otros partidos, desde un análisis sincero, no dejan de ser menores o mediocres, pues no triunfa España cuando la madeja política ha quedado más enredada de lo que estaba; a la vista se presenta un oscuro futuro y el desasosiego de los ciudadanos. Tezanos, con irresponsable cinismo, confesaba esta mañana no ser adivino ni el CIS una casa de adivinanzas, pero da la impresión de que en esta última encuesta ha jugado al “pinto, pinto, gorgorito: a este le pongo y a este le quito”; y como noticia-sorpresa aunque esperable y lógica para ser analizada con más tiempo, la dimisión total de Albert Rivera: como presidente de C`s, como diputado y de la política; dimisión presentada con bella “retórica”, pero nula autocrítica y disfrazada de generosa responsabilidad; y, ante su fracaso personal y como mal jugador, dando un solemne portazo: “¡Ahí os quedáis, apañaros!, que mi agenda de contactos me abrirá buenas puertas giratorias!”. Si ante el aplauso lloroso de sus huérfanos y su reiterativa confesión de cuánto amaba su trabajo, a su partido y a los suyos, hay que recordarle que también se puede hacer política, con su experiencia, desde la base y no desde el sillón de jefe. Las huidas no son buenas para ser amablemente interpretadas.

Entiendo, pues, que en estos momentos el resultado electoral esté concitando toda la atención y la mayor parte de análisis y comentarios; incluso puedo entender que las siguientes reflexiones resulten incómodas para muchos; pero como ciudadano, profesor y educador, considero que, frente al esfuerzo que hacen millones de estudiantes y familias en la trayectoria educativa de sus hijos, millones de ellos en condiciones precarias y de no escasa dificultad para superar asignaturas y cursos, muchas veces sin tan siquiera el reconocimiento y aplauso de la sociedad, “sobrevalorar la nada”, además de frívolo me parece injusto. ¿Qué significa “sobrevalorar la nada”? He aquí los hechos y reflexiones que, en mi opinión, lo explican o justifican:

El pasado lunes, 4 de noviembre, fue un día marcado en el calendario de la Casa Real: un acto en el que la princesa Leonor hizo su intervención en la gala de la entrega de los Premios Fundación Princesa de Girona y la conformación institucional de su imagen pública. Estoy a favor incondicional del respeto y la buena educación que deben acompañar a cualquier acto institucional, lo presida la monarquía, las diversas instituciones del Estado o sea una simple reunión de ciudadanos. Se me hace difícil, en cambio, entenderlo cuando impera lo que los ingleses llaman “flattery”, es decir, la sobreactuación, la desmesura servil y cortesana, la adulación, el servilismo, la sumisión, la untuosa abyección, el halago, el agasajo, la pelotilla, la coba, el bombo, el empalago, la afectación... Los asistentes al acto de entrega -la prensa dice que unos 1500-, aplaudieron la intervención durante más de cinco minutos a las “muy preparadas y bien ensayadas” palabras, bien leídas sí por la princesa, pero no escritas por ella; en protocolo, ser cortés es signo de buena educación, la adulación excesiva y los aplausos como “confeti”, en cambio, son servilismo cortesano. Si los asistentes, siempre según mi republicana opinión, aplaudieron con desmesura la intervención de la princesa, lo ha sobrepasado la prensa con un “halago empalagoso”. Así lo han relatado: “En su debut, la princesa Leonor, a la que los nervios no han traicionado, ha sido arropada por una fuerte, merecida y prolongada ovación del público asistente. Con aplomo ha pronunciado su discurso, con gran dominio de idiomas, pues su formación es políglota, en castellano, en catalán -un guiño muy esperado dada la creciente tensión catalana-, en inglés y hasta en árabe, -idioma de una de las galardonadas este año-. En el breve tiempo de la lectura ha sido el foco de todas las miradas; hasta llegar a ese instante, la curiosidad y la expectación de los españoles por ver el debut real de Leonor ha ido creciendo. La princesa de Asturias, Leonor de Borbón, ha dado un importante paso no solo para la dinastía de los Borbones sino también para la historia de España. Ante la atenta mirada de más de 1.500 asistentes y millones de espectadores de todo el mundo, Leonor ha iniciado oficialmente su camino hacia el reinado. Sus palabras han desprendido felicidad y orgullo de su linaje como hija de rey y también como nieta de reyes”. “Después, Felipe VI ha tomado a su vez la palabra para expresar en primer lugar su admiración por lo bien que lo había hecho su hija, de quien ha dicho que “está empezando a asumir sus obligaciones con ilusión y sentido del deber”. “Me lo ha dejado difícil”, bromeaba el rey con la sonrisa y el aplauso de los asistentes”. Hasta aquí, la prensa.

En la ceremonia de los Premios Fundación Princesa de Girona, la fuerte, merecida y prolongada ovación del público asistente, no fue un gesto de correcto protocolo, como exigía el acto, sino un engaño de excesiva adulación por la lectura de una líneas previamente escritas y ensayadas

En el ámbito educativo la evaluación es uno de los temas de mayor importancia. No porque se trate de un tema imprescindible para progresar en el sistema educativo, sino porque toda la sociedad, administración, profesorado, padres de familia y los propios alumnos, son conscientes de que el hecho de evaluar o de ser evaluado es uno de los objetivos del proceso educativo, pues determina, en gran medida, lo que los alumnos aprenden y cómo lo aprenden y lo que los profesores enseñan y cómo lo enseñan. La propia cultura de evaluar no se limita a la escuela, sino que se extiende al resto de las actividades de la sociedad. Valorar educativamente el rendimiento de un alumno sobre una pregunta de la que se le ha proporcionado la respuesta y se le ha permitido ensayarla hasta la extenuación para al final leerla, no puede considerarse honesta evaluación ni, por tanto, merecedora de aprobación; no sería ético ni educativo premiarle o aplaudirle. Desde el sano criterio y la justa equidad que debe regir todo acto de valoración y evaluación educativas, la lectura del discurso por una niña -cuyo alcance político e histórico seguro que desconoce-, aunque sea princesa y que todo se le ha proporcionado sin esfuerzo y mérito alguno, solo por ser hija del monarca, considero que no es merecedora de tanta “flattery” o adulación vacía. ¿Acaso un tribunal o un claustro de profesores aplaudiría a un estudiante por leer la respuesta a una pregunta cuya solución se le ha proporcionado previamente y encima se le ha ensayado durante largo tiempo?

Si medimos con criterios justos la valoración de los méritos de unos (que lo tienen todo) y otros (que casi nada poseen) y además le damos imagen y publicidad servil, flaco favor hacemos a la equidad educativa y a los restantes niños y niñas; la evaluación educativa no se mide por “el trono que ocupa el alumno” sino por el esfuerzo personal que pone en lo que hace. No es extraño, pues, que la sociedad se conduzca mal cuando a unos se les proporciona “puente de plata” y a otros ni siquiera “caminos roturados”.

Decía el escritor francés François de La Rochefoucauld que “la adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias sólo a nuestra vanidad”. La adulación, cuya característica principal es el elogio excesivo, el aplauso desmedido o la expresión exagerada de admiración, forma parte de fines estratégicos, interesados y espurios; el adulador siempre persigue congraciarse con el adulado, con la finalidad se conseguir algún beneficio. La adulación no existe si no hay otro que la demande; florece allí donde hay terreno propicio para ello. A diferencia del reconocimiento genuino de los auténticos valores, la adulación siempre tiene una “agenda secreta” con el fin de obtener prebendas. Sostenía Aristóteles que “todos los aduladores son mercenarios y hombres serviles de bajo espíritu”. La mejor corona que adorna a una persona no son sus joyas, sino sus valores. Calístenes de Olinto, historiador griego, sobrino de Aristóteles y discípulo suyo, puso en boca de Alejandro Magno una sentencia famosa: “Si a mi padre le debo la vida, a mi maestro le debo el triunfo”. Con nuestra realeza sucede lo contrario, a los padres -los reyes- los hijos -infanta o princesa- les deben todo: la vida, el triunfo, el trono…; y muy poco a los maestros; como hemos visto en la ceremonia comentada, con enseñarles a leer lo que otros han escrito, tienen ya garantizados los aplausos.

Desde la Antigüedad griega, a lo largo del Imperio romano y de las Edades Media y Moderna, nos ha llegado un género literario: la “Educatio Principis” o la educación del Príncipe; mediante estos escritos se trataba de educar al futuro monarca para que su reinado fuera un compendio de buen gobierno y una suma de buenos ejemplos para la posteridad. Por ejemplo, en las Siete Partidas de Alfonso X se dice que toda la educación de los príncipes debía tener como fundamento el honor. Sólo el honor debía regir la conducta del príncipe, cuyo porte debía ser siempre sencillo y de hondos sentimientos. Y ese honor obligaba a que en la educación de los príncipes no hubiese jamás engaño. En mi opinión, en la ceremonia de los Premios Fundación Princesa de Girona, la fuerte, merecida y prolongada ovación del público asistente -como destacó la prensa-, no fue un gesto de correcto protocolo, como exigía el acto, sino un engaño de excesiva adulación por la lectura de una líneas previamente escritas y ensayadas. Con ironía, me imagino que al recibir tan sonoro y prolongado aplauso, la princesa Leonor pensaría en su interior: “Si por tan poca cosa, que cualquier niña leería tan bien como yo, me aplauden así, cuando dedique mi vida, con sencillez en el porte, buena educación en las formas, con dedicación y entrega a los más necesitados de los españoles, sin alardes ni soberbia, sin preocuparme por vestir la moda de pasarela, sin buscar los halagos cortesanos…, serán los cielos abiertos los que aplaudan mi conducta”.

También Maquiavelo en “El príncipe” le recomendaba que hay que tener al lado a quien nos dice desinteresadamente cómo son las cosas, apreciar a quien nos corrige y aceptar sus correcciones, huyendo, al mismo tiempo, como de la peste de todo adulador, pues la adulación es uno de los más nocivos enemigos; en vez de ayudar a alcanzar la verdad perdida, la adulación confirma en la mentira que busca el adulador y en la que se instala”. Son también muy claros los consejos que da Séneca acerca de su educación: “Para educar al infante, hay que ayudarle a escuchar la verdad, apartando la infamia de la adulación; que sienta respeto por la verdad; que no consiga nada con la cólera; que lo que se le negó mientras lloraba, se le ofrezca cuando esté tranquilo; que no tenga a la vista ni a su disposición las riquezas de los padres”.

No niego la importancia que tiene en la sociedad el protocolo, es decir, saber cómo deben ser la conducta y el comportamiento de acuerdo al mismo, o, como se decía hace años, “la buena educación en las formas”, según las normas de la urbanidad, a las que puso figura y cartel Ricard Opisso, el popular dibujante catalán en sus pasquines y versos: “El niño y la niña bien educados” y “El niño y la niña mal educados”; en el fondo, el protocolo, en síntesis, no es más que saber estar, comportarse de un modo adecuado según una serie de normas y pautas de comportamiento en las que se determina la precedencia y honores que deben tener las personas y cómo se deben desarrollar los actos importantes que se producen en la sociedad con el debido respeto.

Otra cosa muy distinta es la conducta de la buena educación en valores; es decir, el verdadero sentido formativo de la escuela y su eficacia social y pedagógica; consiste en dejar claro que la educación es, por naturaleza, una cuestión de valores, un proceso de formación moral. Los valores son la base para construir sobre ellos el “edificio de la persona”, en cuanto a sus creencias y orientaciones de vida, con implicación de sentimientos éticos profundos. En el prólogo del libro “Cómo educar en valores”, del profesor Serafí Antúnez, se puede leer: “La educación en valores se justifica por la necesidad que tenemos los individuos de comprometernos con determinados principios éticos que nos sirvan para evaluar nuestras propias acciones y las de los demás; sirven para guiar las conductas de las personas; son principios normativos y duraderos que indican que una determinada conducta es personal y socialmente preferible a otras que se consideran opuestas o contradictorias”. El concepto “valor”, está relacionado con la propia existencia de la persona, afecta a su conducta, configura y moldea sus ideas y condiciona sus sentimientos.

La democracia, incluso la monarquía cortesana, exige siempre dignidad, no servilismo

Aunque algo hemos avanzado, viendo el protocolo adulador que gran parte de la sociedad mantiene en todo lo relacionado con la “casa real, la monarquía y las personas que la componen”, desde la buena educación en valores, aún no hemos superado ese cínico protocolo cortesano llamado “servilismo”. Una cosa es ser servicial y otra muy distinta, servil, o como a veces se dice: “ser vil”.

El servilismo es una tendencia del comportamiento en la que una persona decide satisfacer a otra (regularmente con poder para resolverle sus intereses o necesidades), aun poniendo en riesgo su integridad física, su moral y su ética. Quien es servil busca complacer al poderoso, sin más referente que hacerle realidad sus intereses, necesidades u objetivos. En su libro “Metafísica”, Kant afirmaba que el servilismo es un indicador de la devaluación individual de la persona; ser servil implica una actitud deferente o sumisa hacia otros, producida por la ignorancia, la incomprensión o la devaluación de sí mismo, reconociendo en el otro una condición de superioridad absoluta. El servil se dedica a sobrevalorar las cualidades del poderoso y hacerlas valer aun sacrificando su integridad o su propia dignidad. La dignidad personal es una de las premisas que hoy más que nunca se requiere para cambiar el rumbo que lleva el país. La democracia -incluso la monarquía cortesana- exige siempre dignidad, no servilismo. Es bueno recordar aquel Discurso del Rey Juan Carlos, en la Navidad de 2011, en el que decía que la corona ya no se heredará simplemente por la sangre, sino que habrá que conquistarla todos los días con un comportamiento adecuado y ejemplar.

En el Cap. XXIII de “El príncipe”, titulado “Cuándo se debe huir de los aduladores”, escribe Maquiavelo: “… de los aduladores todas las cortes están llenas y atestadas. Pero se complacen tanto los príncipes en lo que por sí mismos hacen, y se engañan en ello con tan natural propensión, que librarse del contagio de los aduladores les cuesta Dios y ayuda, y aun con frecuencia les sucede que por inhibirse sistemáticamente de semejante contagio corren peligro de caer en el menosprecio. Para obviar inconveniente tamaño bástale al príncipe dar a comprender a los que le rodean que no le ofenden por decirle la verdad”.

Es recomendable e instructivo leer a Shakespeare en el diálogo entre Hamlet y Polonio, el padre de Ofelia. Polonio representa a un trepador que intenta ganar la confianza del príncipe a través de una admiración y una complacencia fingida y ridícula para poder manipularlo e, incluso, conseguir algún poder. Hamlet se ríe con ironía de la capacidad de adulación de Polonio, demostrando lo oportunista que puede ser un adulador con tal de satisfacer los deseos o creencias de su amo:

Hamlet: ¿Veis aquella nube cuya forma es muy semejante a un camello?
Polonio: es verdad que parece un camello realmente.
Hamlet: Yo creo que parece una comadreja.
Polonio: Sí, tiene el dorso de una comadreja.
Hamlet: O de una ballena.
Polonio: Exacto; de una ballena.

Y concluye Shakespeare: “Quien se complace de ser adulado es digno del adulador”. Buena advertencia para cualquiera que detente el poder.

“¡Oh, sabe leer!, o sobre la adulación”